domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía. Solemnidad de la Santísima Trinidad. 31 de mayo de 2026

Queridos hermanos:

En esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Evangelio nos conduce al corazón mismo de nuestra fe. Las palabras que hemos escuchado son quizá una de las síntesis más hermosas de todo el mensaje cristiano: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

Detengámonos un momento en esta afirmación. El protagonista del Evangelio no es el ser humano, ni siquiera Jesús en primer lugar, sino Dios Padre. Todo comienza en Él. Todo nace de su amor. Dios ama y, porque ama, entrega; ama y, porque ama, se acerca; ama y, porque ama, ofrece la salvación.

Estas palabras forman parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, aquel hombre que buscaba respuestas y que se acercó a Jesús durante la noche. Pero el evangelista nos lleva mucho más allá de aquella conversación. Nos revela el motivo más profundo de la encarnación: Dios se hizo hombre porque ama. La venida de Cristo al mundo no es fruto de una obligación ni de una necesidad, sino de un amor inmenso, fiel y misericordioso.

Los verbos que destacan en este Evangelio son claros: amar y dar. Dios ama tanto que da lo más precioso que posee: a su propio Hijo. Y ese don alcanza su expresión máxima en la cruz. Cuando contemplamos a Cristo crucificado descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios. No es un amor teórico ni sentimental; es un amor que se entrega hasta el extremo, que asume nuestro sufrimiento y que entra en nuestras heridas para devolvernos la vida.

Pero hay algo más que debemos escuchar con atención. Jesús nos dice que Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta afirmación cambia por completo muchas imágenes equivocadas que a veces tenemos de Dios. Nuestro Dios no busca condenar, sino rescatar; no quiere la muerte del pecador, sino que viva; no se acerca para juzgar, sino para ofrecer misericordia.

Por eso, la fe cristiana no puede estar basada en el miedo. Nicodemo llegó a Jesús en la oscuridad de la noche, pero el encuentro con el Señor lo fue conduciendo hacia la luz. También nosotros estamos llamados a dejar atrás nuestras sombras, nuestros temores y nuestras falsas imágenes de Dios, para descubrir el rostro de un Padre que nos ama sin medida.

Y quien acoge este amor recibe un don extraordinario: la vida eterna. Para san Juan, esta vida no comienza solamente después de la muerte; comienza aquí y ahora. Es la vida misma de Dios que entra en nuestro corazón. Es la gracia de sabernos hijos amados del Padre. Creer en Cristo no significa solamente esperar el cielo; significa vivir ya desde ahora como hijos de Dios.

Por eso celebramos hoy la Santísima Trinidad. No celebramos una teoría difícil ni una fórmula abstracta. Celebramos el misterio de un Dios que es comunión de amor. El Padre ama y entrega al Hijo; el Hijo se ofrece por nuestra salvación; y el Espíritu Santo nos comunica esa vida divina y nos introduce en la intimidad de Dios.

Hermanos, en un mundo marcado tantas veces por el miedo, la incertidumbre y la soledad, el Evangelio nos recuerda una verdad que nunca envejece: Dios ama al mundo, Dios quiere salvar al mundo y Dios nos llama a vivir para siempre en la plenitud de su amor.

Que esta certeza fortalezca nuestra fe y llene de esperanza nuestro corazón. Amén.