Hoy contemplamos con alegría y gratitud a María bajo un título profundamente hermoso y lleno de esperanza: María, Madre de la Iglesia. Este nombre expresa una verdad íntimamente unida al misterio de Cristo y al misterio de todos los creyentes.
El Concilio Vaticano II, especialmente en la constitución Lumen gentium, presenta a María como Madre de todos los miembros del Cuerpo de Cristo. No se trata solamente de un título honorífico, sino de una realidad espiritual viva que acompaña la historia de la Iglesia desde sus comienzos.
María es Madre de la Iglesia, ante todo, porque es la Madre de Jesucristo. Y si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, entonces quien es Madre de Cristo es también Madre de todos aquellos que forman parte de ese Cuerpo. En María contemplamos a la mujer que entregó totalmente su vida al plan de Dios para que el Salvador pudiera habitar entre nosotros.
Pero esta maternidad se manifiesta de manera especial al pie de la cruz. En el Evangelio de san Juan, Jesús dirige al discípulo amado estas palabras: “He ahí a tu madre” (Jn 19,27). En ese momento solemne, Cristo no solo confía María a Juan, sino que entrega su Madre a toda la humanidad creyente. La tradición de la Iglesia ha comprendido este gesto como el nacimiento de una maternidad espiritual que alcanza a todos los cristianos.
María también acompaña el nacimiento visible de la Iglesia en Pentecostés. Allí aparece reunida con los apóstoles, perseverando en la oración y sosteniendo la fe de la comunidad naciente. Ella, que recibió primero al Espíritu Santo en la Anunciación, permanece ahora en medio de los discípulos mientras el Espíritu transforma sus corazones y los impulsa a anunciar el Evangelio.
Por eso María no solo pertenece a la historia de la Iglesia: ella permanece presente en su camino. Continúa acompañando espiritualmente a los creyentes, alentando la fe, consolando en las dificultades y guiando siempre hacia su Hijo.
Además, María es el modelo perfecto de la Iglesia. Ella escucha la Palabra de Dios y la acoge con fe. Antes de concebir a Cristo en su seno, lo recibió en su corazón mediante una obediencia total y confiada. La Iglesia aprende de María a escuchar, creer y responder generosamente al llamado de Dios.
María vive completamente unida a Cristo. Toda su existencia está orientada hacia Él. Nunca busca ocupar el lugar del Señor, sino conducir a todos hacia su presencia. Por eso la verdadera devoción mariana siempre lleva a Jesús y jamás se detiene únicamente en María. Ella misma nos repite las palabras pronunciadas en Caná: “Hagan todo lo que Él les diga”.
También María enseña a la Iglesia a ser humilde, obediente y contemplativa. En un mundo lleno de ruido y orgullo, María nos muestra el valor del silencio interior, de la confianza en Dios y del servicio sencillo. Ella vive totalmente de Cristo, y la Iglesia descubre en ella su propia identidad y su verdadera misión.
Queridos hermanos, llamar a María “Madre de la Iglesia” es reconocer que no caminamos solos. Tenemos una Madre espiritual que intercede por nosotros y nos acompaña en nuestro peregrinar hacia Cristo. Este título es una expresión de esperanza, de comunión y de ternura para todos los creyentes.
Pidamos hoy a María que cuide de la Iglesia, fortalezca nuestra fe y nos enseñe a vivir cada día más unidos a Jesús. Que ella nos ayude a ser discípulos fieles, capaces de escuchar la Palabra, vivir el Evangelio y anunciar con alegría el amor de Cristo al mundo. Amén.
Padre Oscar Angel Naef
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