Queridos hermanos y hermanas:
El texto Sagrado que ilustra nuestra celebración dedicada al Divino Rostro nos lleva a contemplar el misterio de la Transfiguración según el relato del evangelista Lucas (9,28b-36). No estamos ante un hecho meramente extraordinario o deslumbrante; estamos ante una revelación profunda de quién es Jesús y hacia dónde se dirige su misión. En el monte se abre, por un instante, el velo del misterio: el Maestro, que camina hacia Jerusalén y hacia la cruz, deja resplandecer su gloria divina.
San Lucas nos ofrece un detalle que no debemos pasar por alto: todo sucede mientras Jesús oraba. La oración no es un simple marco; es el lugar donde el Hijo se encuentra íntimamente con el Padre. Y es precisamente en ese diálogo de amor donde su rostro cambia de aspecto y sus vestidos se vuelven deslumbrantes. La gloria no aparece como espectáculo, sino como fruto de la comunión. La oración es el ámbito donde se revela la verdadera identidad de Jesús.
En este punto, la espiritualidad de la Beata Madre Pierina de Micheli ilumina de manera especial este pasaje. Ella, apóstol del Santo Rostro, nos enseña que el Rostro resplandeciente del monte es el mismo Rostro que será desfigurado en la Pasión. La luz que contemplan los discípulos no niega el dolor futuro; lo abraza y lo anticipa en clave de amor. En ese Rostro glorioso ya palpita el Corazón que se entregará por nosotros, buscando reparación y consuelo.
Aparecen entonces Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, conversando con Jesús sobre su “éxodo”, su partida en Jerusalén. La gloria del monte está unida inseparablemente al camino de la cruz. No hay contradicción entre la luz y el sufrimiento: la cruz es el paso hacia la verdadera liberación. La Transfiguración no es evasión, es confirmación del plan de Dios.
La nube que los cubre evoca la presencia divina, y desde ella resuena la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el Elegido; escúchenlo”. Este es el centro del mensaje. Escucharlo significa aceptar su palabra cuando habla de entrega, de renuncia, de cruz. No solo escuchar al Cristo luminoso, sino también al Cristo que nos pide cargar la propia cruz cada día.
Pedro, conmovido, quiere hacer tres carpas. Es la tentación de quedarnos en la consolación, de prolongar el momento de luz. Pero el Señor no permite que se instalen allí. Hay que bajar del monte. La experiencia de la gloria no es para huir del mundo, sino para fortalecer el corazón ante las pruebas. La Transfiguración es un anticipo de la Resurrección, un horizonte de esperanza para cuando llegue la hora oscura.
La Beata Madre Pierina, desde su espiritualidad recibida en el carisma de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires, nos invita a contemplar este Rostro con la mirada de María. La Virgen es el modelo supremo de contemplación cristiana. Ella miró el rostro de su Hijo en el pesebre, lo escuchó en su predicación, lo siguió hasta la cruz y lo acogió glorioso en la resurrección. Su mirada fue siempre una mirada de ternura, de amor entrañable y de dolor compasivo.
También nosotros estamos llamados a mirar así. A contemplar el Rostro de Cristo en la oración, a descubrir en Él la unidad del misterio: Encarnación, cruz y gloria. A escuchar su voz y a seguirlo, aunque el camino pase por el sacrificio.
Que esta escena del monte fortalezca nuestra fe y renueve nuestra esperanza. Que no nos quedemos levantando solo nuestras propias “carpas” espirituales, sino que, iluminados por la luz de Cristo, sepamos descender al llano de la vida cotidiana con la certeza de que la cruz no es el final.
Cada martes, al visitar al Santísimo Sacramento para reparar las ofensas hechas al Señor y a la Eucaristía, recordemos que detrás del sufrimiento ya resplandece la victoria del Resucitado: victoria de Amor que nos mueve y nos hace partícipes de su obra redentora. Así fue revelado a la Beata Madre Pierina en aquellas palabras que no nos cansamos de repetir: “quien me contempla, me consuela”. Amén.
P. Oscar Angel Naef