miércoles, 11 de febrero de 2026

Reflexión: El estudio universitario como preparación para una vida científica consagrada a la verdad y al servicio de la comunidad

1. Introducción

La universidad, en su sentido originario, no se reduce a un centro de capacitación técnica ni a un espacio de movilidad social. Su finalidad más profunda radica en la búsqueda y transmisión de la verdad. En este marco, el estudio universitario puede comprenderse como preparación para una vida científica entendida como vocación: una consagración intelectual orientada al conocimiento riguroso de la realidad y al servicio de la comunidad.

En el contexto contemporáneo, marcado por el predominio del tecnicismo y la expansión del relativismo cultural, resulta urgente recuperar una concepción integral del quehacer científico. Este trabajo sostiene que el científico —y particularmente el científico católico— está llamado a integrar la investigación teórica con la responsabilidad ética y la apertura trascendente, configurando así una forma de servicio social fundada en el amor a la verdad.


2. La vocación científica como consagración a la verdad

El científico auténtico se define, ante todo, por su orientación radical hacia la verdad. Esta orientación no se limita a la acumulación de datos empíricos, sino que implica la búsqueda de las causas profundas y la comprensión sistemática de la realidad.

En la tradición cristiana, el científico católico concibe la ciencia como un camino complementario a la fe. Lejos de oponerse, fe y razón se iluminan mutuamente. La fe amplía el horizonte de la razón al afirmar que el mundo posee una inteligibilidad que remite a un fundamento último, mientras que la razón protege a la fe de reduccionismos subjetivistas. Esta complementariedad permite integrar el rigor metodológico con una visión trascendental de la persona humana.

La vocación científica exige:

  1. Rigor teórico, como compromiso con la coherencia lógica y la fundamentación crítica.
  2. Pensamiento crítico, capaz de superar el mero consenso o la opinión dominante.
  3. Prudencia ética, orientada a evaluar las consecuencias humanas del conocimiento producido.

El amor a la verdad supone, por tanto, una armonía entre saber teórico y saber práctico. No basta conocer; es necesario orientar el conocimiento hacia el bien.


3. La vida intelectual como vocación: profundidad, método y perseverancia

La vida intelectual no puede concebirse como actividad superficial o esporádica. Requiere una decisión existencial que compromete la totalidad de la persona. La vocación intelectual implica profundidad, continuidad y método.

No se improvisa ni depende exclusivamente del talento. Aunque las aptitudes son relevantes, la constancia y la disciplina resultan determinantes. La organización del tiempo, la formación sistemática y la perseverancia en el estudio constituyen hábitos esenciales para el investigador en formación.

Durante los años universitarios se configuran las disposiciones fundamentales que orientarán la vida científica futura. En esta etapa se consolidan:

  • La honestidad intelectual.
  • El respeto por el método.
  • La capacidad de concentración y estudio prolongado.
  • La apertura al diálogo interdisciplinario.

La motivación última reviste especial importancia. Cuando la investigación se orienta por la ambición, el prestigio o la vanidad, se desvía de su fin propio. La tradición humanista sostiene que la verdad sólo se entrega plenamente a quien se entrega a ella con desinterés. La ciencia, en esta perspectiva, es un servicio sagrado: perpetúa la sabiduría acumulada y contribuye al bien común.


4. Ciencia, técnica y responsabilidad moral

Uno de los rasgos característicos de la modernidad avanzada es la tendencia al tecnicismo: la identificación de lo verdadero con lo factible. Bajo esta lógica, la posibilidad técnica se convierte en criterio de legitimidad moral.

Sin embargo, reducir la verdad a la utilidad implica un empobrecimiento epistemológico y antropológico. La técnica, desligada de un marco ético, puede instrumentalizar al ser humano y subordinar la dignidad personal a la eficiencia productiva.

La libertad humana debe responder a la técnica con responsabilidad moral. Los medios no pueden sustituir a los fines. En este sentido, la bioética se configura como un ámbito decisivo de reflexión, especialmente en cuestiones que afectan la vida y la dignidad humanas. El desarrollo científico debe inscribirse en una concepción integral del hombre, evitando cualquier forma de reduccionismo biológico o funcional.

La investigación científica necesita, por tanto, una orientación que vincule verdad y amor, es decir, conocimiento y responsabilidad hacia la persona humana. El progreso auténtico no es meramente técnico, sino humano e integral.


5. El desafío del relativismo y la afirmación de la verdad objetiva

El relativismo contemporáneo sostiene que no existen verdades objetivas universalmente válidas, sino interpretaciones dependientes del sujeto o del consenso social. Esta postura ha sido caracterizada como una “dictadura del relativismo”, en la medida en que excluye del espacio público a quienes sostienen la existencia de verdades permanentes.

La negación de la verdad objetiva tiene consecuencias significativas:

  • Debilita los fundamentos de la justicia.
  • Reduce la ética a decisión mayoritaria.
  • Facilita la manipulación cultural y política.
  • Relega la fe al ámbito puramente subjetivo.

Una sociedad sin referencias comunes a la verdad se vuelve frágil y vulnerable. En este contexto, el científico tiene una responsabilidad especial: defender la racionalidad del mundo y la posibilidad del conocimiento objetivo.

La vinculación entre fe y razón constituye una respuesta a esta crisis. No se trata de imponer creencias, sino de proponer una comprensión de la verdad que respete la libertad y reconozca la capacidad humana para conocer la realidad. La ciencia misma presupone que la verdad existe y puede ser descubierta.


6. La universidad como espacio de formación integral

A la luz de lo expuesto, la universidad debe entenderse como un espacio privilegiado para la formación integral del futuro científico. No sólo transmite contenidos, sino que forma hábitos intelectuales y morales.

El estudio universitario, asumido como preparación vocacional, implica:

  • Formación metodológica rigurosa.
  • Conciencia ética de la investigación.
  • Integración de saberes.
  • Apertura a la dimensión trascendente de la persona.
  • Orientación explícita hacia el servicio del bien común.

El conocimiento producido en la universidad no es propiedad privada, sino bien social. El científico, adecuadamente formado, reconoce su responsabilidad frente a la comunidad y orienta su trabajo hacia la promoción de la dignidad humana.


7. Conclusión

El estudio universitario puede y debe concebirse como preparación para una vida científica entendida como vocación. Esta vocación supone una consagración a la verdad, una integración armónica entre fe y razón, y una responsabilidad ética frente a la sociedad.

En un contexto cultural marcado por el tecnicismo y el relativismo, la figura del científico consagrado a la verdad adquiere especial relevancia. Su tarea no se limita a producir conocimiento, sino que consiste en custodiar la dignidad humana y orientar el progreso hacia el desarrollo integral.

Formar científicos de esta índole constituye una de las misiones más nobles de la universidad. Allí, en el ejercicio disciplinado del estudio y en la apertura sincera a la verdad, comienza el camino de quienes harán de la ciencia no sólo una profesión, sino un servicio a la humanidad.


Homilía. Tercer día de la novena al Divino Rostro. 10 de febrero de 2026.

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”

Estas palabras de Jesús no son una acusación fría; son un lamento. Son el dolor del Hijo que busca corazones y encuentra gestos vacíos, que busca amor y recibe solo apariencia. Y ante este lamento, el Evangelio nos invita hoy a mirar a una Mujer: María. Porque si hay alguien que nunca honró a Dios solo con los labios, sino con todo su ser, es Ella.

María es la respuesta viva a la denuncia de Marcos 7. En Ella no hay separación entre lo exterior y lo interior, entre la palabra y el corazón. Todo en María es verdad, todo es unión, todo es oración. Su vida entera es un sí” pronunciado no solo con la boca, sino con el alma.

Jesús denuncia el formalismo religioso porque sabe que el Padre no busca ritos vacíos, sino corazones que amen. Y María es precisamente ese corazón. Ella no necesitó muchas palabras para orar; su oración fue su disponibilidad total. En Nazaret, en el silencio de la vida oculta, María vivió una oración constante, profunda, fiel, que no se veía, pero que sostenía el designio de Dios sobre el mundo.

Por eso, María es maestra de oración. No nos enseña técnicas, sino una actitud interior: estar ante Dios con el corazón abierto, dócil, receptivo. Orar, como María, no es hablar mucho, sino dejar que Dios actúe. No es imponerle a Dios nuestros planes, sino acoger los suyos con fe, incluso cuando no los comprendemos.

En María vemos con claridad que la oración verdadera nace de la fe. Ella no ve, pero cree. No entiende del todo, pero se abandona. Desde la Anunciación hasta la Cruz, su vida es un camino de fe sostenida por la oración silenciosa. Y es esa fe la que hace de su oración un consuelo permanente para el Corazón de su Hijo.

Porque María no solo ora: repara. Cuando el mundo hiere a Jesús con la indiferencia, con el rechazo, con el pecado, María se mantiene en pie. Al pie de la Cruz, Ella no huye, no protesta, no se rebela. Permanece. Y ese permanecer es la forma más alta de oración. Su silencio es reparación, su fidelidad es consuelo, su amor es respuesta al amor herido de Cristo.

Allí, junto a la Cruz, María ora no con palabras, sino con el ofrecimiento total de su corazón de Madre. Mientras muchos honran a Dios con los labios y lo abandonan con la vida, María honra al Hijo con su presencia fiel. Ella enseña que la oración más profunda no siempre alivia el dolor, pero lo transforma en amor ofrecido.

También en la vida oculta de la Iglesia, María sigue siendo maestra. Nos enseña que la oración no es un refugio para huir del mundo, sino una fuerza para amar mejor en medio de él. Ella nos introduce en la oración mental, en ese estar con Dios sin máscaras, sin prisas, sin formalismos. Nos enseña a mirar a Jesús, a dejarnos mirar por Él, y a consolarlo con una fe sencilla y perseverante.

La oración mariana es siempre cristocéntrica. María no se detiene en sí misma; conduce al Hijo. Ella ora en Cristo, con Cristo y para Cristo. Y así nos enseña que toda oración verdadera pasa por Él, se apoya en Él y se ofrece al Padre por Él. Incluso cuando nuestra oración es pobre, distraída o cansada, María la recoge, la purifica y la presenta al Corazón de Jesús.

En un mundo que sigue honrando a Dios con palabras pero olvidándolo en las obras, María nos enseña la oración reparadora. Nos invita a ofrecer amor donde hay frialdad, fidelidad donde hay ruptura, fe donde hay soberbia. Nos enseña que orar es consolar a Jesús, es acompañarlo en su soledad, es decirle con la vida entera: No estás solo”.

Por eso, acudir a María no nos aleja de la oración cristiana, sino que nos introduce en su forma más pura. Con Ella aprendemos a orar desde el corazón, a vivir en fe, a reparar con amor silencioso. Y así, sostenidos por su intercesión maternal, nuestra oración deja de ser un formalismo más y se convierte en un encuentro vivo, verdadero, que consuela al Corazón de Cristo y glorifica al Padre.

P. Oscar Angel Naef

(Predicado en la Capilla Inmaculada de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires. Almagro. Ciudad Autónoma de Buenos Aires)

Homilía. Domingo V del tiempo ordinario. 8 de febrero de 2026

Hermanos:

El Evangelio que acabamos de escuchar, tomado de Mateo (5, 13-16), nos sitúa inmediatamente después de las bienaventuranzas y nos ayuda a comprender su consecuencia más profunda. Jesús nos dice: Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. No es una invitación opcional ni una tarea reservada a unos pocos. Es la revelación de lo que somos por haber acogido su llamada y su modo de vivir.

Cuando Jesús habla de la sal, nos recuerda algo muy sencillo y a la vez muy exigente. La sal no se nota a primera vista, pero es capaz de preservar, de dar sabor, de evitar la corrupción. Así también el cristiano está llamado a custodiar la vida y la historia del desgaste que produce el pecado y el sinsentido. Ser sal significa vivir de tal manera que la realidad recupere su sabor humano y espiritual, que la convivencia se sostenga en la fidelidad, en la justicia y en el amor. Pero Jesús nos advierte con claridad: si la sal pierde su fuerza, ya no sirve. Cuando el discípulo se deja arrastrar por criterios contrarios al Evangelio y abandona el espíritu de las bienaventuranzas, pierde su identidad y se vuelve irrelevante.

Luego Jesús nos habla de la luz. La luz, en la Biblia, es signo de la presencia de Dios, de la verdad que orienta, de la vida que vence a las tinieblas. Por eso dice que una ciudad puesta en lo alto no puede ocultarse. La fe no puede quedar encerrada en el ámbito privado ni reducida a una experiencia íntima. Cuando es auténtica, necesariamente se hace visible. No para buscar prestigio ni reconocimiento, sino para que, a través de las buenas obras, otros descubran la acción de Dios y glorifiquen al Padre.

Aquí está el corazón del mensaje: la misión no nace del esfuerzo humano, sino de la identidad recibida. Jesús no dice deberían ser”, sino son”. Somos sal y luz en la medida en que permanecemos en la lógica del Reino. Por eso, la fe que no se traduce en compromiso se apaga, y la acción que no brota de la gracia pierde su sentido. Solo la coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos permite que la sal conserve su sabor y que la luz ilumine de verdad.

Este Evangelio nos invita, finalmente, a una espiritualidad encarnada. Vivir las bienaventuranzas no es refugiarse en una perfección privada, sino asumir un compromiso real con la historia, con sus heridas y sus esperanzas. Ser sal de la tierra y luz del mundo es nuestra vocación común: hacer visible, en la vida cotidiana, la fidelidad y la misericordia de Dios, para que el mundo encuentre en Cristo su verdadero sentido.

Como sólo no podemos le pedimos a la Virgen del Huerto: enséñanos a permanecer con Cristo cuando la fe se vuelve exigente, a no perder el sabor del Evangelio en medio del cansancio o del miedo, y a dejar que la luz de tu Hijo brille en nosotros incluso en la noche.

Tú que guardaste la esperanza cuando todo parecía oscuro, ayúdanos a vivir las bienaventuranzas con coherencia, a ser sal que conserve la vida y luz que oriente a nuestros hermanos, no para nuestra gloria, sino para que el Padre sea conocido y amado.

Nuestra Señora del Huerto, acompaña a esta comunidad en su caminar, fortalece nuestro compromiso con el Reino y condúcenos siempre hacia Cristo, luz del mundo y Señor de la historia. Amén.

Pbro. Oscar Angel Naef

lunes, 2 de febrero de 2026

Homilía en la Misa pidiendo por la pronta glorificación de la Madre Eufrasia Iaconis. Almagro CABA. Lunes IV del tiempo ordinario. Fiesta de la Presentación del Señor. 2 de febrero de 2026

Queridos hermanos,

La escena de la Presentación del Señor en el Templo (Lc 2,22-40) nos introduce en un misterio profundamente luminoso y, al mismo tiempo, atravesado por la sombra de la cruz. En ella se unen la alegría de la encarnación y el anuncio del sacrificio, revelando que desde el inicio la vida de Jesús es una entrega total al designio del Padre. Este misterio, vivido en la sencillez y el silencio, encuentra un reflejo concreto en la vida de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, quien hizo de su existencia una ofrenda constante, al modo de la Santísima Virgen María.

La obediencia silenciosa de María y José expresa una confianza plena en la voluntad divina. Presentan a su Hijo no como posesión, sino como don recibido y devuelto a Dios. En esta actitud mariana se inscribe también la vida de la Madre Eufrasia: una obediencia humilde, cotidiana y perseverante, que no buscó protagonismos, sino la fidelidad al querer de Dios aun cuando este se manifestaba en la cruz, la incomprensión o el sufrimiento. Como María, supo decir sí” en lo pequeño y en lo oculto.

Simeón y Ana encarnan la espera fiel de Israel, una fe paciente que reconoce la acción de Dios en la fragilidad. Su testimonio se prolonga en aquellas almas que, como la Venerable Madre Eufrasia, viven ancladas en la oración y la confianza, aguardando en silencio el cumplimiento de las promesas. Simeón proclama a Jesús como luz para las naciones, pero anuncia también la espada que atravesará el alma de María, recordándonos que consuelo y sacrificio son inseparables. Esta tensión fue asumida por la Madre Eufrasia como camino de santificación y de unión profunda con Cristo.

Desde esta perspectiva, la Presentación se vincula con la Ciencia de la Cruz”: desde su infancia, Jesús se entrega por amor y abraza el destino redentor que el Padre le confía. Del mismo modo, la vida de la Venerable Madre Eufrasia puede leerse como una prolongación de esta ofrenda, una existencia marcada por la aceptación amorosa de la voluntad divina, donde el sufrimiento no fue evitado, sino transformado en entrega fecunda.

El pasaje evangélico invita a comprender la vida cristiana como una ofrenda en el Espíritu. Así como Jesús es presentado en el Templo, y María lo ofrece en silencio, cada creyente está llamado a entregarse con confianza total. La Madre Eufrasia vivió esta verdad haciendo de su vida una oblación continua, iluminada por una fe sencilla y profunda. La luz que Simeón contempla se convierte así en guía para la vida diaria: una luz que conduce al silencio interior, a la contemplación del misterio encarnado y a la obediencia amorosa.

De este modo, la Presentación del Señor se transforma en una lección espiritual sobre la vida como entrega constante al Amado. En María y en la Venerable Madre Eufrasia Iaconis descubrimos un modelo concreto de confianza total y obediencia silenciosa, que enseña que la santidad se forja en la fidelidad cotidiana y en la donación plena de la propia vida a Dios. 

domingo, 1 de febrero de 2026

Homilía. Domingo IV del tiempo ordinario. 1 de febrero de 2026

Queridos hermanos:

El Evangelio de Mateo 5,1-12a nos introduce en el corazón del mensaje de Jesús: las Bienaventuranzas. No son un simple código moral ni una lista de ideales inalcanzables. Son una revelación. En ellas, Jesús nos muestra su propio rostro y nos revela cómo actúa el Reino de Dios cuando irrumpe en la historia.

Jesús sube al monte y se sienta. Como nuevo Moisés, proclama la Ley definitiva. Pero esta Ley ya no está escrita en piedra, sino encarnada en su propia vida. No se trata de cumplir normas externas, sino de dejar que el corazón se configure con el corazón de Cristo.

Por eso podemos decir que Cristo mismo es la Bienaventuranza. En cada una de ellas aparece quién es Él: pobre de espíritu, totalmente confiado en el Padre; manso y humilde; solidario con el dolor del mundo; hambriento de justicia; misericordioso; limpio de corazón; pacificador; perseguido por causa del Reino. Las Bienaventuranzas no describen solo lo que el discípulo debe hacer, sino quién es Jesús.

La verdadera felicidad que Él promete no es superficial ni evasiva. No consiste en poseer algo, sino en estar en comunión con Él. La recompensa es Él mismo: de ellos es el Reino de los cielos”. Es una alegría que pasa por la cruz y se abre a la resurrección.

Este mensaje es profundamente provocador. Jesús invierte la lógica del mundo. Donde el mundo exalta la riqueza, el poder y el éxito, Él proclama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a los mansos y a los perseguidos. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque Dios ha elegido revelarse y actuar precisamente en un mundo herido.

La primera bienaventuranza es la puerta de entrada a todas las demás: ser pobre de espíritu. No es huir del mundo, sino vivir una desapropiación radical, una confianza total en Dios que se traduce en opciones concretas. Es no absolutizar nada que no sea Dios. Solo un corazón vacío puede ser llenado por Él.

De esta pobreza brota una nueva manera de vivir: mansedumbre frente a la violencia, compasión frente al dolor ajeno, hambre de justicia frente a la resignación, misericordia frente al juicio, paz frente al conflicto, fidelidad incluso en la persecución.

Las Bienaventuranzas describen así el camino de la santidad. No son solo virtudes humanas, sino una vida sostenida por los dones del Espíritu Santo, que va modelando al creyente según el rostro de Cristo. La perfección evangélica no consiste en huir del mundo, sino en habitarlo desde el Evangelio, transformándolo desde dentro.

Vividas en profundidad, conducen inevitablemente a la cruz. Jesús recorrió este camino, y quien lo sigue descubre que el sufrimiento asumido por amor no es derrota, sino lugar de comunión con Dios y fuente de esperanza.

Finalmente, las Bienaventuranzas exigen una opción. No basta admirarlas: hay que elegirlas. Elegir estar con los pobres, con los que lloran, con los que trabajan por la paz. Allí es donde Dios se revela como el Dios vivo.

Así, Mateo 5,1-12a no es solo un texto para ser meditado, sino una vida para ser vivida: el retrato de Cristo, el camino del discípulo y la forma concreta del Reino de Dios en medio del mundo. 

Pidamos a Nuestra Madre del Cielo que fue siempre fiel, para que interceda por nosotros en nuestro camino de fidelidad a las Bienaventuranzas. Amén

P. Oscar Angel Naef