Queridos hermanos:
El Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro intentando ir hacia Él. Pero este relato no es solamente la narración de un hecho extraordinario. También contiene una profunda enseñanza sobre nuestra vida espiritual: la oración, la fe, las pruebas, la gracia y el camino que estamos llamados a recorrer hacia la unión con Dios.
Después de la multiplicación de los panes, Jesús se retira solo al monte para orar. Mientras los discípulos permanecen en la barca, Él busca la intimidad con el Padre. Este detalle nos muestra que la fuerza de Jesús nace de su profunda comunión con Dios. También nosotros necesitamos momentos de silencio y oración para escuchar al Señor y permitir que su gracia transforme nuestro corazón.
Mientras Jesús ora, la barca comienza a ser zarandeada por las olas. La barca puede representar a la comunidad cristiana y también nuestra propia vida. Todos atravesamos momentos de tormenta: dificultades, incertidumbres, sufrimientos, miedos y situaciones en las que sentimos que remamos sin avanzar.
Pero Jesús no ha abandonado a sus discípulos. En medio de la noche se acerca a ellos y les dice: «Soy yo, no tengan miedo».
Estas palabras son también para nosotros. El silencio de Dios no significa ausencia de Dios. Muchas veces no lo vemos, pero Él permanece cerca.
Entonces Pedro le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Y Jesús responde: «Ven».
Esta invitación puede entenderse como una imagen del camino espiritual. Pedro sale de la seguridad de la barca y comienza a caminar confiando en la palabra de Jesús. Así también comienza nuestra vida cristiana: Dios nos llama y nosotros respondemos dando un paso de fe.
El camino espiritual es un proceso dinámico de crecimiento en la gracia. En el Bautismo recibimos la gracia bautismal, germen de la vida eterna y principio de nuestra transformación interior. Esa vida está llamada a crecer hasta conducirnos a una unión cada vez más profunda con Dios.
En este camino crecen en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, las virtudes teologales que nos permiten vivir unidos a Dios. Y los dones del Espíritu Santo nos ayudan a dejarnos conducir cada vez más por su acción.
Pero este camino no está libre de dificultades. Pedro puede caminar mientras mantiene la mirada en Jesús. Cuando comienza a mirar el viento y las olas, aparece el miedo y comienza a hundirse.
También nosotros podemos perder la paz cuando dejamos de mirar a Cristo y fijamos nuestra atención únicamente en nuestros problemas. La fe no significa ausencia de tormentas, sino aprender a confiar en Dios en medio de ellas.
Aquí aparece el lugar de la cruz. Las pruebas y los sufrimientos, cuando son aceptados con amor y vividos unidos a Cristo, pueden purificar nuestro egoísmo, desprendernos de la necesidad de controlarlo todo y hacernos más semejantes a Jesús. La tormenta puede convertirse así en una ocasión de crecimiento espiritual.
Pedro representa nuestra propia experiencia. Tiene fe, pero su fe todavía es débil. Se atreve a salir de la barca, pero después tiene miedo. Y cuando comienza a hundirse, no intenta salvarse por sí mismo. Grita: «¡Señor, sálvame!»
Entonces Jesús extiende inmediatamente su mano y lo sostiene.
Esta mano tendida de Cristo es una imagen de la gracia. No podemos alcanzar la santidad únicamente con nuestras fuerzas. Necesitamos dejarnos sostener, sanar y transformar por Dios. La vida espiritual es una cooperación entre la gracia de Dios y nuestra respuesta.
Por eso, el camino que comienza con la gracia bautismal, que crece mediante la fe, la esperanza y la caridad y que es purificado por la cruz, tiene una meta: la unión profunda con Dios.
Este Evangelio nos invita hoy a mirar nuestra propia barca y nuestras propias tormentas. Tal vez estamos atravesando una noche difícil. Tal vez sentimos que nuestras fuerzas disminuyen. Pero Jesús se acerca y nos dice:
«Soy yo, no tengan miedo».
Y también nos dice:
«Ven».
Ven y confía. Camina aunque no controles todo. No pongas tu mirada solamente en las olas. Mira hacia mí.
Y si alguna vez comienzas a hundirte, no tengas miedo de gritar:
«¡Señor, sálvame!»
Porque la mano de Cristo está más cerca de lo que pensamos.
Nuestra vida espiritual es un camino de gracia: comienza con el don de Dios, crece mediante la fe, la esperanza y la caridad, es purificada por la cruz y conduce hacia la unión con Él.
Por eso, cuando llegue la noche y nuestra barca sea sacudida por las olas, recordemos que no estamos solos.
El Señor está presente. Él nos llama a caminar hacia Él y su mano nos sostiene hasta llegar a la plenitud de la vida en Dios.




