lunes, 2 de febrero de 2026

Homilía en la Misa pidiendo por la pronta glorificación de la Madre Eufrasia Iaconis. Almagro CABA. Lunes IV del tiempo ordinario. Fiesta de la Presentación del Señor. 2 de febrero de 2026

Queridos hermanos,

La escena de la Presentación del Señor en el Templo (Lc 2,22-40) nos introduce en un misterio profundamente luminoso y, al mismo tiempo, atravesado por la sombra de la cruz. En ella se unen la alegría de la encarnación y el anuncio del sacrificio, revelando que desde el inicio la vida de Jesús es una entrega total al designio del Padre. Este misterio, vivido en la sencillez y el silencio, encuentra un reflejo concreto en la vida de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, quien hizo de su existencia una ofrenda constante, al modo de la Santísima Virgen María.

La obediencia silenciosa de María y José expresa una confianza plena en la voluntad divina. Presentan a su Hijo no como posesión, sino como don recibido y devuelto a Dios. En esta actitud mariana se inscribe también la vida de la Madre Eufrasia: una obediencia humilde, cotidiana y perseverante, que no buscó protagonismos, sino la fidelidad al querer de Dios aun cuando este se manifestaba en la cruz, la incomprensión o el sufrimiento. Como María, supo decir sí” en lo pequeño y en lo oculto.

Simeón y Ana encarnan la espera fiel de Israel, una fe paciente que reconoce la acción de Dios en la fragilidad. Su testimonio se prolonga en aquellas almas que, como la Venerable Madre Eufrasia, viven ancladas en la oración y la confianza, aguardando en silencio el cumplimiento de las promesas. Simeón proclama a Jesús como luz para las naciones, pero anuncia también la espada que atravesará el alma de María, recordándonos que consuelo y sacrificio son inseparables. Esta tensión fue asumida por la Madre Eufrasia como camino de santificación y de unión profunda con Cristo.

Desde esta perspectiva, la Presentación se vincula con la Ciencia de la Cruz”: desde su infancia, Jesús se entrega por amor y abraza el destino redentor que el Padre le confía. Del mismo modo, la vida de la Venerable Madre Eufrasia puede leerse como una prolongación de esta ofrenda, una existencia marcada por la aceptación amorosa de la voluntad divina, donde el sufrimiento no fue evitado, sino transformado en entrega fecunda.

El pasaje evangélico invita a comprender la vida cristiana como una ofrenda en el Espíritu. Así como Jesús es presentado en el Templo, y María lo ofrece en silencio, cada creyente está llamado a entregarse con confianza total. La Madre Eufrasia vivió esta verdad haciendo de su vida una oblación continua, iluminada por una fe sencilla y profunda. La luz que Simeón contempla se convierte así en guía para la vida diaria: una luz que conduce al silencio interior, a la contemplación del misterio encarnado y a la obediencia amorosa.

De este modo, la Presentación del Señor se transforma en una lección espiritual sobre la vida como entrega constante al Amado. En María y en la Venerable Madre Eufrasia Iaconis descubrimos un modelo concreto de confianza total y obediencia silenciosa, que enseña que la santidad se forja en la fidelidad cotidiana y en la donación plena de la propia vida a Dios. 

domingo, 1 de febrero de 2026

Homilía. Domingo IV del tiempo ordinario. 1 de febrero de 2026

Queridos hermanos:

El Evangelio de Mateo 5,1-12a nos introduce en el corazón del mensaje de Jesús: las Bienaventuranzas. No son un simple código moral ni una lista de ideales inalcanzables. Son una revelación. En ellas, Jesús nos muestra su propio rostro y nos revela cómo actúa el Reino de Dios cuando irrumpe en la historia.

Jesús sube al monte y se sienta. Como nuevo Moisés, proclama la Ley definitiva. Pero esta Ley ya no está escrita en piedra, sino encarnada en su propia vida. No se trata de cumplir normas externas, sino de dejar que el corazón se configure con el corazón de Cristo.

Por eso podemos decir que Cristo mismo es la Bienaventuranza. En cada una de ellas aparece quién es Él: pobre de espíritu, totalmente confiado en el Padre; manso y humilde; solidario con el dolor del mundo; hambriento de justicia; misericordioso; limpio de corazón; pacificador; perseguido por causa del Reino. Las Bienaventuranzas no describen solo lo que el discípulo debe hacer, sino quién es Jesús.

La verdadera felicidad que Él promete no es superficial ni evasiva. No consiste en poseer algo, sino en estar en comunión con Él. La recompensa es Él mismo: de ellos es el Reino de los cielos”. Es una alegría que pasa por la cruz y se abre a la resurrección.

Este mensaje es profundamente provocador. Jesús invierte la lógica del mundo. Donde el mundo exalta la riqueza, el poder y el éxito, Él proclama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a los mansos y a los perseguidos. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque Dios ha elegido revelarse y actuar precisamente en un mundo herido.

La primera bienaventuranza es la puerta de entrada a todas las demás: ser pobre de espíritu. No es huir del mundo, sino vivir una desapropiación radical, una confianza total en Dios que se traduce en opciones concretas. Es no absolutizar nada que no sea Dios. Solo un corazón vacío puede ser llenado por Él.

De esta pobreza brota una nueva manera de vivir: mansedumbre frente a la violencia, compasión frente al dolor ajeno, hambre de justicia frente a la resignación, misericordia frente al juicio, paz frente al conflicto, fidelidad incluso en la persecución.

Las Bienaventuranzas describen así el camino de la santidad. No son solo virtudes humanas, sino una vida sostenida por los dones del Espíritu Santo, que va modelando al creyente según el rostro de Cristo. La perfección evangélica no consiste en huir del mundo, sino en habitarlo desde el Evangelio, transformándolo desde dentro.

Vividas en profundidad, conducen inevitablemente a la cruz. Jesús recorrió este camino, y quien lo sigue descubre que el sufrimiento asumido por amor no es derrota, sino lugar de comunión con Dios y fuente de esperanza.

Finalmente, las Bienaventuranzas exigen una opción. No basta admirarlas: hay que elegirlas. Elegir estar con los pobres, con los que lloran, con los que trabajan por la paz. Allí es donde Dios se revela como el Dios vivo.

Así, Mateo 5,1-12a no es solo un texto para ser meditado, sino una vida para ser vivida: el retrato de Cristo, el camino del discípulo y la forma concreta del Reino de Dios en medio del mundo. 

Pidamos a Nuestra Madre del Cielo que fue siempre fiel, para que interceda por nosotros en nuestro camino de fidelidad a las Bienaventuranzas. Amén

P. Oscar Angel Naef

sábado, 31 de enero de 2026

Homilía. Viernes III del tiempo ordinario. 30 de enero de 2026

Queridos hermanos,

A la luz de Mc 4, 26-34, el anuncio de Jesús sobre el Reino de Dios se comprende en profunda relación con el misterio de la providencia divina. El Reino no es fruto del cálculo humano ni del dominio técnico de la historia, sino la manifestación histórica de un designio que precede y supera toda iniciativa del hombre. Como la semilla arrojada a la tierra, el Reino nace de un acto primero de Dios: es don gratuito, expresión de su amor creador y salvador, que pide ser acogido con fe más que producido con esfuerzo.

La parábola de la semilla que crece por sí sola introduce en la lógica de la providencia. El sembrador cumple su tarea, pero el crecimiento acontece sin que él sepa cómo”. Esta imagen expresa que existe un plan racional en la mente de Dios que ordena todas las cosas hacia su fin último, y que se realiza en el tiempo sin anular la consistencia de las causas creadas. Dios provee no solo al conjunto del universo, sino también a cada realidad concreta, a cada historia personal y a cada acto libre. Nada escapa a su alcance, aunque su acción no siempre sea visible ni inmediata.

Aquí se distingue con claridad entre providencia y gobierno: el Reino anunciado por Jesús pertenece al designio eterno de Dios, mientras que su crecimiento silencioso en la historia corresponde a la ejecución de ese plan. Dios gobierna el mundo a través de causas segundas, respetando la naturaleza propia de cada ser. Por eso, así como las realidades físicas actúan de modo necesario, el ser humano es movido por Dios a actuar libremente. La libertad no es un obstáculo para el Reino, sino el camino querido por Dios para que su plan se realice en la historia.

Desde esta perspectiva, la semilla que crece de noche y de día manifiesta que el Reino avanza incluso cuando el hombre no controla los resultados. La providencia divina no actúa como una fuerza externa que impone, sino desde el interior de la voluntad humana, dándole la capacidad real de elegir el bien. Cuando el creyente siembra, espera y persevera, su acción es plenamente suya y, al mismo tiempo, plenamente sostenida por Dios como Causa Primera. La aparente fragilidad del Reino no es signo de impotencia, sino de una omnipotencia que sabe servirse de la libertad y de la contingencia.

El grano de mostaza refuerza esta verdad al mostrar que Dios transforma lo pequeño y lo insignificante en fuente de vida y acogida. Incluso el mal y el sufrimiento quedan misteriosamente integrados en un plan más amplio que conduce a la plenitud. Por eso, estas parábolas invitan a una espiritualidad de confianza y paciencia activa: el Reino ya ha sido sembrado y crecerá según el tiempo de Dios. En esta certeza se funda la esperanza cristiana, porque el Reino no depende del poder humano, sino de la fidelidad amorosa de Dios. Amén

P. Oscar Angel Naef

jueves, 29 de enero de 2026

Homilía. Jueves III del tiempo ordinario. 29 de enero de 2026

Queridos hermanos:

El evangelio (Marcos 4, 21-25) que acabamos de escuchar nos presenta una imagen sencilla pero profundamente exigente: la lámpara. Jesús nos pregunta, casi con sorpresa: ¿Acaso se enciende una lámpara para esconderla? Y todos sabemos la respuesta. La luz está hecha para iluminar, para vencer la oscuridad, para orientar el camino. Del mismo modo, la fe que hemos recibido no es un bien privado, sino una luz destinada a brillar y a dar vida.

Cada uno de nosotros ha recibido la luz de Cristo en su propia historia: en el bautismo, en la Palabra, en los sacramentos, en los dones que Dios nos ha confiado. Pero esa luz corre el riesgo de debilitarse cuando la escondemos por miedo, comodidad o indiferencia. La fe no puede quedar reducida a lo íntimo, a algo que no toca nuestras decisiones cotidianas. Cuando Jesús habla de la lámpara, nos recuerda que creer implica vivir de tal manera que otros puedan descubrir, a través de nuestras obras, la presencia de su amor.

Por eso el Señor añade una advertencia exigente: Al que tiene se le dará; al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. No se trata de un castigo arbitrario, sino de una dinámica espiritual profunda. La fe acogida con generosidad crece; la fe retenida por egoísmo o pasividad se marchita. Cuando no ponemos en práctica la Palabra ni la dejamos transformar nuestra manera de amar, perdonar y actuar con justicia, poco a poco la luz se apaga.

Esta llamada a no esconder la lámpara vale también cuando nos toca dialogar con personas de otros credos o convicciones. El verdadero diálogo no nace de disimular la propia fe ni de ocultar la verdad recibida, sino de presentarla con respeto, claridad y humildad. Al exponer íntegramente lo que creemos y, sobre todo, al respaldarlo con una vida coherente, abierta y fraterna, hacemos un aporte auténtico y generoso al encuentro con los demás. La luz de Cristo no se impone, pero tampoco se oculta: se propone y se testimonia.

Jesús nos invita hoy a revisar cómo estamos usando la luz que hemos recibido. ¿Ilumina nuestras palabras, nuestras relaciones, nuestras opciones? ¿O la hemos escondido bajo el miedo, el conformismo o la comodidad? El Reino de Dios crece allí donde hay creyentes dispuestos a vivir con coherencia, dejando que la verdad se haga visible en gestos concretos de amor.

Pidamos al Señor la gracia de no esconder la lámpara, de vivir una fe generosa y valiente. Que nuestra vida, iluminada por Cristo, sea una luz sencilla pero real, capaz de orientar, consolar y dar esperanza a quienes caminan a nuestro lado. Amén.

P. Oscar Angel Naef

miércoles, 28 de enero de 2026

Homilía. Miércoles III. Tiempo ordinario. Conmemoración de Santo Tomás de Aquino. 28 de enero de 2026

Queridos hermanos,

La parábola del sembrador, en el evangelio de Marcos, ofrece una enseñanza fundamental sobre el modo en que la Palabra de Dios es conocida y acogida por el ser humano. A la luz de santo Tomás de Aquino, esta parábola puede entenderse como una pedagogía divina que articula revelación, fe y libertad.

Santo Tomás enseña que Dios ha revelado la verdad de manera que la salvación esté al alcance de todos. Distingue entre verdades accesibles sólo por revelación y otras que también pueden alcanzarse por la razón natural; sin embargo, afirma que toda verdad revelada exige siempre la virtud de la fe, infundida por Dios, para acceder a la realidad profunda que se comunica a través de palabras humanas. La fe permite pasar del signo exterior al misterio interior.

En este marco, la semilla es la Palabra viva de Dios, plena y eficaz en sí misma. El sembrador, que es Cristo, la esparce con generosidad, sin excluir a nadie, respetando la libertad humana. La diversidad de frutos no depende de la semilla, sino de la disposición del corazón, simbolizada en los distintos terrenos.

El camino representa el corazón endurecido, cerrado a la fe. El terreno pedregoso expresa una acogida superficial, sin raíces, que no resiste la prueba. Las espinas simbolizan las preocupaciones, ambiciones y seducciones del mundo que ahogan la Palabra. La tierra buena, en cambio, es el corazón que escucha, cree, persevera y permite que la Palabra transforme la vida. La parábola se convierte así en un llamado constante a la conversión interior, a arrancar las espinas y a cultivar una fe profunda y perseverante.

En el centro del pasaje, Jesús afirma: «A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios». Este misterio no es un saber reservado a una élite, sino la persona misma de Cristo, en quien el Reino se hace presente. Los discípulos, los de adentro”, comprenden no por superioridad intelectual, sino por su apertura humilde y creyente. Los de afuera” no son excluidos arbitrariamente, sino que permanecen en la incomprensión por el endurecimiento voluntario del corazón, como señala Isaías.

Las parábolas son luz para quien cree y enigma para quien se cierra. No castigan, sino que respetan la libertad humana y protegen la autenticidad de la conversión. Así, Marcos 4, 1-20 es una invitación exigente y esperanzadora: el Señor sigue sembrando; cada creyente es llamado a hacerse tierra buena, donde la Palabra, acogida con fe, de fruto abundante y haga participar del misterio del Reino revelado en Cristo. Con el deseo de ser tierra fértil decimos: Nuestra Señora de la Esperanza confiamos en ti. Amén

P. Oscar Angel Naef