Queridos hermanos,
La escena de la Presentación del Señor en el Templo (Lc 2,22-40) nos introduce en un misterio profundamente luminoso y, al mismo tiempo, atravesado por la sombra de la cruz. En ella se unen la alegría de la encarnación y el anuncio del sacrificio, revelando que desde el inicio la vida de Jesús es una entrega total al designio del Padre. Este misterio, vivido en la sencillez y el silencio, encuentra un reflejo concreto en la vida de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, quien hizo de su existencia una ofrenda constante, al modo de la Santísima Virgen María.
La obediencia silenciosa de María y José expresa una confianza plena en la voluntad divina. Presentan a su Hijo no como posesión, sino como don recibido y devuelto a Dios. En esta actitud mariana se inscribe también la vida de la Madre Eufrasia: una obediencia humilde, cotidiana y perseverante, que no buscó protagonismos, sino la fidelidad al querer de Dios aun cuando este se manifestaba en la cruz, la incomprensión o el sufrimiento. Como María, supo decir “sí” en lo pequeño y en lo oculto.
Simeón y Ana encarnan la espera fiel de Israel, una fe paciente que reconoce la acción de Dios en la fragilidad. Su testimonio se prolonga en aquellas almas que, como la Venerable Madre Eufrasia, viven ancladas en la oración y la confianza, aguardando en silencio el cumplimiento de las promesas. Simeón proclama a Jesús como luz para las naciones, pero anuncia también la espada que atravesará el alma de María, recordándonos que consuelo y sacrificio son inseparables. Esta tensión fue asumida por la Madre Eufrasia como camino de santificación y de unión profunda con Cristo.
Desde esta perspectiva, la Presentación se vincula con la “Ciencia de la Cruz”: desde su infancia, Jesús se entrega por amor y abraza el destino redentor que el Padre le confía. Del mismo modo, la vida de la Venerable Madre Eufrasia puede leerse como una prolongación de esta ofrenda, una existencia marcada por la aceptación amorosa de la voluntad divina, donde el sufrimiento no fue evitado, sino transformado en entrega fecunda.
El pasaje evangélico invita a comprender la vida cristiana como una ofrenda en el Espíritu. Así como Jesús es presentado en el Templo, y María lo ofrece en silencio, cada creyente está llamado a entregarse con confianza total. La Madre Eufrasia vivió esta verdad haciendo de su vida una oblación continua, iluminada por una fe sencilla y profunda. La luz que Simeón contempla se convierte así en guía para la vida diaria: una luz que conduce al silencio interior, a la contemplación del misterio encarnado y a la obediencia amorosa.
De este modo, la Presentación del Señor se transforma en una lección espiritual sobre la vida como entrega constante al Amado. En María y en la Venerable Madre Eufrasia Iaconis descubrimos un modelo concreto de confianza total y obediencia silenciosa, que enseña que la santidad se forja en la fidelidad cotidiana y en la donación plena de la propia vida a Dios.