lunes, 23 de marzo de 2026

Homilía. Domingo V de Cuaresma. 22 de marzo de 2026

Queridos hermanos:

El Evangelio que hoy contemplamos, en el capítulo 11 de san Juan, no es simplemente el relato de un milagro. Es, en realidad, una de las revelaciones más elevadas del misterio de Cristo. Aquí se nos muestra quién es Jesús: no solo alguien que hace prodigios, sino Aquel que es la Vida misma y el vencedor de la muerte.

Desde el inicio del relato, la enfermedad de Lázaro aparece con un sentido que supera lo inmediato: es para la gloria de Dios”. Jesús no actúa con prisa. Incluso, a nuestros ojos, parece demorarse. Pero esta demora no es indiferencia. Es pedagogía divina. Como enseña San Ambrosio, Cristo permite que la muerte se haga evidente para despertar una fe más profunda. Dios no actúa según nuestros tiempos, sino según lo que más conviene a nuestra salvación.

Por eso, Jesús habla de la muerte como de un sueño”. Para nosotros es un final; para Dios, no. Para Él, la muerte no tiene la última palabra.

En el encuentro con Marta encontramos el corazón del mensaje. Marta expresa la fe de su pueblo: cree en la resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús la lleva más lejos. Le dice: Yo soy la resurrección y la vida”.

No dice simplemente yo daré la resurrección”, sino yo soy”. La vida eterna ya no es solo una promesa futura: es una realidad presente en la persona de Cristo. Creer, entonces, no es solo esperar algo, sino adherirse a Alguien.

Marta da ese paso. En medio del dolor, proclama: Sí, Señor, yo creo”. Y así se convierte en modelo de fe para todos nosotros.

A la luz de la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, podemos comprender mejor este acto de fe. Creer no es solo aceptar una verdad con la mente. Es un acto que involucra toda la persona: el entendimiento, sí, pero también la voluntad y el amor. Es una entrega. Es, de algún modo, una unión viva con Dios. Como un vínculo profundo, semejante a una alianza, en la que el alma se confía plenamente a Aquel que es la Verdad y la Vida.

El Evangelio nos muestra también algo conmovedor: Jesús llora. Se estremece ante la tumba de su amigo. Estas lágrimas revelan su verdadera humanidad. Dios no es indiferente a nuestro dolor. En Cristo, Dios entra en nuestra tristeza, la asume y la transforma. Como señala también San Ambrosio, en ese llanto hay una indignación santa frente al poder del mal y de la muerte.

Y entonces llega el momento culminante. Jesús grita: “¡Lázaro, sal fuera!”. Su palabra tiene poder creador. No solo devuelve la vida biológica: anticipa la victoria definitiva sobre la muerte.

Pero el relato no termina ahí. Jesús dice: Desátenlo y déjenlo andar”. Y aquí aparece algo muy importante para nosotros: la misión de la comunidad.

A la luz de Santo Tomás de Aquino, podemos entender que la verdadera vida no es solo vivir biológicamente, sino participar de la vida de Dios. Y cuando alguien ha sido devuelto a la vida”, necesita todavía ser liberado de todo lo que lo ata.

Las vendas de Lázaro representan todo aquello que nos esclaviza: el pecado, los miedos, las heridas. Y Jesús confía a la comunidad la tarea de ayudar a quitar esas vendas.

Por un lado, estamos llamados a liberar: a ayudar al otro a superar aquello que le impide vivir plenamente. No con imposición, sino con paciencia, con verdad y con amor.

Y por otro lado, estamos llamados a acompañar: a caminar junto al hermano, sosteniéndolo en su crecimiento. Porque nadie se salva solo. La vida nueva necesita una comunidad que la cuide, la alimente y la haga crecer.

Finalmente, el detalle de los cuatro días nos recuerda que, para los hombres, la situación era ya definitiva. Pero es precisamente allí donde llega Cristo. Esto nos enseña que nadie está perdido para Dios. Que no hay oscuridad de la que Él no pueda sacarnos.

Hermanos, la resurrección de Lázaro no es el final. Es un signo que apunta a algo mayor: la Pascua de Jesús. Es una promesa viva de que la muerte no tiene la última palabra.

La respuesta que se nos pide es la fe. Creer, como Marta, que Jesús es la Vida.

Y entonces, escuchar su voz, salir de nuestras propias tumbas, y dejarnos desatar… para caminar en la vida nueva que Él nos regala.

Padre Oscar Angel Naef

sábado, 21 de marzo de 2026

Homilía. Sábado IV de Cuaresma. 21 de marzo de 2026


Juan 7, 40-53 presenta una escena que revela con fuerza la identidad de Jesús y la respuesta humana ante Él. El pasaje gira en torno a una tensión central: la confrontación entre la Verdad encarnada y la incredulidad obstinada, que obliga a cada persona a tomar postura.

En primer lugar, aparece la división por el Mesías. La multitud no permanece indiferente: algunos reconocen en Jesús al Profeta o al Mesías, mientras otros lo rechazan apoyándose en prejuicios, especialmente su origen galileo. Este contraste muestra que el encuentro con Cristo exige discernimiento. La fe no surge automáticamente, sino que requiere apertura interior; quien se aferra a sus ideas termina cerrándose a la verdad.

En este contexto destaca la autoridad y el testimonio. Los guardias enviados a arrestarlo regresan sin cumplir su misión, impactados por su enseñanza: Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre”. Su testimonio es significativo porque proviene de quienes no estaban predispuestos a creer. La palabra de Jesús se impone por su propia fuerza, mostrando que su autoridad no depende del poder humano, sino de su origen divino.

En contraste, se manifiesta la ceguera de los fariseos. Ellos rechazan a Jesús no por falta de evidencia, sino por prejuicio y autosuficiencia. Se consideran dueños de la ley y, desde esa posición, descalifican tanto a Jesús como a quienes creen en Él. Esta actitud revela una ceguera espiritual profunda: no es ignorancia, sino una negativa a reconocer la verdad. La arrogancia religiosa se convierte así en obstáculo para la fe.

En medio de este conflicto aparece Nicodemo, quien introduce una voz de justicia. Sin declararse abiertamente discípulo, pide que se escuche a Jesús antes de juzgarlo. Su intervención muestra que incluso dentro de un ambiente hostil puede surgir una búsqueda sincera de la verdad. Nicodemo representa a quien está en camino, abierto a cuestionar la injusticia.

El pasaje también evidencia la ceguera por prejuicios. Muchos rechazan a Jesús por su origen conocido, sin atender a sus obras ni a su mensaje. Este prejuicio se combina con un juicio superficial, donde se valora la apariencia más que la verdad. Además, se observa una clara hipocresía religiosa: critican a Jesús por actuar en sábado, mientras ellos justifican otras prácticas legales en ese mismo día. La ley deja de ser camino hacia Dios y se vuelve instrumento de autojustificación.

A esto se suma el miedo y la división del pueblo: muchos no se pronuncian por temor a las autoridades. La presión social condiciona la respuesta de fe y dificulta reconocer la verdad. Todo ello revela un corazón endurecido, incapaz de aceptar que Jesús viene de Dios. No se trata de falta de información, sino de una resistencia interior que lleva al rechazo.

Ante esta escena, el texto interpela directamente la vida del creyente: es necesario dejar de juzgar por apariencias, revisar los propios prejuicios y abrirse con sinceridad a la verdad. La invitación es a escuchar a Cristo con un corazón humilde, a no dejarse dominar por el miedo ni por la presión del entorno, y a buscar un juicio justo que brote de la fe. Solo así es posible reconocer en Él la voz de Dios y responder con una adhesión auténtica y comprometida.

Padre Oscar Angel Naef

lunes, 16 de marzo de 2026

Homilía. Domingo IV de Cuaresma. 15 de marzo de 2026

Queridos hermanos:

El capítulo 9 del Evangelio de Juan nos presenta un relato muy significativo del Evangelio: la curación del ciego de nacimiento realizada por Jesucristo. Pero este pasaje no narra solamente un milagro físico; revela un proceso interior: el paso de la oscuridad a la luz, de la ignorancia a la fe.

Este relato refleja el camino espiritual de todo ser humano que buscando la verdad recibe el don de la fe: la transición de la oscuridad del intelecto a la luz de la fe.

La ceguera como búsqueda de la verdad

El Evangelio comienza con un hombre ciego de nacimiento. En la mentalidad de la época, se pensaba que una enfermedad así era consecuencia del pecado. Sin embargo, Jesús rompe con esa interpretación y muestra que aquella situación será ocasión para que se manifieste la obra de Dios.

El ciego representa a todo hombre que busca la verdad. Quien busca sinceramente la verdad, aunque no lo sepa, está buscando a Dios.

Jesús realiza entonces un gesto lleno de simbolismo: hace barro con la tierra y lo coloca en los ojos del ciego, enviándolo a lavarse en la piscina de Siloé. El barro recuerda la creación del hombre y revela a Jesús como quien restaura la vida. La curación no ocurre inmediatamente; el hombre debe obedecer, caminar y lavarse. Este proceso evoca el simbolismo del bautismo y representa el despertar del ojo del alma”.

Cuando el hombre regresa viendo, aún no conoce plenamente a Jesús. Cuando le preguntan quién lo curó, responde simplemente: Ese hombre que se llama Jesús. La luz ha comenzado a entrar en su vida.

El conflicto con la estructura

Sin embargo, el milagro provoca conflicto. El hombre es llevado ante los fariseos porque la curación ocurrió en sábado. Para ellos el problema no es que un hombre haya recuperado la vista, sino que se haya quebrantado una norma.

Aquí aparece un contraste profundo: mientras los maestros de la ley se quedan en la letra, el antiguo ciego se queda con el hecho de la luz. Él sabe algo muy sencillo: antes no veía y ahora ve.

Cuando le preguntan su opinión sobre Jesús, su fe ha crecido y responde: Es un profeta”.

Este momento revela que la verdadera sabiduría no consiste solamente en conocer la ley o tener conocimientos religiosos. La verdadera sabiduría es tener el corazón abierto a la acción de Dios. Cuando el orgullo domina el corazón, incluso la religión puede convertirse en una forma de ceguera.

El encuentro personal con Cristo

El momento culminante ocurre cuando el hombre es expulsado por las autoridades religiosas. Sin embargo, precisamente en ese momento Jesús sale a su encuentro.

Le pregunta: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?”. El hombre responde con humildad: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Entonces Jesús se revela: Lo estás viendo; el que habla contigo, ese es”.

El antiguo ciego responde con una confesión que resume todo su camino: Creo, Señor”, y se postra ante Él.

El hombre que al principio veía en Jesús solo a un hombre, luego lo reconoció como profeta y finalmente lo confiesa como Señor.

Conclusión

Este relato habla también de nosotros. Todos caminamos en medio de limitaciones y oscuridades. Pero Cristo, luz del mundo, sale a nuestro encuentro para abrir nuestros ojos.

El verdadero problema no es comenzar en la ceguera, sino creer que ya vemos y no necesitar la luz.

Cuando permitimos que Dios actúe en nuestra vida, el intelecto deja de caminar solo y comienza a ser iluminado por la fe. Entonces, como el ciego del Evangelio, también nosotros podemos decir con confianza:

Creo, Señor”.

Padre Oscar Angel Naef

domingo, 8 de marzo de 2026

Homilía. Domingo III de cuaresma. 8 de marzo de 2026

Queridos hermanos,

El pasaje del Evangelio de Juan (4, 5-42), que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, es uno de los relatos más reveladores del evangelio. En él encontramos no solo un diálogo entre dos personas, sino un encuentro que da a conocer el corazón de Dios y la búsqueda existencial del ser humano.

La escena se sitúa en Samaría, una región marcada por divisiones religiosas e históricas. Los judíos consideraban a los samaritanos herejes e impuros, y por ello evitaban todo contacto con ellos. Sin embargo, Jesús rompe esas barreras y se detiene junto al pozo de Jacob. Allí comienza un diálogo que transformará la vida de aquella mujer.

Todo empieza con una petición sencilla: Dame de beber”.

Estas palabras contienen un significado muy profundo. Jesús, aparentemente cansado y sediento, pide agua a una mujer samaritana. Pero detrás de esa petición se esconde una verdad espiritual: Dios tiene sed del corazón humano. Dios busca nuestra fe, nuestro amor, nuestra apertura a la gracia.

La mujer, por su parte, representa de algún modo la sed que habita en cada ser humano. Su historia personal, marcada por relaciones fallidas y búsquedas insatisfechas, refleja la experiencia de tantas personas que buscan la felicidad en diferentes pozos” de la vida: el éxito, el afecto, la seguridad o el reconocimiento. Sin embargo, esas fuentes muchas veces no logran saciar la sed más profunda del corazón.

Jesús introduce entonces un tema central del evangelio: el agua viva.

Mientras la mujer piensa en el agua del pozo, Jesús le habla de otra agua, una que no se agota, una que se convierte en fuente interior que brota para vida eterna. Esta agua simboliza el don del Espíritu, la gracia que transforma la vida y que puede saciar definitivamente la sed de amor, verdad y plenitud que habita en el ser humano.

El diálogo entre Jesús y la samaritana se convierte así en un verdadero itinerario de fe. La mujer pasa poco a poco de la incomprensión al reconocimiento. Al principio ve a Jesús como un simple judío. Después lo reconoce como profeta. Finalmente, llega a comprender que está ante el Mesías.

Este camino revela la paciencia de Dios. Jesús no impone la verdad; la da a conocer poco a poco, acompañando el proceso interior de la persona.

En un momento del diálogo, Jesús le habla de su pasado. Le revela que conoce su historia. Sin embargo, no la juzga ni la condena. Al contrario, ese conocimiento se convierte en una oportunidad de encuentro y de redención.

Este gesto nos enseña algo muy importante: Dios no se acerca a nosotros para humillarnos, sino para transformarnos. Él conoce nuestras heridas, nuestras fragilidades y nuestras búsquedas, pero su mirada está llena de misericordia.

Otro momento central del relato ocurre cuando surge la pregunta sobre el lugar donde se debe adorar a Dios. Los samaritanos defendían el monte Garizim y los judíos Jerusalén. Pero Jesús responde con palabras que cambian profundamente la comprensión del culto: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.”

Con estas palabras, Jesús muestra que la relación con Dios no depende principalmente de un lugar o de una tradición particular, sino de una relación viva y auténtica con el Padre. El culto verdadero nace del corazón, iluminado por el Espíritu.

Pero el relato no termina en el encuentro personal. La experiencia de la samaritana produce una transformación inmediata. Ella deja su cántaro, símbolo de su vida anterior, y corre al pueblo para anunciar lo que ha vivido.

Aquí encontramos una dimensión esencial de la fe: quien encuentra verdaderamente a Cristo se convierte en testigo.

La mujer que antes vivía marcada por su historia se convierte ahora en mensajera de la Buena Nueva. Gracias a su testimonio, muchos samaritanos se acercan a Jesús y descubren por sí mismos la verdad de su mensaje.

En este sentido, la samaritana se convierte en un ejemplo de evangelización. Su experiencia nos recuerda que la fe no es solo un conocimiento intelectual, sino un encuentro que transforma la vida y nos impulsa a compartirlo con los demás.

Queridos hermanos, este relato nos invita a mirarnos a nosotros mismos. Todos, de alguna manera, llevamos dentro la sed de la samaritana. Todos buscamos felicidad, sentido, amor y verdad. Y muchas veces intentamos saciar esa sed en fuentes que no logran llenarnos completamente.

El mensaje de este evangelio es claro: solo el agua viva que ofrece Cristo puede saciar definitivamente el corazón humano.

Dios sigue pasando hoy por nuestros caminos cotidianos. Sigue sentándose junto a nuestros pozos, en los lugares donde vivimos, trabajamos y buscamos sentido. Y sigue pronunciando las mismas palabras: Dame de beber”.

Es una invitación al encuentro, a abrir el corazón, a dejar que su gracia transforme nuestra vida.

Que también nosotros, como la samaritana, podamos descubrir en Cristo la fuente de la verdadera vida, dejar atrás nuestros antiguos cántaros y convertirnos en testigos de su amor en el mundo.

Amén.

Padre Oscar Angel Naef

miércoles, 4 de marzo de 2026

Homilía. Lunes de la II semana de cuaresma. Misa pidiendo por la pronta glorificación de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis. 2 de marzo de 2026

Queridos hermanos:

En este tiempo santo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos conduce al corazón mismo del Evangelio: Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso… Den y se les dará” (cf. Lucas 6,36-38). No estamos ante un simple consejo moral; estamos ante una llamada a participar de la vida misma de Dios.

Y aquí resuena con fuerza la voz de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis. En una carta del 22 de mayo de 1916, escribía a la hermana Paolina Cozzi: vivir de manera que puedas unirte diariamente a Dios nuestro Señor sin dejar nunca la Comunión”. ¡Qué profundidad y qué actualidad tienen estas palabras para nosotros hoy!

Madre Eufrasia no propone un ideal inalcanzable, sino un camino concreto: la unión diaria con Dios. Porque la misericordia que Jesús nos pide —no juzgar, no condenar, perdonar, dar sin medida— no nace simplemente de la buena voluntad humana. Humanamente, amar al que nos hiere, perdonar al que nos ofende, dar sin esperar nada a cambio, parece imposible. Pero lo que es imposible para el hombre se vuelve posible cuando el alma vive unida a Dios.

Sean misericordiosos como el Padre…” Esta es la medida: el Padre. Y Eufrasia comprendió que solo permaneciendo en comunión constante con el Señor el corazón puede transformarse. Cuando el alma está llena de gracia, se convierte en reflejo de la Trinidad. Entonces el amor ya no es cálculo; es don. El perdón ya no es debilidad; es fuerza divina actuando en nosotros.

La Cuaresma nos recuerda que este camino pasa por la cruz. No juzgar implica callar cuando quisiéramos defendernos. Perdonar implica abrazar el dolor. Dar implica desprenderse de seguridades. Eufrasia Iaconis vivió esta lógica del amor crucificado: entendió que la verdadera generosidad se aprende uniendo el propio sufrimiento al corazón de Cristo crucificado. Allí nuestro corazón se purifica, se ensancha y aprende a amar sin medida.

Y cuando el Señor dice: Den y se les dará”, no habla de una recompensa humana. Habla de una ley espiritual: el corazón que se abre totalmente a Dios queda inundado por Él. Eufrasia lo sabía por experiencia. Quien vive en comunión constante recibe una buena medida, apretada, sacudida y desbordante”: la plenitud del amor divino. Y un corazón lleno de Dios no puede guardarse nada; necesariamente se convierte en fuente para los demás.

Hermanos, la Cuaresma no es solo esfuerzo ni disciplina exterior. Es transformación interior. Es permitir que la vida divina nos invada hasta hacernos capaces de dar y perdonar con la misma generosidad del Señor.

Hoy, más que nunca, dejémonos interpelar por el consejo de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis: vivamos de tal manera que podamos unirnos cada día a Dios sin dejar nunca la Comunión. Porque solo así nuestra misericordia será verdadera, nuestro dar será generoso y nuestra vida reflejará el amor infinito de la Trinidad.

Que esta Cuaresma nos encuentre unidos a Cristo, para que, llenos de Él, podamos amar como Él. Amén.

Padre Oscar Angel Naef