miércoles, 12 de agosto de 2026

Homilía. Domingo XIX durante el año. 9 de agosto de 2026. Mateo 14, 22-33

Queridos hermanos:

El Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro intentando ir hacia Él. Pero este relato no es solamente la narración de un hecho extraordinario. También contiene una profunda enseñanza sobre nuestra vida espiritual: la oración, la fe, las pruebas, la gracia y el camino que estamos llamados a recorrer hacia la unión con Dios.

Después de la multiplicación de los panes, Jesús se retira solo al monte para orar. Mientras los discípulos permanecen en la barca, Él busca la intimidad con el Padre. Este detalle nos muestra que la fuerza de Jesús nace de su profunda comunión con Dios. También nosotros necesitamos momentos de silencio y oración para escuchar al Señor y permitir que su gracia transforme nuestro corazón.

Mientras Jesús ora, la barca comienza a ser zarandeada por las olas. La barca puede representar a la comunidad cristiana y también nuestra propia vida. Todos atravesamos momentos de tormenta: dificultades, incertidumbres, sufrimientos, miedos y situaciones en las que sentimos que remamos sin avanzar.

Pero Jesús no ha abandonado a sus discípulos. En medio de la noche se acerca a ellos y les dice: «Soy yo, no tengan miedo».

Estas palabras son también para nosotros. El silencio de Dios no significa ausencia de Dios. Muchas veces no lo vemos, pero Él permanece cerca.

Entonces Pedro le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Y Jesús responde: «Ven».

Esta invitación puede entenderse como una imagen del camino espiritual. Pedro sale de la seguridad de la barca y comienza a caminar confiando en la palabra de Jesús. Así también comienza nuestra vida cristiana: Dios nos llama y nosotros respondemos dando un paso de fe.

El camino espiritual es un proceso dinámico de crecimiento en la gracia. En el Bautismo recibimos la gracia bautismal, germen de la vida eterna y principio de nuestra transformación interior. Esa vida está llamada a crecer hasta conducirnos a una unión cada vez más profunda con Dios.

En este camino crecen en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, las virtudes teologales que nos permiten vivir unidos a Dios. Y los dones del Espíritu Santo nos ayudan a dejarnos conducir cada vez más por su acción.

Pero este camino no está libre de dificultades. Pedro puede caminar mientras mantiene la mirada en Jesús. Cuando comienza a mirar el viento y las olas, aparece el miedo y comienza a hundirse.

También nosotros podemos perder la paz cuando dejamos de mirar a Cristo y fijamos nuestra atención únicamente en nuestros problemas. La fe no significa ausencia de tormentas, sino aprender a confiar en Dios en medio de ellas.

Aquí aparece el lugar de la cruz. Las pruebas y los sufrimientos, cuando son aceptados con amor y vividos unidos a Cristo, pueden purificar nuestro egoísmo, desprendernos de la necesidad de controlarlo todo y hacernos más semejantes a Jesús. La tormenta puede convertirse así en una ocasión de crecimiento espiritual.

Pedro representa nuestra propia experiencia. Tiene fe, pero su fe todavía es débil. Se atreve a salir de la barca, pero después tiene miedo. Y cuando comienza a hundirse, no intenta salvarse por sí mismo. Grita: «¡Señor, sálvame!»

Entonces Jesús extiende inmediatamente su mano y lo sostiene.

Esta mano tendida de Cristo es una imagen de la gracia. No podemos alcanzar la santidad únicamente con nuestras fuerzas. Necesitamos dejarnos sostener, sanar y transformar por Dios. La vida espiritual es una cooperación entre la gracia de Dios y nuestra respuesta.

Por eso, el camino que comienza con la gracia bautismal, que crece mediante la fe, la esperanza y la caridad y que es purificado por la cruz, tiene una meta: la unión profunda con Dios.

Este Evangelio nos invita hoy a mirar nuestra propia barca y nuestras propias tormentas. Tal vez estamos atravesando una noche difícil. Tal vez sentimos que nuestras fuerzas disminuyen. Pero Jesús se acerca y nos dice:

«Soy yo, no tengan miedo».

Y también nos dice:

«Ven».

Ven y confía. Camina aunque no controles todo. No pongas tu mirada solamente en las olas. Mira hacia mí.

Y si alguna vez comienzas a hundirte, no tengas miedo de gritar:

«¡Señor, sálvame!»

Porque la mano de Cristo está más cerca de lo que pensamos.

Nuestra vida espiritual es un camino de gracia: comienza con el don de Dios, crece mediante la fe, la esperanza y la caridad, es purificada por la cruz y conduce hacia la unión con Él.

Por eso, cuando llegue la noche y nuestra barca sea sacudida por las olas, recordemos que no estamos solos.

El Señor está presente. Él nos llama a caminar hacia Él y su mano nos sostiene hasta llegar a la plenitud de la vida en Dios.


domingo, 2 de agosto de 2026

Homilía. Domingo XVIII durante el año. 2 de agosto de 2026. Mateo 14, 13-21

Queridos hermanos:

El Evangelio que hemos escuchado nos presenta uno de los signos más hermosos del ministerio de Jesús: la multiplicación de los panes. A primera vista, podría parecer que el centro del relato es un milagro destinado a aliviar el hambre de una multitud. Sin embargo, el evangelista Mateo quiere llevarnos mucho más lejos. Este episodio nos revela quién es Dios, cómo actúa en favor de su pueblo y cuál es el alimento que verdaderamente puede saciar el corazón humano.

En primer lugar, el Evangelio nos invita a contemplar la compasión de Jesús. Al ver a la multitud cansada, desorientada y hambrienta, el Señor no permanece indiferente. El texto dice que «se compadeció de ellos». Esa compasión no es solamente un sentimiento de solidaridad; es la manifestación del corazón mismo de Dios. En Jesucristo descubrimos a un Dios que se acerca al sufrimiento humano, que escucha el clamor de su pueblo y que responde con amor y misericordia.

Pero Jesús no ve únicamente el hambre del cuerpo. Él conoce el corazón del hombre y sabe que, detrás de las necesidades materiales, existe una necesidad mucho más profunda. Todos llevamos dentro un deseo de plenitud, una búsqueda de verdad, de amor, de esperanza y de vida que ningún bien de este mundo puede satisfacer por completo. En otras palabras, el ser humano tiene hambre de Dios. Muchas veces intentamos llenar ese vacío con el éxito, el poder, las cosas materiales o los afectos, pero el corazón continúa inquieto hasta encontrarse con Aquel que le dio la vida.

Por eso, el gesto de Jesús tiene un significado mucho más profundo que alimentar a una multitud por un día. Él quiere conducir a esas personas hacia el alimento que permanece para siempre.

En este mismo contexto aparece un segundo aspecto del relato. Jesús no realiza el milagro al margen de sus discípulos. Les pide que presenten lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Humanamente es una cantidad insignificante, pero puesta en las manos del Señor se convierte en abundancia para todos.

Con este signo, Jesús comienza a reunir un nuevo pueblo. El evangelista Mateo recuerda las grandes acciones de Dios en la historia de Israel: el maná en el desierto, el alimento ofrecido por los profetas y la invitación del profeta Isaías a acudir gratuitamente al banquete preparado por Dios. También las doce canastas que sobran tienen un profundo significado: representan a las doce tribus de Israel y anuncian el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios, congregado ahora en torno a Jesucristo.

Ese pueblo no se reúne simplemente porque recibe alimento material, sino porque descubre en Cristo la respuesta al hambre más profunda de su existencia. Jesús convoca a todos los que buscan sentido, esperanza y vida verdadera. Él forma una comunidad nueva, unida no por la sangre ni por la pertenencia a una nación, sino por la fe en el Hijo de Dios y por el deseo de vivir de su palabra.

Finalmente, el relato nos conduce al misterio de la Eucaristía. Los gestos de Jesús son los mismos que repetirá en la Última Cena: toma el pan, eleva los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. No es un detalle casual. La multiplicación de los panes anticipa el gran don que Cristo hará de sí mismo en la Cruz y que la Iglesia celebra en cada Eucaristía.

Allí comprendemos que el Señor no solo alimenta nuestro cuerpo. Él mismo se convierte en nuestro alimento. Cristo es el verdadero Pan bajado del cielo, el único capaz de saciar el hambre de Dios que habita en el corazón de cada persona. En la Eucaristía encontramos la fuerza para caminar, la gracia para perseverar y la comunión que nos convierte en un solo pueblo.

Por eso, cada vez que participamos en la mesa del Señor, no solo recibimos un alimento espiritual. Somos transformados por ese alimento. La Eucaristía nos constituye como Iglesia, fortalece nuestra unidad y nos envía a prolongar en el mundo la misma compasión de Cristo.

Quien ha experimentado la misericordia de Dios no puede permanecer indiferente ante las necesidades de los demás. Quien ha sido alimentado por el Pan de Vida está llamado a convertirse también en pan partido para sus hermanos. Y quien ha descubierto que solo Dios puede llenar el corazón humano aprende a orientar toda su vida hacia Él y a ayudar a otros a encontrar en Cristo la respuesta a sus anhelos más profundos.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón compasivo, capaz de compartir lo que tiene; un corazón abierto para formar parte de su pueblo; y un corazón que encuentre en la Eucaristía el alimento que sostiene nuestra vida y nos impulsa a ser testigos de su amor en medio del mundo. Amén.

domingo, 26 de julio de 2026

Homilía. Domingo XVII del tiempo durante el año. 26 de julio de 2026 (Mateo 13, 44-52)

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta tres parábolas que, aunque breves, contienen una extraordinaria riqueza espiritual: el tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor y la red barredera. A través de estas imágenes, Jesús nos introduce en el misterio del Reino de los cielos y nos invita a descubrir cuál es el verdadero centro de la existencia humana.

Las dos primeras parábolas presentan el Reino como una realidad de valor absoluto e incomparable. El hombre que encuentra el tesoro y el comerciante que descubre la perla venden todo cuanto poseen para adquirir aquello que han encontrado. Jesús recurre deliberadamente a esta desproporción para enseñarnos que, cuando el ser humano descubre el Reino, ya no existe ningún otro bien que pueda compararse con él. Todo lo demás adquiere su verdadero valor únicamente cuando queda ordenado a ese bien supremo.

La tradición de la Iglesia ha visto en estas imágenes una referencia al mismo Cristo. Él es el verdadero Tesoro escondido y la Perla de gran valor, el don más grande que el Padre ofrece a la humanidad. Quien encuentra a Cristo descubre también el sentido más profundo de su propia vida. Comprende que Dios no viene a quitarle aquello que realmente necesita, sino a ofrecerle un bien infinitamente mayor, capaz de colmar plenamente el corazón humano.

Por eso el protagonista de la parábola vende todo cuanto posee y lo hace con alegría. No actúa movido por la resignación ni por la pérdida, sino por la certeza de haber encontrado algo infinitamente mejor. La alegría es el signo de quien ha descubierto el verdadero bien.

Los Padres de la Iglesia identificaron este tesoro con la gracia santificante, esa participación en la vida misma de Dios que restaura en nosotros la amistad perdida por el pecado y nos convierte en hijos del Padre. Es un tesoro invisible para los ojos del mundo, pero incomparablemente más valioso que cualquier riqueza, honor o placer pasajero. Allí donde el pecado había sembrado la muerte espiritual, la gracia transforma el corazón humano en morada del Espíritu Santo.

Cuando este tesoro es descubierto, toda la escala de valores cambia. El mundo propone buscar el éxito, el poder, la autosuficiencia o la acumulación de bienes. El Evangelio, en cambio, nos enseña que sólo Dios basta. Ninguna realidad creada puede responder plenamente al deseo de infinito que el Creador ha puesto en el corazón del hombre. Por eso, vender todo cuanto se posee no significa despreciar los bienes de este mundo, sino colocarlos en el lugar que les corresponde, subordinándolos al único bien absoluto, que es Dios.

Este descubrimiento nos permite comprender también que la relación con Jesucristo y la presencia de Dios en el alma constituyen, ante todo, un don gratuito de la gracia. Nadie puede conquistar el Reino por sus propias fuerzas. Sin embargo, precisamente porque es un don tan grande, exige una respuesta libre, generosa y perseverante. El Evangelio nos recuerda que la gracia no anula nuestra libertad, sino que la reclama y la eleva.

Esa respuesta se concreta en el camino de la vida ascética. El discípulo de Cristo está llamado a combatir diariamente todo aquello que dificulta la acción de la gracia: el pecado, la soberbia, el egoísmo, la vanidad, la tibieza y los apegos desordenados. La mortificación cristiana nunca tiene como finalidad el sufrimiento por sí mismo; busca la libertad del corazón para que nada impida a Dios reinar plenamente en nuestra vida. El desprendimiento cristiano nace siempre del amor. Quien ha encontrado el Tesoro comprende que ninguna renuncia puede compararse con el bien que ha recibido.

Pero este camino no termina en el esfuerzo ascético. Su culminación es la contemplación. Cuando el corazón se purifica, la presencia de Dios deja de ser solamente una verdad conocida para convertirse en una realidad cada vez más profundamente vivida. Mediante la oración, los sacramentos y la caridad, el creyente entra progresivamente en una comunión más íntima con el Señor y experimenta anticipadamente la alegría del Reino. Sólo entonces descubre con plena claridad que ninguna criatura puede satisfacer el deseo infinito para el que fue creado.

La parábola de la red añade una dimensión que no podemos olvidar. El Reino posee también una dimensión escatológica. La misma gracia que hoy se ofrece gratuitamente exige una respuesta perseverante, porque llegará el momento en que el Señor manifestará definitivamente la verdad de cada vida. La misericordia de Dios nunca elimina su justicia. Por eso, no basta con haber recibido el don de la gracia; es necesario permanecer en él, creciendo constantemente en la fidelidad al Evangelio.

Luego, Jesús concluye este discurso con la figura del escriba instruido en el Reino de los cielos, capaz de sacar de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. En esta imagen encontramos el ideal del verdadero discípulo. Iluminado por el Espíritu Santo, aprende a penetrar cada vez más profundamente en el misterio de Cristo y descubre que la Revelación nunca envejece. La contemplación del misterio permite encontrar siempre una riqueza nueva en la misma verdad eterna, de modo que la Tradición de la Iglesia permanece constantemente viva y fecunda.

Queridos hermanos, estas parábolas nos invitan, en definitiva, a preguntarnos dónde se encuentra nuestro verdadero tesoro. Allí donde está nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón. Si nuestro tesoro es Cristo, entonces toda nuestra existencia adquiere una orientación nueva: la gracia se convierte en nuestra mayor riqueza; la voluntad de Dios, en el criterio de nuestras decisiones; la cruz, en el camino del amor; y la esperanza del Reino definitivo, en la meta hacia la cual caminamos.

Pidamos al Señor la gracia de reconocer en Él el único bien capaz de llenar plenamente nuestro corazón y de responder con una entrega total, para que, purificados por el camino ascético y enriquecidos por la contemplación del misterio, podamos vivir ya desde ahora como ciudadanos del Reino de los cielos. Amén.

domingo, 19 de julio de 2026

Homilía. Domingo XVI durante el año. 19 de julio de 2026 (Mateo 13, 24-30)

Queridos hermanos:

La parábola del trigo y la cizaña nos enfrenta a una pregunta que todos, en algún momento, nos hemos hecho: ¿por qué Dios permite que el mal siga existiendo? ¿Por qué no lo elimina de una vez? Cuando vemos la injusticia, la violencia, la corrupción o incluso el pecado dentro de la misma Iglesia, nuestro primer impulso es el mismo que el de los siervos de la parábola: "¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?".

Sin embargo, la respuesta del dueño del campo nos sorprende: "No; no sea que, al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha".

Con estas palabras, Jesús nos revela el modo de actuar de Dios. Él no ignora el mal ni es indiferente al pecado. Lo ve con absoluta claridad. Pero su respuesta no es la precipitación, sino la paciencia; no es la violencia, sino la misericordia; no es el juicio inmediato, sino el tiempo de la conversión.

El campo del que habla Jesús representa al mundo, pero también a la Iglesia en su dimensión histórica. En ambos encontramos una mezcla de santidad y pecado, de fidelidad e infidelidad, de generosidad y egoísmo. El enemigo continúa sembrando cizaña para dañar la obra de Dios, y esa convivencia entre el bien y el mal forma parte de la historia humana hasta el fin de los tiempos.

Frente a esta realidad, el Señor nos invita al realismo. No debemos escandalizarnos pensando que el Reino de Dios fracasó porque existe el mal. Jesús ya nos había advertido que el trigo y la cizaña crecerían juntos. Lo verdaderamente importante es no perder la confianza en que el trigo seguirá dando fruto y que Dios continúa guiando la historia.

La decisión del dueño de no arrancar la cizaña nos enseña algo muy profundo. Nosotros solemos juzgar rápidamente. Creemos saber quién es bueno y quién es malo, quién merece una nueva oportunidad y quién ya no la merece. Pero Dios conoce el corazón de cada persona, y nosotros no. Por eso nos pide prudencia y caridad.

Cuántas veces el celo excesivo puede convertirse en un celo destructivo. Cuando el ser humano pretende purificar la Iglesia o la sociedad únicamente mediante la condena, la exclusión o la violencia, corre el riesgo de herir precisamente a aquellos que deseaba proteger. Por eso el Señor pone un límite a nuestros juicios y nos recuerda que la separación definitiva entre el trigo y la cizaña no nos corresponde a nosotros.

Hay todavía una enseñanza más hermosa. Dios espera porque ama. Su paciencia tiene un nombre: misericordia. San Agustín decía que quien hoy parece cizaña puede convertirse mañana en trigo. ¡Qué esperanza tan grande encierra esta afirmación! Nadie puede ser dado por perdido mientras vive. Todos necesitamos tiempo para cambiar, para arrepentirnos, para dejarnos transformar por la gracia de Dios. Si el Señor hubiera sido impaciente con nosotros, ¿quién podría decir que estaría hoy aquí?

Por eso, el tiempo presente es tiempo de conversión. Dios sigue esperando, sigue llamando y sigue ofreciendo su perdón. Su paciencia no significa que el pecado carezca de importancia, sino que su amor es más grande que nuestras miserias y nunca deja de ofrecer una oportunidad para volver a Él.

Pero la parábola también nos recuerda que la paciencia de Dios no es eterna. Llegará el tiempo de la cosecha. Llegará el día del Juicio, cuando el Señor, que conoce perfectamente cada corazón, realizará la separación definitiva entre el bien y el mal. Esa tarea no es nuestra; pertenece únicamente a Dios, cuya justicia es perfecta y cuya misericordia siempre va unida a la verdad.

Mientras tanto, nuestra misión no consiste en dedicarnos a buscar la cizaña en la vida de los demás, sino en procurar que el trigo crezca en nuestro propio corazón. Estamos llamados a cultivar la fe, la esperanza y la caridad; a vencer el mal con el bien; a trabajar por la santidad con humildad y paciencia; y a confiar en que Dios conduce la historia hacia su plenitud.

Pidámosle al Señor que nos conceda un corazón semejante al suyo: firme para rechazar el mal, pero paciente con las personas; decidido en la verdad, pero siempre lleno de misericordia. Que nunca nos convirtamos en jueces de nuestros hermanos, sino en instrumentos de la paciencia de Dios, esperando con esperanza el día en que Él haga nuevas todas las cosas. Amén.

domingo, 12 de julio de 2026

Homilía. Domingo XV durante el año. 12 de julio de 2026 (Mateo 13, 1-23)

Queridos hermanos:

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la parábola del sembrador. Sin embargo, cuanto más la meditamos, más descubrimos que no es simplemente una enseñanza sobre la agricultura o sobre los distintos tipos de personas. Es, en realidad, una revelación del mismo corazón de Cristo.

Podríamos decir que esta parábola es una página autobiográfica de Jesús. Él es el sembrador. Él recorre los caminos anunciando el Reino de Dios, sembrando la Palabra en todos los corazones sin hacer distinciones. No elige solamente los terrenos fértiles; siembra con una generosidad que sorprende. Esa es la manera de amar de Dios. Él siempre da el primer paso. Antes de que nosotros lo busquemos, Él ya nos ha buscado. Antes de que pensemos en Él, Él ya ha pensado en nosotros.

Y la semilla que siembra no es cualquier semilla. Es la Palabra de Dios, una palabra viva, capaz de transformar la existencia, de dar sentido a la vida, de sanar el corazón y de conducirnos a la verdadera felicidad.

Porque todos buscamos ser felices. Todos deseamos una vida plena. Sin embargo, con frecuencia buscamos esa felicidad en el éxito, en el bienestar, en las riquezas o en la satisfacción de nuestros deseos. El Evangelio nos recuerda que la felicidad auténtica tiene otro nombre: la comunión con Dios. Y esa comunión comienza siempre por una iniciativa suya, por el don de su gracia.

Entonces surge una pregunta que atraviesa toda la parábola: si la semilla es buena y el sembrador es perfecto, ¿por qué no siempre produce fruto?

La respuesta está en el terreno.

Jesús nos invita a mirar nuestro propio corazón.

El primer terreno es el camino. Allí la semilla ni siquiera puede entrar. Representa el corazón superficial, el que escucha, pero no presta verdadera atención; el que oye la Palabra como quien oye tantas otras cosas y enseguida la olvida. Vivimos en un mundo lleno de ruido, de información y de distracciones. Corremos el riesgo de escuchar el Evangelio sin dejar que realmente nos interpele. Cuando no profundizamos en la Palabra, cuando no buscamos comprenderla, cualquier cosa termina ocupando su lugar.

El segundo terreno es el pedregoso. Allí la semilla brota rápidamente, pero no tiene raíces. Es la imagen de quienes reciben el Evangelio con entusiasmo, pero cuando llegan las dificultades, el sufrimiento o las exigencias de la fe, abandonan el camino. Todos hemos experimentado momentos de entusiasmo espiritual. Pero la vida cristiana no puede sostenerse únicamente en las emociones. La fe necesita raíces profundas: la oración cotidiana, los sacramentos, la formación, la perseverancia. Solo así puede resistir el calor de las pruebas.

El tercer terreno está lleno de espinas. La planta crece, pero termina siendo ahogada. Jesús explica que esas espinas son las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas. No se trata solamente del dinero. Son todas aquellas cosas que ocupan el primer lugar en nuestro corazón y terminan desplazando a Dios. El trabajo, los proyectos, las preocupaciones, el deseo de tener más... Todo eso puede convertirse en espinas si dejamos que absorban toda nuestra atención.

Y finalmente aparece la tierra buena.

No es el corazón perfecto. Es el corazón humilde, disponible, dispuesto a dejarse transformar por Dios. Es el corazón que escucha, comprende y pone en práctica la Palabra. Esa es la diferencia. Escuchar no basta. Comprender no basta. La Palabra solo da fruto cuando se convierte en vida.

Y esa transformación es un camino.

La tradición espiritual de la Iglesia nos enseña que la santidad crece poco a poco. Primero viene la conversión, ese esfuerzo por apartarnos del pecado y ordenar nuestra vida. Después llega un tiempo de crecimiento en las virtudes, de mayor conocimiento de Dios, de una oración más profunda. Finalmente, el Señor nos conduce a una unión cada vez más íntima con Él, hasta que toda nuestra vida queda orientada por el amor.

Pero nunca debemos olvidar que este camino no depende únicamente de nuestras fuerzas. Es, sobre todo, la obra de la gracia. Dios trabaja silenciosamente en el corazón de quien se deja moldear por Él.

Jesús termina diciendo que la buena tierra produce fruto: unos treinta, otros sesenta y otros ciento por uno.

Es un detalle muy hermoso. El Señor no espera exactamente el mismo fruto de todos. Cada uno tiene una historia distinta, unos dones distintos, unas circunstancias distintas. Dios no nos compara unos con otros. Solo nos pide que demos el fruto que Él espera de nosotros.

Lo importante no es la cantidad, sino la fidelidad.

Por eso, al terminar esta reflexión, quizá la pregunta no sea cuál de estos cuatro terrenos hemos sido alguna vez. Probablemente todos nos reconocemos un poco en cada uno de ellos.

La verdadera pregunta es: ¿qué clase de tierra quiero ser hoy?

Porque Cristo sigue sembrando.

Cada Eucaristía, cada página del Evangelio, cada inspiración del Espíritu Santo es una semilla nueva que cae en nuestro corazón.

Pidámosle al Señor que retire de nosotros la dureza del camino, que quite las piedras de la inconstancia, que arranque las espinas de las preocupaciones desordenadas y que haga de nuestro corazón una tierra buena, capaz de recibir su Palabra.

Entonces comprenderemos que la verdadera felicidad consiste en dejar que Dios transforme nuestra vida hasta hacernos semejantes a Cristo.

Que María, la Virgen que acogió la Palabra con un corazón perfectamente disponible, nos enseñe a escuchar, a guardar y a vivir el Evangelio cada día.

Amén.