jueves, 19 de febrero de 2026

Homilía. Miércoles de Cenizas. 18 de febrero de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, al comenzar este santo tiempo de Cuaresma con la imposición de la ceniza, la Palabra de Dios nos sitúa ante lo esencial. El Evangelio según Mateo nos transmite una enseñanza clara de Jesús: Cuídense de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”.

Con estas palabras, el Señor nos invita a revisar la intención profunda de nuestro corazón. No se trata simplemente de hacer cosas buenas, sino de preguntarnos: ¿para quién las hacemos? ¿Buscamos la mirada de los demás o la mirada amorosa del Padre?

La Cuaresma que hoy comenzamos no es un tiempo de apariencias, sino de verdad. La ceniza que recibimos en nuestra frente es signo de humildad y arrepentimiento. Nos recuerda nuestra fragilidad y nuestra necesidad de Dios. Como proclamaba el profeta Joel: Rasguen los corazones y no las vestiduras”. Dios no quiere gestos externos vacíos; quiere un corazón convertido.

Jesús nos habla de tres prácticas concretas: la limosna, la oración y el ayuno. No las suprime, no las desprecia. Al contrario, las purifica.

Cuando des limosna —nos dice— que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. La caridad verdadera no busca aplausos. No es exhibición ni propaganda. Es misericordia silenciosa, es amor que nace de un corazón tocado por Dios. Cuando ayudamos al necesitado en lo secreto, el Padre ve ese gesto y lo convierte en bendición.

Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre. ¡Qué llamada tan hermosa a la interioridad! En medio del ruido, de la prisa y de tantas distracciones, el Señor nos invita a entrar en lo más profundo de nosotros mismos. Allí, donde nadie más llega, Dios nos espera. Allí se da el verdadero encuentro. Allí se renueva nuestra vida.

Y cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara. El ayuno no es tristeza ni espectáculo. Es libertad. Es aprender a decir no” a lo superficial para decir sí” a lo esencial. Hoy la Iglesia nos invita al ayuno y a la abstinencia como signo concreto de penitencia y renovación. Pero el verdadero ayuno es el que ensancha el corazón y lo dispone para la gracia.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Esa recompensa no es fama ni prestigio. Es paz interior. Es libertad. Es comunión con Dios. Es la alegría de la Pascua que ya comienza a vislumbrarse en el horizonte.

Que esta Cuaresma sea un verdadero camino interior. Que la ceniza que hoy recibimos no se quede en un gesto externo, sino que marque el inicio de un proceso profundo de conversión.

Y que, al llegar la Pascua, podamos celebrar con un corazón renovado el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Amén.

P. Oscar Angel Naef

martes, 17 de febrero de 2026

Homilía. Fiesta del Divino Rostro en la Congregación Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires. Capilla Inmaculada Concepción. Almagro. CABA. 17 de febrero de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

El texto Sagrado que ilustra nuestra celebración dedicada al Divino Rostro nos lleva a contemplar el misterio de la Transfiguración según el relato del evangelista Lucas (9,28b-36). No estamos ante un hecho meramente extraordinario o deslumbrante; estamos ante una revelación profunda de quién es Jesús y hacia dónde se dirige su misión. En el monte se abre, por un instante, el velo del misterio: el Maestro, que camina hacia Jerusalén y hacia la cruz, deja resplandecer su gloria divina.

San Lucas nos ofrece un detalle que no debemos pasar por alto: todo sucede mientras Jesús oraba. La oración no es un simple marco; es el lugar donde el Hijo se encuentra íntimamente con el Padre. Y es precisamente en ese diálogo de amor donde su rostro cambia de aspecto y sus vestidos se vuelven deslumbrantes. La gloria no aparece como espectáculo, sino como fruto de la comunión. La oración es el ámbito donde se revela la verdadera identidad de Jesús.

En este punto, la espiritualidad de la Beata Madre Pierina de Micheli ilumina de manera especial este pasaje. Ella, apóstol del Santo Rostro, nos enseña que el Rostro resplandeciente del monte es el mismo Rostro que será desfigurado en la Pasión. La luz que contemplan los discípulos no niega el dolor futuro; lo abraza y lo anticipa en clave de amor. En ese Rostro glorioso ya palpita el Corazón que se entregará por nosotros, buscando reparación y consuelo.

Aparecen entonces Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, conversando con Jesús sobre su “éxodo”, su partida en Jerusalén. La gloria del monte está unida inseparablemente al camino de la cruz. No hay contradicción entre la luz y el sufrimiento: la cruz es el paso hacia la verdadera liberación. La Transfiguración no es evasión, es confirmación del plan de Dios.

La nube que los cubre evoca la presencia divina, y desde ella resuena la voz del Padre: Este es mi Hijo, el Elegido; escúchenlo”. Este es el centro del mensaje. Escucharlo significa aceptar su palabra cuando habla de entrega, de renuncia, de cruz. No solo escuchar al Cristo luminoso, sino también al Cristo que nos pide cargar la propia cruz cada día.

Pedro, conmovido, quiere hacer tres carpas. Es la tentación de quedarnos en la consolación, de prolongar el momento de luz. Pero el Señor no permite que se instalen allí. Hay que bajar del monte. La experiencia de la gloria no es para huir del mundo, sino para fortalecer el corazón ante las pruebas. La Transfiguración es un anticipo de la Resurrección, un horizonte de esperanza para cuando llegue la hora oscura.

La Beata Madre Pierina, desde su espiritualidad recibida en el carisma de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires, nos invita a contemplar este Rostro con la mirada de María. La Virgen es el modelo supremo de contemplación cristiana. Ella miró el rostro de su Hijo en el pesebre, lo escuchó en su predicación, lo siguió hasta la cruz y lo acogió glorioso en la resurrección. Su mirada fue siempre una mirada de ternura, de amor entrañable y de dolor compasivo.

También nosotros estamos llamados a mirar así. A contemplar el Rostro de Cristo en la oración, a descubrir en Él la unidad del misterio: Encarnación, cruz y gloria. A escuchar su voz y a seguirlo, aunque el camino pase por el sacrificio.

Que esta escena del monte fortalezca nuestra fe y renueve nuestra esperanza. Que no nos quedemos levantando solo nuestras propias carpas” espirituales, sino que, iluminados por la luz de Cristo, sepamos descender al llano de la vida cotidiana con la certeza de que la cruz no es el final.

Cada martes, al visitar al Santísimo Sacramento para reparar las ofensas hechas al Señor y a la Eucaristía, recordemos que detrás del sufrimiento ya resplandece la victoria del Resucitado: victoria de Amor que nos mueve y nos hace partícipes de su obra redentora. Así fue revelado a la Beata Madre Pierina en aquellas palabras que no nos cansamos de repetir: quien me contempla, me consuela”. Amén.

P. Oscar Angel Naef

Homilía. Martes VI del tiempo ordinario. 17 de febrero de 2026

Queridos hermanos:

El pasaje del capítulo 8, 14–21 del Evangelio según San Marcos nos sitúa en una escena sencilla pero profundamente reveladora: una barca, un grupo de discípulos preocupados porque no tienen suficiente pan, y Jesús en medio de ellos. Y es precisamente en ese momento cotidiano, casi trivial, donde el Señor nos permite encontrarnos con el rostro de Dios.

Los discípulos discuten por la falta de pan. Han sido testigos de dos multiplicaciones, han visto la abundancia surgir de lo poco, y sin embargo ahora el miedo y la preocupación vuelven a apoderarse de ellos. ¿No nos sucede lo mismo? Hemos experimentado la fidelidad de Dios en nuestra vida, pero cuando aparece una nueva dificultad, olvidamos lo que Él ya ha hecho.

Entonces Jesús pronuncia una advertencia: Guardense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”. No es una frase dura; es una llamada llena de cuidado. En esa advertencia descubrimos el rostro de un Dios que protege. La levadura representa una forma de pensar que deforma el corazón: la incredulidad que exige pruebas constantes, la mentalidad que reduce todo al cálculo, al poder, a lo material. Es la tentación de vivir sin confiar verdaderamente.

Jesús no quiere que sus discípulos —ni nosotros— adoptemos esa lógica. Porque esa lógica endurece el corazón. Y cuando el corazón se endurece, aunque tengamos ojos no vemos, aunque tengamos oídos no escuchamos. Podemos presenciar milagros y seguir sin comprender.

Pero miren cómo actúa Jesús. No abandona a los suyos. No se baja de la barca. No los reprende con ira. Les hace preguntas. Los invita a recordar: “¿Cuántas canastas recogieron?”. En esa pedagogía paciente se revela el rostro de un Dios misericordioso. Un Dios que no se cansa de enseñarnos, que no se desalienta ante nuestra lentitud, que nos conduce paso a paso hacia una fe más profunda.

Al recordar las multiplicaciones, los discípulos están llamados a descubrir algo más que un prodigio material. Están invitados a reconocer que en Jesús se manifiesta la sobreabundancia de Dios. No es solo pan lo que se multiplica; es la gracia. No es solo alimento lo que se reparte; es la presencia misma de Dios que sostiene y acompaña.

Hermanos, el verdadero problema en la barca no era la falta de pan. Era la falta de comprensión espiritual. Y también hoy el Señor nos pregunta: ¿todavía no entienden? ¿Todavía no confían? Nos lo pregunta no para humillarnos, sino para despertarnos.

Las acciones de Jesús en este pasaje —advertir, preguntar, hacer memoria— nos permiten encontrarnos con el rostro de Dios. Un Dios que cuida, que corrige con amor, que educa pacientemente, que permanece en nuestra barca incluso cuando nosotros dudamos.

Que no nos dejemos fermentar por la levadura de la desconfianza ni por la obsesión por lo material. Que aprendamos a recordar las obras de Dios en nuestra historia. Y que, al mirar a Jesús, descubramos que el rostro de Dios no es el de la dureza ni el del poder que aplasta, sino el del amor fiel que nos invita a confiar.

Porque cuando Cristo está en la barca, nunca falta lo esencial. Y quien aprende a reconocerlo, descubre que la verdadera abundancia es su presencia reveladora de su Rostro divino. Amén.

P. Oscar Angel Naef

domingo, 15 de febrero de 2026

Homilía. Domingo VI del tiempo ordinario. 15 de febrero de 2026

Queridos hermanos:

El pasaje de Mateo 5,17-37, en el corazón del Sermón de la Montaña, nos sitúa ante una de las afirmaciones más exigentes y luminosas de Jesús: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos». No se trata de una competencia de rigor ni de una invitación a multiplicar normas. Jesús no propone una religión más complicada, sino una justicia más profunda.

En el fondo, nos está hablando de dos maneras de vivir la relación con Dios. Una es la justicia externa, centrada en el cumplimiento minucioso de la ley. La otra es la justicia interior, la que nace del amor. Y esa es la que Él viene a inaugurar.

Cuando afirma que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, Jesús no anula la Antigua Alianza. La lleva a su plenitud. La Ley alcanza en Él su sentido definitivo. No se trata de añadir preceptos, sino de llevarlos hasta su raíz. No se trata de perfeccionar la letra, sino de transformar el corazón.

La religión, entendida como justicia hacia Dios, consiste en reconocerle y honrarle como nuestro fin supremo. Pero ese reconocimiento no puede reducirse a gestos exteriores. La verdadera justicia se funda en algo más profundo: en la dignidad misma de Aquel a quien se le debe. Solo cuando el débito nace de la naturaleza misma de la realidad —de la verdad del ser— puede hablarse de una obligación auténtica e irrevocable. Y si Dios es el Bien supremo, el reconocimiento y el amor hacia Él no son una carga arbitraria, sino una exigencia que brota de la verdad misma de las cosas.

Por eso Jesús da un paso decisivo: nos conduce de una moral de obligación a una moral de plenitud; de la letra a la vida; del temor al amor filial.

Y lo hace a través de las antítesis: «Han oído que se dijo… pero yo les digo». No corrige la Ley antigua para contradecirla, sino para revelarla en toda su profundidad.

No basta con no matar. El homicidio comienza en la ira que se guarda en el corazón, en el desprecio, en la palabra que humilla. Antes de levantar la mano contra el hermano, se le ha herido interiormente. Por eso la reconciliación es prioritaria incluso al culto. No podemos pretender honrar a Dios mientras negamos al hermano.

No basta con evitar el adulterio material. El deseo desordenado, la mirada que convierte al otro en objeto, ya hiere su dignidad. Jesús no quiere solo una conducta correcta, sino una mirada limpia. La verdadera pureza es la rectitud del corazón, la capacidad de amar sin poseer ni usar.

Tampoco el matrimonio puede reducirse a una cuestión legal. La indisolubilidad no es una carga jurídica, sino la expresión de un amor llamado a ser fiel, reflejo de la alianza de Dios con su pueblo. El repudio no es solo un problema normativo: es una ruptura del designio de comunión querido por Dios.

Y, finalmente, no basta con evitar el falso testimonio. El discípulo está llamado a tal transparencia que su palabra no necesite juramentos para ser creíble. «Que el sí de ustedes sea sí y el no de ustedes sea no». Cuando el corazón es verdadero, la palabra es sencilla y limpia.

Todo este pasaje nos revela el núcleo de la Ley Nueva, la Ley del Espíritu. No es una ley más exigente en términos jurídicos, sino una ley que transforma desde dentro. Jesús no propone una moral imposible; describe la vida de quien ha sido renovado por la gracia.

La justicia mayor no es la del mínimo obligatorio, sino la de la caridad. No es el cumplimiento frío, sino la amistad con Dios que se traduce en relaciones reconciliadas, miradas puras y palabras veraces.

Hermanos, la perfección evangélica no consiste en una fachada irreprochable, sino en un corazón recto. La justicia del Reino supera el legalismo porque nace de la gracia y se expresa en el amor.

Pidamos al Señor que nos conceda esa justicia interior: una fe que transforme nuestros afectos, sane nuestras relaciones y purifique nuestra palabra. Solo así la Ley alcanzará en nosotros su plenitud: el amor que transforma desde dentro. Amén.

P. Oscar Angel Naef

viernes, 13 de febrero de 2026

Homilía, Viernes V del tiempo ordinario. 13 de febrero de 2026. Parroquia de Fátima. CABA

Hermanos: Como todos los días 13, en esta parroquia de Fátima, nos tomamos de la mano de María para encontrarnos con Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía. 

Así el relato de la curación del sordomudo en Mc 7,31-37 puede leerse como un itinerario espiritual que va del cierre interior a la apertura plena a Dios. En ese camino, María aparece como el modelo perfecto de lo que significa escuchar y anunciar fielmente la Palabra.

El hombre sordo y con dificultad para hablar representa la condición humana herida por el pecado: incapaz de escuchar verdaderamente a Dios y, por tanto, incapaz de proclamar su grandeza. La sordera espiritual precede a la mudez evangelizadora. Cuando el corazón está cerrado, la palabra pierde su verdad y su fuerza.

Jesús actúa con gestos cargados de significado: lo aparta de la multitud, toca sus oídos y su lengua, mira al cielo y pronuncia el «Effetá» —“ábrete”—. No se trata solo de una curación física, sino de una recreación. Como en el Génesis, la Palabra divina irrumpe y transforma. El hombre es abierto por la gracia para escuchar y hablar correctamente. Se inaugura en él una nueva creación.

María, en cambio, no necesitó ser curada de sordera espiritual, porque desde el principio se presenta como la oyente perfecta. En la Anunciación, no solo escucha el mensaje del ángel: lo acoge, lo medita y responde con disponibilidad total. Ella es la mujer del hágase”, la que permite que la Palabra encuentre espacio y fecundidad en su vida. En María no hay resistencia ni cerrazón; hay apertura plena.

Así, el «Effetá» que en el Evangelio libera al sordomudo encuentra en María su realización más luminosa. Su corazón está completamente abierto a Dios. Por eso puede proclamar: Proclama mi alma la grandeza del Señor”. La escucha se convierte en canto, la acogida en anuncio. En ella se cumple perfectamente el dinamismo cristiano: primero escuchar, luego proclamar.

El contraste es pedagógico. El sordomudo necesita un gesto sanador que rompa su aislamiento; María vive en permanente comunión con la Palabra. El hombre curado empieza a oír y hablar; María escucha con fe y anuncia con alegría desde el inicio. Ella es imagen de la Iglesia llamada a dejarse abrir por Cristo para convertirse en madre y mensajera del Evangelio.

Cuando la multitud exclama: Todo lo ha hecho bien”, reconoce en Jesús al autor de una obra nueva. María es la primera que reconoce y canta esa obra en su Magníficat. Su vida entera es respuesta agradecida a la acción salvadora de Dios.

Este pasaje, leído a la luz de María, nos invita a preguntarnos: ¿estamos abiertos a la Palabra como ella? ¿Permitimos que Cristo pronuncie sobre nosotros su «Effetá»? La conversión no es otra cosa que dejar que Dios abra nuestros oídos y nuestro corazón, para que, como María, podamos acoger la Palabra con fe y anunciarla con gozo.

De este modo, Marcos 7,31-37 no solo narra el paso de la sordera a la escucha, sino que, contemplado junto a María, se convierte en una llamada a vivir una apertura radical a Dios. Ella es el modelo de la escucha fiel y del anuncio valiente: la mujer plenamente abierta, la criatura en quien la Palabra encontró eco perfecto y desde quien comenzó a resonar para el mundo entero. Con Ella decimos juntos, Amén !

P. Oscar Angel Naef