Queridos hermanos:
La parábola del trigo y la cizaña nos enfrenta a una pregunta que todos, en algún momento, nos hemos hecho: ¿por qué Dios permite que el mal siga existiendo? ¿Por qué no lo elimina de una vez? Cuando vemos la injusticia, la violencia, la corrupción o incluso el pecado dentro de la misma Iglesia, nuestro primer impulso es el mismo que el de los siervos de la parábola: "¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?".
Sin embargo, la respuesta del dueño del campo nos sorprende: "No; no sea que, al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha".
Con estas palabras, Jesús nos revela el modo de actuar de Dios. Él no ignora el mal ni es indiferente al pecado. Lo ve con absoluta claridad. Pero su respuesta no es la precipitación, sino la paciencia; no es la violencia, sino la misericordia; no es el juicio inmediato, sino el tiempo de la conversión.
El campo del que habla Jesús representa al mundo, pero también a la Iglesia en su dimensión histórica. En ambos encontramos una mezcla de santidad y pecado, de fidelidad e infidelidad, de generosidad y egoísmo. El enemigo continúa sembrando cizaña para dañar la obra de Dios, y esa convivencia entre el bien y el mal forma parte de la historia humana hasta el fin de los tiempos.
Frente a esta realidad, el Señor nos invita al realismo. No debemos escandalizarnos pensando que el Reino de Dios fracasó porque existe el mal. Jesús ya nos había advertido que el trigo y la cizaña crecerían juntos. Lo verdaderamente importante es no perder la confianza en que el trigo seguirá dando fruto y que Dios continúa guiando la historia.
La decisión del dueño de no arrancar la cizaña nos enseña algo muy profundo. Nosotros solemos juzgar rápidamente. Creemos saber quién es bueno y quién es malo, quién merece una nueva oportunidad y quién ya no la merece. Pero Dios conoce el corazón de cada persona, y nosotros no. Por eso nos pide prudencia y caridad.
Cuántas veces el celo excesivo puede convertirse en un celo destructivo. Cuando el ser humano pretende purificar la Iglesia o la sociedad únicamente mediante la condena, la exclusión o la violencia, corre el riesgo de herir precisamente a aquellos que deseaba proteger. Por eso el Señor pone un límite a nuestros juicios y nos recuerda que la separación definitiva entre el trigo y la cizaña no nos corresponde a nosotros.
Hay todavía una enseñanza más hermosa. Dios espera porque ama. Su paciencia tiene un nombre: misericordia. San Agustín decía que quien hoy parece cizaña puede convertirse mañana en trigo. ¡Qué esperanza tan grande encierra esta afirmación! Nadie puede ser dado por perdido mientras vive. Todos necesitamos tiempo para cambiar, para arrepentirnos, para dejarnos transformar por la gracia de Dios. Si el Señor hubiera sido impaciente con nosotros, ¿quién podría decir que estaría hoy aquí?
Por eso, el tiempo presente es tiempo de conversión. Dios sigue esperando, sigue llamando y sigue ofreciendo su perdón. Su paciencia no significa que el pecado carezca de importancia, sino que su amor es más grande que nuestras miserias y nunca deja de ofrecer una oportunidad para volver a Él.
Pero la parábola también nos recuerda que la paciencia de Dios no es eterna. Llegará el tiempo de la cosecha. Llegará el día del Juicio, cuando el Señor, que conoce perfectamente cada corazón, realizará la separación definitiva entre el bien y el mal. Esa tarea no es nuestra; pertenece únicamente a Dios, cuya justicia es perfecta y cuya misericordia siempre va unida a la verdad.
Mientras tanto, nuestra misión no consiste en dedicarnos a buscar la cizaña en la vida de los demás, sino en procurar que el trigo crezca en nuestro propio corazón. Estamos llamados a cultivar la fe, la esperanza y la caridad; a vencer el mal con el bien; a trabajar por la santidad con humildad y paciencia; y a confiar en que Dios conduce la historia hacia su plenitud.
Pidámosle al Señor que nos conceda un corazón semejante al suyo: firme para rechazar el mal, pero paciente con las personas; decidido en la verdad, pero siempre lleno de misericordia. Que nunca nos convirtamos en jueces de nuestros hermanos, sino en instrumentos de la paciencia de Dios, esperando con esperanza el día en que Él haga nuevas todas las cosas. Amén.




