martes, 3 de noviembre de 2026

Misa pidiendo por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis. Conmemoración de todos los fieles difuntos. 2 de noviembre de 2026. Evangelio: Juan 6, 37-40

Queridos hermanos,

La Conmemoración de todos los fieles difuntos nos sitúa ante uno de los grandes misterios de nuestra existencia: la muerte. No como una realidad que simplemente interrumpe la vida, ni como un destino que clausura definitivamente nuestra historia, sino como el último paso de nuestra peregrinación hacia Dios.

El Evangelio de Juan nos ofrece hoy una palabra que ilumina profundamente este misterio. Jesús afirma: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré» (Jn 6, 37). En esta afirmación encontramos una de las certezas más consoladoras de nuestra fe: el hombre que acude a Cristo es recibido sin condiciones, acogido en su fragilidad, en su historia, en sus búsquedas y también en sus heridas. Nadie que se acerque a Él queda fuera de su amor.

Y es precisamente desde esta acogida incondicional donde podemos comprender el sentido cristiano de la muerte. Porque, de algún modo, saber vivir significa también saber morir. No se trata de aprender a resignarnos ante el final, sino de aprender a vivir cada día en una entrega confiada, hasta hacer de toda nuestra existencia una ofrenda al Padre.

La fe cristiana no es una esperanza abstracta de supervivencia del alma después de la muerte. Es mucho más: es la certeza de que la persona entera, con su identidad, su historia, sus vínculos, sus amores y todo aquello que ha construido desde la gracia, está llamada a permanecer en Dios. Nuestra vida no cae en el olvido. Cada existencia es preciosa para Él y ninguna historia de amor vivida en Cristo se pierde.

Por eso Jesús no dice solamente que quienes creen en Él tendrán vida eterna, sino que añade una promesa concreta: «Yo lo resucitaré en el último día». La esperanza cristiana tiene un horizonte definitivo: la resurrección de los cuerpos, la redención de toda la persona y la comunión plena con Dios. No esperamos simplemente continuar existiendo: esperamos ser resucitados por Cristo.

1. La muerte como compañera de camino, velo y paso hacia Dios

A lo largo de la tradición espiritual cristiana, la comprensión de la muerte ha adquirido distintas imágenes que, lejos de contradecirse, nos permiten contemplar diferentes dimensiones de un mismo misterio.

En una primera mirada, la muerte fue contemplada como compañera de camino, como una realidad que acompaña la existencia humana y cuyo tiempo pertenece al designio de Dios. Esta perspectiva, que reconoce nuestra condición de peregrinos, no pretende glorificar la muerte, sino ayudarnos a asumir nuestra condición de criaturas. El hombre no es dueño absoluto de su tiempo: camina hacia una plenitud que no puede darse a sí mismo.

Esta conciencia puede convertirse en una experiencia profundamente positiva, porque nos recuerda que nuestra vida tiene una dirección y un destino. Somos peregrinos llamados a vivir en comunión con Dios. La muerte, entonces, nos recuerda que no hemos sido creados para permanecer indefinidamente en este mundo, sino para alcanzar la plenitud de nuestra vocación.

Más adelante, especialmente en la espiritualidad carmelitana, la muerte fue contemplada como un velo que se corre. Esta imagen expresa una intuición mística muy profunda: aquello que durante la vida se experimenta en la fe, en la oscuridad, en la búsqueda y en el deseo, alcanza con la muerte su plenitud en la comunión con Dios. El velo no destruye la relación, sino que permite contemplar cara a cara a Aquel a quien hemos amado y buscado.

La muerte no es, desde esta perspectiva, el comienzo de una relación nueva con Dios, sino la consumación de una relación que ha ido creciendo a lo largo de toda la existencia.

En esta misma línea podemos recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien contempló la muerte como el último paso humano-divino que nos toca dar en esta vida: un paso que, vivido en Cristo, no significa separarnos de Dios, sino continuar unidos a Él en la eternidad. Es el paso de la fe a la visión, de la esperanza a la posesión, del amor vivido en el tiempo al amor plenamente realizado.

Así, la muerte cristiana no puede comprenderse separada del misterio pascual. Morir es entrar con el Hijo en su entrega al Padre. Es confiar nuestra existencia a Aquel que ha atravesado la muerte y la ha vencido. Es participar, desde nuestra condición humana, de esa relación filial de entrega, confianza y amor que Jesús vive eternamente con el Padre.

Cada experiencia de muerte que atravesamos a lo largo de nuestra vida puede convertirse, entonces, en una oportunidad para entrar más profundamente en esta dinámica pascual: morir a aquello que nos retiene, desprendernos de nuestras seguridades, aceptar los límites, entregar lo que amamos y confiar en que Dios puede hacer brotar vida allí donde nosotros solo vemos pérdida.

2. Madre Eufrasia Iaconis: una biografía marcada por la Pascua

Esta perspectiva teológica y espiritual encuentra una expresión particularmente elocuente en la vida de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

Su itinerario no estuvo exento de experiencias de muerte. Por el contrario, su historia estuvo marcada por sucesivas rupturas, desprendimientos, pérdidas y comienzos. Sin embargo, en cada una de ellas podemos descubrir una mujer que aprendió a vivir desde la comunión con Jesús, haciendo de cada dificultad una oportunidad para renovar su entrega.

Su primera gran experiencia de muerte fue dejar su tierra. Abandonar Italia para venir a la Argentina significó desprenderse de sus raíces, de sus afectos, de lo conocido y familiar. Llegar a Buenos Aires implicó comenzar nuevamente, en una cultura distinta, con otro idioma y en medio de circunstancias que exigían una profunda disponibilidad interior.

Dejar la propia tierra es, de algún modo, aceptar morir a una parte de uno mismo para que pueda nacer algo nuevo. Madre Eufrasia hizo de ese desprendimiento una respuesta de amor. No llegó simplemente para establecer una obra, sino para entregar su vida a una misión que comprendía como voluntad de Dios.

También tuvo que experimentar la muerte de aquello que había constituido su pertenencia congregacional. El cierre de la congregación a la que pertenecía por disposición de la Santa Sede significó una ruptura dolorosa. Podría haber sido el final de su camino, la desaparición de una obra y de un proyecto al que había entregado su existencia.

Sin embargo, en medio de aquella experiencia de despojo, se abrió paso una nueva inspiración. Allí donde humanamente parecía no haber continuidad, Dios hizo nacer una posibilidad: fundar una nueva congregación.

La fundación no fue un camino triunfal ni estuvo exenta de incertidumbres. Fue un itinerario sembrado de dificultades, de decisiones complejas y de situaciones que exigieron perseverancia. Pero precisamente allí se manifestó la fecundidad de una vida entregada: cuando todo parecía morir, la confianza en Dios permitía volver a comenzar.

También su regreso a Italia para abrir un noviciado fue una nueva experiencia de desprendimiento. Desde allí continuó alentando la obra en Argentina, sosteniendo a sus hijas espirituales y manteniendo vivo el impulso misionero. La distancia física no significó ausencia, porque la comunión verdadera no se mide por la cercanía geográfica, sino por la permanencia en el amor.

Más tarde regresó para formalizar la fundación, procurando dar estabilidad y reconocimiento a la obra naciente. Tampoco entonces desaparecieron las dificultades. Su existencia estuvo atravesada por obstáculos que parecían multiplicarse, pero su respuesta fue seguir adelante, sosteniendo aquello que había recibido como misión.

En todas estas experiencias podemos reconocer una constante: Madre Eufrasia fue aprendiendo a morir a sus propios proyectos, a sus seguridades y a sus expectativas, para permanecer disponible a la voluntad de Dios.

No se trata de idealizar el sufrimiento ni de afirmar que toda pérdida sea buena en sí misma. Se trata de reconocer que una vida unida a Cristo puede atravesar las pérdidas sin quedar definida por ellas. La gracia transforma el despojo en disponibilidad, la incertidumbre en confianza y la dificultad en una nueva posibilidad de entrega.

3. El Pirovano: el último despojo y la consumación de una vida entregada

Quizás una de las experiencias más significativas de este itinerario pascual fue la enfermedad que condujo a Madre Eufrasia hacia el final de su vida.

Después de tantos años de entrega, de viajes, de fundaciones, de luchas y de preocupaciones por sus hijas espirituales, llegó el tiempo de la fragilidad física. Aquella mujer que había sostenido tantas obras y acompañado tantas vidas tuvo que experimentar ahora su propia vulnerabilidad.

Su enfermedad, el sufrimiento y la internación en el Hospital Pirovano constituyeron el último escenario de su peregrinación terrena.

Hay aquí un signo de particular profundidad espiritual: el hospital donde fue internada era precisamente un lugar en el que ella había fundado una comunidad.

El espacio de su misión se convirtió también en el espacio de su sufrimiento. El lugar donde había procurado llevar el consuelo de Dios a otros se transformó en el lugar donde ella misma debió vivir la experiencia de necesitar cuidado, atención y compañía.

Podemos contemplar este momento como el último despojo de una mujer que había hecho de su existencia una entrega. Aquella que había dejado su tierra, su idioma, su primera pertenencia congregacional y tantas seguridades, ahora debía entregar también su propia salud y sus fuerzas.

Pero la muerte, para quien vive en Cristo, no es una derrota definitiva. Es el momento en que la entrega alcanza su expresión última. Es el paso en el que toda la existencia queda confiada al Padre, siguiendo el camino del Hijo.

Madre Eufrasia había vivido muchas muertes y muchos renacimientos. Su última enfermedad no fue una experiencia ajena a su espiritualidad, sino la culminación de un camino en el que había aprendido a permanecer en Jesús.

Podemos contemplarla como una mujer santa que, habiendo buscado la voluntad de Dios en cada etapa de su existencia, llegó finalmente al umbral de la eternidad. Allí donde ya no era posible seguir trabajando, fundando o viajando, quedaba lo esencial: permanecer en el amor de Cristo.

Su vida nos invita a imaginarla participando ya de la comunión de los santos, en la esperanza de aquella plenitud que la Iglesia proclama para todos los fieles difuntos: la resurrección de los cuerpos y la participación definitiva en el banquete del Reino.

4. «Que no pierda nada de lo que Él me dio»: la memoria de Dios y la glorificación de los santos

Hay una expresión del Evangelio de hoy que adquiere una resonancia especial cuando pensamos en Madre Eufrasia. Jesús afirma que la voluntad del Padre es que no pierda nada de lo que le ha dado, sino que lo resucite en el último día (cf. Jn 6, 39).

Esta palabra nos permite contemplar la vida de los santos desde una perspectiva profundamente esperanzadora. Dios no pierde nada de aquello que se ha entregado a Él por amor. No se pierden los esfuerzos silenciosos, las renuncias escondidas, las lágrimas derramadas, las obras realizadas en medio de la incertidumbre ni las semillas sembradas sin llegar a contemplar sus frutos.

La vida de Madre Eufrasia es una historia que Dios no ha olvidado. Su obra, su entrega y su fidelidad continúan hablando a la Iglesia. Su testimonio permanece vivo en sus hijas espirituales y en todos aquellos que descubren, a través de su camino, la fuerza de una existencia configurada con Cristo.

Por eso, en esta celebración de los fieles difuntos, al mismo tiempo que elevamos nuestra oración por todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe, pedimos especialmente por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

No lo hacemos solamente para que su figura sea reconocida, sino para que su testimonio pueda iluminar con mayor fuerza la vida de la Iglesia y alentar a quienes hoy continúan su misión.

La glorificación de los santos no es simplemente el reconocimiento de una vida extraordinaria. Es también la proclamación de que la gracia de Dios puede transformar una existencia humana y hacerla signo de su presencia en el mundo.

En este sentido, pedir por la pronta glorificación de Madre Eufrasia significa pedir que la Iglesia pueda reconocer públicamente la fecundidad de una vida que se dejó conducir por el Señor, una mujer que supo atravesar las muertes de la existencia sin abandonar la confianza en Aquel que es la Vida.

5. Una invitación para nuestra propia peregrinación

La celebración de hoy no nos invita únicamente a mirar hacia quienes han partido. Nos invita también a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra propia existencia.

Porque todos conocemos experiencias de muerte: dejar algo que amamos, abandonar una tierra, aceptar una separación, atravesar una enfermedad, experimentar el fracaso de un proyecto, perder seguridades o descubrir que nuestras fuerzas ya no son las mismas.

A veces queremos evitar toda experiencia de despojo. Sin embargo, el Evangelio nos enseña que la vida verdadera no consiste en aferrarnos a todo, sino en aprender a entregar todo en las manos del Padre.

La vida de Madre Eufrasia nos recuerda que no hay que temer los comienzos difíciles, que una obra de Dios puede renacer incluso después de una pérdida y que la fidelidad no consiste en tener siempre el camino despejado, sino en permanecer unidos a Jesús cuando el camino se vuelve oscuro.

En este día, el Señor vuelve a decirnos: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré».

Esta es nuestra seguridad. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Alguien. Nuestra existencia tiene un destino de comunión. Y cada día, cada entrega y cada acto de amor, vivido en Cristo, nos prepara para ese encuentro definitivo.

La muerte será el último paso de nuestra peregrinación, pero no tendrá la última palabra. La última palabra pertenece a Cristo, que ha vencido la muerte y nos promete resucitarnos en el último día. Amén.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Homilía. Solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre de 2026. Reflexión a partir de 1 Juan 3, 1-3

Queridos hermanos,

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar el misterio de la santidad de Dios y su proyecto de amor para toda la humanidad. La Primera Carta de San Juan (3, 1-3) nos ofrece la clave para comprender esta celebración: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!». En estas palabras encontramos el fundamento de nuestra vocación a la santidad.

1. Solo Dios es Santo

La santidad pertenece, ante todo, a Dios. Él es el Santo, la fuente de toda vida y de todo amor. Su santidad no es simplemente una perfección moral, sino la plenitud de su ser, su amor absoluto y su fidelidad sin límites. Nosotros no somos santos por nuestras propias fuerzas ni por nuestros méritos, sino porque Dios, en su infinita bondad, nos comunica su vida y nos hace partícipes de su santidad.

Por eso, la santidad comienza siempre en Dios y es, ante todo, un don de su gracia. Antes de cualquier esfuerzo humano está la iniciativa amorosa del Padre, que nos busca, nos llama y nos invita a vivir en comunión con Él.

2. Por el Bautismo somos llamados a participar de la santidad

San Juan nos recuerda que el amor del Padre ha llegado a nosotros hasta hacernos hijos suyos: «Ahora somos hijos de Dios». Esta es nuestra dignidad más profunda y el gran don que hemos recibido por el Bautismo. Incorporados a Cristo, hemos nacido a una vida nueva y hemos sido hechos hijos de Dios por la gracia.

Por tanto, la santidad no es una vocación reservada a unos pocos ni un ideal imposible para personas extraordinarias. Es la llamada universal que nace de nuestro Bautismo. Ser santos significa dejar crecer en nosotros esa vida divina, permitir que el amor de Dios transforme nuestra manera de pensar, sentir, decidir y relacionarnos. Es vivir como hijos, reflejando en nuestra vida los sentimientos y las actitudes de Jesucristo.

Los santos que hoy celebramos son testimonio de que esta vocación puede realizarse en cualquier época, cultura y condición de vida. Ellos acogieron la gracia de Dios y permitieron que diera fruto en su existencia cotidiana.

3. Santidad, comunión y esperanza

San Juan añade una afirmación llena de esperanza: «Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Nuestra filiación divina ya es una realidad, pero todavía esperamos su plenitud. Caminamos en medio de las dificultades y limitaciones de la vida, sostenidos por la promesa de participar definitivamente de la vida de Dios.

Esta esperanza nos recuerda que no caminamos solos. Formamos parte de la comunión de los santos: una única Iglesia, unida en Cristo, que comprende a quienes peregrinamos en la tierra y a quienes ya contemplan la gloria de Dios. Los santos son nuestros hermanos, que nos acompañan con su ejemplo e intercesión y nos animan a permanecer fieles al Evangelio.

Pero esta esperanza no nos aleja de la realidad presente. Al contrario, san Juan concluye: «Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica, porque él es puro». Esperar encontrarnos con Dios significa comenzar a vivir desde ahora según su amor: perdonando, sirviendo, compartiendo, practicando la justicia y permaneciendo fieles en las pruebas. La santidad se construye también en los gestos sencillos y cotidianos de cada día.

4. Celebrar Todos los Santos

Celebrar la solemnidad de Todos los Santos es reconocer y agradecer la obra de Dios en sus hijos. Es contemplar en ellos la meta a la que todos estamos llamados y renovar nuestra esperanza de alcanzar la plenitud de la vida divina.

Hoy no solamente recordamos a quienes llegaron a la gloria del cielo; también celebramos nuestra propia vocación. Esta fiesta nos invita a preguntarnos: ¿vivimos como verdaderos hijos de Dios? ¿Dejamos que la gracia del Bautismo transforme nuestra vida? ¿Nuestra esperanza en la eternidad se manifiesta en el amor y el servicio a los demás?

La santidad no es una carga ni un camino reservado a unos pocos. Es el camino de la verdadera felicidad, porque consiste en vivir unidos a Dios, que nos ama y nos ha creado para participar de su vida.

Que la multitud de santos que hoy celebramos nos anime a caminar con alegría y fidelidad, confiando en que Dios llevará a plenitud la obra que ha comenzado en nosotros.

Recordemos siempre las palabras de san Juan: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!».

Esta es nuestra identidad, el don recibido en el Bautismo, nuestra esperanza y el fundamento de nuestra llamada a la santidad.

Amén.

sábado, 31 de octubre de 2026

Homilía. Lunes de la semana XXX durante el año.Novena de San Martín de Porres. 26 de octubre de 2026. Evangelio: Lucas 13, 10-17

Queridos hermanos:

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Jesús curando en sábado a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada. Jesús la ve, la llama y la libera, devolviéndole la dignidad y la alegría de glorificar a Dios. Sin embargo, el jefe de la sinagoga se indigna porque considera que aquella curación no debía realizarse en sábado. Frente a esta actitud, Jesús nos revela que la voluntad de Dios se manifiesta en la misericordia, en la liberación de quienes sufren y en el amor que devuelve la vida.

Este encuentro revela que la verdadera paz nace de sabernos amados por Dios y de permitir que Cristo transforme nuestra manera de vivir. Quien experimenta su amor aprende a mirar a los demás con compasión, a perdonar las ofensas y a buscar el diálogo en lugar de la confrontación. Así, la paz se convierte en una forma de vivir que nos impulsa a construir relaciones más humanas y fraternas.

La mujer encorvada representa a tantos hombres y mujeres que hoy viven agobiados por el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la exclusión. Como Jesús, estamos llamados a acercarnos a ellos para devolverles la esperanza y la dignidad. Así, la paz deja de ser solamente un deseo y se convierte en una tarea concreta en nuestras familias, comunidades y sociedad.

El Evangelio también nos recuerda que la verdadera fidelidad a Dios no puede separarse de la misericordia. Jesús muestra que la ley encuentra su sentido cuando está al servicio de la vida. También nosotros podemos caer en el error de defender nuestras costumbres y prácticas religiosas mientras olvidamos las necesidades de nuestros hermanos. La auténtica relación con Dios nos hace más sensibles al dolor ajeno y nos compromete a construir una convivencia fundada en la justicia, el respeto y el amor.

Desde el encuentro con Cristo comprendemos, además, que nuestra unidad nace de reconocernos hijos de un mismo Padre. No estamos unidos solamente por compartir una fe o pertenecer a una comunidad, sino porque hemos recibido el amor de Dios y estamos llamados a compartirlo. Esta fraternidad debe superar nuestras divisiones y extenderse a toda la humanidad, sin distinciones.

Esta vocación a la fraternidad se hace realidad mediante la caridad, que expresa concretamente el amor recibido de Dios. No basta con rezar por la paz si alimentamos las divisiones, ni con proclamar la fraternidad si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento. Nuestra fe se hace creíble cuando acogemos, acompañamos, perdonamos y servimos, especialmente a quienes más necesitan de nuestra solidaridad. Así, la Iglesia se convierte en signo de esperanza y anuncia que es posible sanar las heridas y caminar juntos hacia una sociedad más justa y reconciliada.

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de encontrarnos cada día más profundamente con Él, para que su paz habite en nuestros corazones y oriente nuestras decisiones. Que nos enseñe a reconocernos como hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros, y que, mediante la caridad, sepamos levantar a quienes sufren, reconciliar a quienes están enfrentados y construir comunidades donde todos encuentren acogida, dignidad y esperanza.

Que el Señor nos convierta en instrumentos de su paz y nos ayude a caminar unidos hacia una vida más justa, fraterna y reconciliada. Amén.

domingo, 25 de octubre de 2026

Homilía. Domingo XXX del tiempo ordinario. 25 de octubre de 2026. Mateo 22, 34-40

Queridos hermanos,

En Mateo 22, 34-40, Jesús presenta el núcleo de toda la vida cristiana al resumir la Ley y los Profetas en el doble mandamiento del amor: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Frente a la multiplicidad de preceptos de la tradición judía, Jesús revela el principio que los unifica y les otorga su verdadero sentido. El amor no es simplemente una norma moral entre otras, sino el fundamento de la relación con Dios, de la convivencia humana y de la transformación integral de la persona. En esta propuesta se encuentra el camino para hacer visible al hombre nuevo, aquel que, renovado por el amor de Dios, aprende a vivir desde la lógica de Cristo.

Jesús no presenta dos amores separados, sino un único movimiento que nace de Dios y se proyecta hacia los demás. El amor a Dios se hace auténtico en el amor al prójimo, mientras que el amor al prójimo encuentra en Dios su fuente y su plenitud. No se puede pretender una unión profunda con Dios permaneciendo indiferente ante el sufrimiento humano, ni reducir el amor a una simple acción filantrópica desvinculada de su fundamento trascendente. Ambos mandamientos se reclaman mutuamente y expresan la unidad de la existencia cristiana: la comunión con Dios transforma la manera de mirar, valorar y tratar a cada persona.

Esta transformación comienza con la experiencia de saberse amado por Dios. El cristiano no ama porque una obligación externa se lo imponga, sino porque ha sido alcanzado primero por un amor gratuito, misericordioso y creador. En Jesucristo, Dios sale al encuentro de la humanidad, asume nuestra condición y abre para nosotros la posibilidad de una vida nueva. La gracia no anula lo humano, sino que lo sana, lo eleva y lo conduce a su plenitud. Por eso, la propuesta de Jesús va más allá de un proyecto secular de humanización entendido únicamente como mejora de las condiciones de vida o desarrollo de las capacidades humanas. Sin negar el valor indispensable de estos esfuerzos, el Evangelio propone una divinización humanizante: el ser humano es llamado a participar de la vida de Dios y, precisamente por ello, a realizar plenamente su vocación humana.

La divinización no significa dejar de ser humanos ni escapar de la historia, sino ser transformados por la gracia para vivir a imagen de Cristo. Cuanto más se abre la persona al amor de Dios, más capaz se vuelve de amar, perdonar, servir y reconocer la dignidad de los demás. El hombre nuevo no es alguien que desprecia su condición humana, sino aquel que permite que el Espíritu renueve su corazón y sus relaciones. En él, la grandeza de lo humano se manifiesta en la capacidad de entregarse, de construir comunión y de buscar el bien del otro. La santidad, así entendida, no aleja del mundo: impulsa a comprometerse con él desde una libertad interior renovada por el amor.

Esta novedad se hace visible en la mirada de Cristo. Mirar al prójimo con sus ojos significa reconocer en cada persona una dignidad que precede a cualquier mérito, condición social o circunstancia. El otro no es un instrumento, un adversario ni alguien definido exclusivamente por sus necesidades, sino una persona amada por Dios y llamada a la plenitud de la vida. Por eso, la caridad no se limita a ofrecer bienes materiales o respuestas inmediatas; incluye la escucha, el respeto, la cercanía y la capacidad de devolver al otro la conciencia de su valor. Allí donde una persona es acogida, recupera la esperanza o encuentra oportunidades para vivir con dignidad, comienza a hacerse visible la humanidad nueva que nace del Evangelio.

Esta vocación también determina la identidad y la misión de la Iglesia. Como Pueblo de Dios, la Iglesia está llamada a ser una comunidad en la que la comunión con Cristo se traduzca en fraternidad concreta. No se construye únicamente mediante estructuras, normas o prácticas religiosas, sino cuando sus miembros se reconocen como hermanos y se comprometen con las necesidades de la humanidad. El amor al prójimo edifica el cuerpo eclesial, supera el individualismo y convierte la fe en una presencia transformadora dentro de la historia. Una Iglesia que vive el doble mandamiento hace visible que la relación con Dios puede renovar las relaciones humanas y abrir caminos de justicia, reconciliación y solidaridad.

Que el Señor nos conceda, queridos hermanos, la gracia de amar como Él nos ama, de dejarnos transformar por su presencia y de reconocer en cada prójimo un rostro digno de ser acogido, respetado y amado. Que no nos conformemos con conocer el mandamiento del amor, sino que tengamos el valor de encarnarlo cada día, en nuestros hogares, en nuestras comunidades y en cada encuentro con quienes necesitan de nuestra cercanía. Pidamos que el Espíritu Santo renueve nuestro corazón y nos enseñe a mirar con los ojos de Cristo, para que nuestra fe se convierta en servicio, nuestra oración en fraternidad y nuestra comunión con Dios en una entrega generosa a los demás. Así, caminando en el amor, permitiremos que Cristo forme en nosotros al hombre nuevo y haga de nuestra vida un testimonio vivo de su Evangelio. Amén.

domingo, 18 de octubre de 2026

Homilía. Domingo XXIX durante el año. 18 de octubre de 2026. Mateo 22, 15-21

Queridos hermanos,

El Evangelio de Mateo nos presenta a los fariseos y herodianos intentando tenderle una trampa a Jesús mediante una pregunta sobre el pago del impuesto al César. Aunque comienzan elogiándolo y reconociendo que enseña el camino de Dios con sinceridad, sus intenciones son hipócritas: buscan comprometerlo ante las autoridades romanas o desacreditarlo ante el pueblo.

Sin embargo, Jesús no se deja engañar ni intimidar. Su fidelidad a la verdad no depende de los elogios ni de las amenazas de los poderosos. En Él descubrimos que el verdadero discípulo está llamado a vivir con sinceridad, coherencia y libertad, sin acomodar el Evangelio a sus propios intereses.

Ante la pregunta de sus adversarios, Jesús pide que le muestren la moneda del tributo y pregunta de quién es la imagen grabada en ella. Cuando le responden que es del César, declara: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Esta respuesta encierra una profunda enseñanza espiritual. La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano lleva impresa en su existencia la imagen y semejanza de Dios. Como nos recuerda el libro del Génesis, hemos sido creados a imagen de nuestro Creador. Por eso, mientras podemos entregar al César la moneda que le corresponde, nuestra vida pertenece, en última instancia, a Dios.

San Agustín expresa esta idea diciendo que al César hay que devolverle su moneda, pero a Dios hay que devolverle su imagen. Esto significa que Dios no nos pide solamente algunas oraciones o determinadas prácticas religiosas, sino nuestro corazón y nuestra vida entera. Estamos llamados a entregarle nuestros pensamientos, decisiones, proyectos y deseos, confiando en que su voluntad nos conduce a la verdadera plenitud.

Al mismo tiempo, Jesús nos enseña que el poder político y económico tiene límites. Debemos cumplir nuestras responsabilidades ciudadanas y contribuir al bien común, pero ninguna autoridad puede exigirnos que renunciemos a nuestra conciencia, a la verdad o a la dignidad humana. Nuestra pertenencia a Dios es el fundamento de nuestra libertad, porque ningún poder terrenal puede ocupar el lugar que solo a Él le corresponde.

Esta enseñanza también nos compromete con los demás. Si toda persona lleva la imagen de Dios, estamos llamados a respetarla, defender su dignidad y trabajar por la justicia. Como afirma san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente». Por eso, nuestra relación con Dios no puede separarse del amor al prójimo, especialmente de quienes sufren la injusticia, la exclusión o el abuso de poder.

En definitiva, dar a Dios lo que es de Dios significa reconocer que nuestra vida le pertenece y responder a su amor con una entrega sincera. Podemos utilizar los bienes materiales y cumplir nuestras obligaciones sociales, pero no debemos permitir que el dinero, el poder, el miedo o el deseo de reconocimiento se conviertan en dueños de nuestro corazón.

Este Evangelio nos deja una pregunta para nuestra reflexión: ¿quién ocupa verdaderamente el centro de nuestra vida: Dios o las cosas de este mundo?

Que el Señor nos conceda vivir como hijos suyos, con un corazón libre, fiel a la verdad y comprometido con la dignidad de cada persona, para que toda nuestra existencia refleje la imagen de Dios que llevamos dentro. Amén.