Queridos hermanos:
El pasaje de Mateo 5,17-37, en el corazón del Sermón de la Montaña, nos sitúa ante una de las afirmaciones más exigentes y luminosas de Jesús: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos». No se trata de una competencia de rigor ni de una invitación a multiplicar normas. Jesús no propone una religión más complicada, sino una justicia más profunda.
En el fondo, nos está hablando de dos maneras de vivir la relación con Dios. Una es la justicia externa, centrada en el cumplimiento minucioso de la ley. La otra es la justicia interior, la que nace del amor. Y esa es la que Él viene a inaugurar.
Cuando afirma que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, Jesús no anula la Antigua Alianza. La lleva a su plenitud. La Ley alcanza en Él su sentido definitivo. No se trata de añadir preceptos, sino de llevarlos hasta su raíz. No se trata de perfeccionar la letra, sino de transformar el corazón.
La religión, entendida como justicia hacia Dios, consiste en reconocerle y honrarle como nuestro fin supremo. Pero ese reconocimiento no puede reducirse a gestos exteriores. La verdadera justicia se funda en algo más profundo: en la dignidad misma de Aquel a quien se le debe. Solo cuando el débito nace de la naturaleza misma de la realidad —de la verdad del ser— puede hablarse de una obligación auténtica e irrevocable. Y si Dios es el Bien supremo, el reconocimiento y el amor hacia Él no son una carga arbitraria, sino una exigencia que brota de la verdad misma de las cosas.
Por eso Jesús da un paso decisivo: nos conduce de una moral de obligación a una moral de plenitud; de la letra a la vida; del temor al amor filial.
Y lo hace a través de las antítesis: «Han oído que se dijo… pero yo les digo». No corrige la Ley antigua para contradecirla, sino para revelarla en toda su profundidad.
No basta con no matar. El homicidio comienza en la ira que se guarda en el corazón, en el desprecio, en la palabra que humilla. Antes de levantar la mano contra el hermano, se le ha herido interiormente. Por eso la reconciliación es prioritaria incluso al culto. No podemos pretender honrar a Dios mientras negamos al hermano.
No basta con evitar el adulterio material. El deseo desordenado, la mirada que convierte al otro en objeto, ya hiere su dignidad. Jesús no quiere solo una conducta correcta, sino una mirada limpia. La verdadera pureza es la rectitud del corazón, la capacidad de amar sin poseer ni usar.
Tampoco el matrimonio puede reducirse a una cuestión legal. La indisolubilidad no es una carga jurídica, sino la expresión de un amor llamado a ser fiel, reflejo de la alianza de Dios con su pueblo. El repudio no es solo un problema normativo: es una ruptura del designio de comunión querido por Dios.
Y, finalmente, no basta con evitar el falso testimonio. El discípulo está llamado a tal transparencia que su palabra no necesite juramentos para ser creíble. «Que el sí de ustedes sea sí y el no de ustedes sea no». Cuando el corazón es verdadero, la palabra es sencilla y limpia.
Todo este pasaje nos revela el núcleo de la Ley Nueva, la Ley del Espíritu. No es una ley más exigente en términos jurídicos, sino una ley que transforma desde dentro. Jesús no propone una moral imposible; describe la vida de quien ha sido renovado por la gracia.
La justicia mayor no es la del mínimo obligatorio, sino la de la caridad. No es el cumplimiento frío, sino la amistad con Dios que se traduce en relaciones reconciliadas, miradas puras y palabras veraces.
Hermanos, la perfección evangélica no consiste en una fachada irreprochable, sino en un corazón recto. La justicia del Reino supera el legalismo porque nace de la gracia y se expresa en el amor.
Pidamos al Señor que nos conceda esa justicia interior: una fe que transforme nuestros afectos, sane nuestras relaciones y purifique nuestra palabra. Solo así la Ley alcanzará en nosotros su plenitud: el amor que transforma desde dentro. Amén.
P. Oscar Angel Naef