Queridos hermanos,
el Evangelio de Juan, en el pasaje 20,19-31, nos sitúa ante una escena que pone en evidencia la realidad del corazón humano: los discípulos están encerrados, paralizados por el miedo. No solo han cerrado las puertas de la casa, también han cerrado el corazón.
Y es precisamente allí, en ese espacio de temor y de repliegue, donde irrumpe Cristo resucitado.
No golpea la puerta. No pide permiso. Simplemente se hace presente.
Su presencia atraviesa toda barrera y transforma la realidad desde dentro.
Y sus primeras palabras son: “La paz esté con ustedes”.
No es un saludo cualquiera. Es un don. Es una fuerza.
Es la restauración del orden interior del ser humano.
Donde había miedo, comienza a nacer la confianza. Donde había oscuridad, empieza a abrirse la luz. La paz que Cristo ofrece no es ausencia de problemas, sino plenitud de vida. Es la vida misma de Dios que vuelve a habitar en el corazón humano.
Luego, Jesús realiza un gesto sorprendente: sopla sobre ellos.
Este soplo nos remite al comienzo de todo, al momento en que Dios infunde su aliento de vida en el ser humano como lo presenta el libro del Génesis. Aquí, ese gesto se repite… pero ahora como nueva creación.
Los discípulos no solo son consolados: son recreados.
Reciben el Espíritu, y con Él, una vida nueva. Una vida que podríamos describir como una fuerza que hace reverdecer lo que estaba seco.
El alma, debilitada por el miedo y el pecado, vuelve a tener fecundidad. Vuelve a ser capaz de amar, de perdonar, de salir de sí misma. Porque este soplo no encierra, sino que envía.
La vida nueva no es para guardarla, sino para compartirla. Los discípulos se convierten así en el primer brote de una humanidad renovada.
Pero el Evangelio no oculta la dificultad de creer.
Aparece Tomás, que no estaba presente. Y él no puede aceptar el testimonio de los demás. Necesita ver. Necesita tocar.
Y, sorprendentemente, Jesús no rechaza esta búsqueda.
Vuelve a aparecer. Y le muestra sus llagas.
Las heridas no han desaparecido. Han sido transformadas.
Siguen ahí, pero ya no son signo de derrota, sino de amor glorificado.
En esas llagas se revela que Dios no salva desde lejos, sino desde dentro de nuestra propia realidad. Asume nuestra fragilidad y la transforma.
Cuando Tomás toca el costado de Cristo, no solo verifica un hecho. Entra en un misterio. Y entonces pronuncia una de las confesiones más profundas de todo el Evangelio: “Señor mío y Dios mío”.
No es solo una afirmación. Es una entrega. Es el reconocimiento total de Dios en la propia vida.
Es el momento en que el ser humano, restaurado interiormente, vuelve a su centro.
Y finalmente, Jesús nos dirige una palabra que atraviesa los siglos: “Bienaventurados los que creen sin haber visto”.
Esta bienaventuranza no es para unos pocos. Es para nosotros.
Nos habla de una forma de ver más profunda, una visión interior. Una luz que no viene de los ojos, sino del corazón.
Creer sin ver no significa creer a ciegas. Significa ver de otra manera. Significa dejarnos iluminar por la presencia de Dios en lo profundo de nuestra vida.
Hermanos, este Evangelio nos muestra un camino. Un camino que va del miedo a la paz, de la sequedad a la vida, de la duda a la fe. Nos revela que la resurrección no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad que puede transformar hoy nuestra existencia.
Cristo sigue entrando en nuestras “puertas cerradas”. Sigue trayéndonos su paz. Sigue soplando su Espíritu sobre nosotros. Y nos invita a dejarnos transformar, a volver a la vida, a “reverdecer” en Dios.
Que también nosotros, como Tomás, podamos reconocerlo y decir con todo el corazón: Señor mío y Dios mío. Amén.
