domingo, 21 de junio de 2026

Homilía. Domingo XII durante el año. 21 de junio de 2026 (Mateo 10, 26-33)

Queridos hermanos:

El Evangelio que hoy meditamos, tomado de Mateo 10, 26-33, forma parte del discurso misionero de Jesús a sus discípulos. Después de enviarlos a anunciar el Reino de Dios, el Señor les habla con realismo. No les promete un camino fácil. Les advierte que encontrarán oposición, incomprensiones e incluso persecuciones.

Sin embargo, en medio de esas advertencias, resuena una expresión que se repite varias veces y que constituye el corazón de este pasaje: «No tengan miedo».

Estas palabras son mucho más que un simple consejo para mantener el ánimo. Son una invitación a vivir con libertad interior, con confianza en Dios y con la valentía propia de quien sabe que su vida está en manos del Padre.

A la luz de este Evangelio, podemos detenernos en tres grandes enseñanzas: la fuerza de la verdad, la libertad que nace del temor de Dios y la confianza en la Providencia divina.

En primer lugar, Jesús nos recuerda que la verdad siempre termina manifestándose. Dice: «Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse».

La verdad tiene una fuerza propia. Puede ser rechazada, perseguida o ignorada durante un tiempo, pero nunca puede ser destruida definitivamente.

La historia del cristianismo lo demuestra. El Evangelio fue anunciado muchas veces en medio de dificultades y persecuciones, pero siguió extendiéndose porque su fundamento no es el poder humano, sino la verdad de Dios.

Por eso Jesús añade: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a plena luz; y lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas».

El mensaje recibido no es un tesoro para guardar únicamente para nosotros mismos. Está destinado a ser compartido.

También nosotros vivimos en una sociedad donde muchas veces la fe es considerada algo exclusivamente privado. Existe el temor a ser juzgados, incomprendidos o ridiculizados. Sin embargo, el discípulo de Cristo está llamado a anunciar el Evangelio con serenidad y valentía, no para imponerse a los demás, sino para ofrecer una palabra de esperanza, de salvación y de vida.

Después, Jesús nos conduce al centro de su enseñanza cuando dice: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma».

Aquí aparece una diferencia fundamental entre dos tipos de temor.

Por un lado, está el miedo humano: el miedo a perder la seguridad, el prestigio, los bienes materiales o incluso la propia vida. Es un miedo comprensible, pero no puede convertirse en el dueño de nuestra existencia.

Por otro lado, está el llamado temor de Dios. Y es importante entender bien esta expresión. No se trata de tener miedo de Dios ni de verlo como un juez implacable. El temor de Dios es el respeto amoroso de quien reconoce su grandeza y no quiere apartarse de Él.

Es el temor de perder el bien más grande que existe: la comunión con Dios.

Y aquí encontramos una hermosa paradoja espiritual. Cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, todos los demás miedos comienzan a perder fuerza. Cuando el corazón está firmemente apoyado en Dios, las amenazas humanas ya no tienen el mismo poder sobre nosotros.

Los santos comprendieron profundamente esta verdad. Muchos enfrentaron persecuciones, sufrimientos y pruebas extraordinarias porque habían descubierto que nada podía separarlos del amor de Dios.

Jesús nos invita también a mirar más allá de la vida presente. Cuando afirma que los hombres pueden matar el cuerpo pero no el alma, nos recuerda la dignidad inmensa de cada persona humana.

Nuestra existencia no se reduce a la vida biológica. Hemos sido creados para la eternidad.

La muerte física es una realidad dolorosa, pero no tiene la última palabra. La fe cristiana proclama que la verdadera vida se encuentra en Dios y que ninguna fuerza humana puede destruir aquello que Él ha destinado para siempre.

Esta certeza cambia nuestra manera de afrontar el sufrimiento, las pérdidas y las dificultades. No elimina el dolor, pero le da un sentido nuevo. El creyente sabe que su destino último está en las manos de Dios y no en las circunstancias pasajeras de este mundo.

Y entonces llegamos a uno de los pasajes más hermosos y conmovedores de todo el Evangelio.

Jesús dice:

«¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo cae a tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.»

Aquí se nos revela el rostro de la Providencia divina.

Dios no es un ser lejano e indiferente. Es un Padre que conoce, acompaña y cuida a sus hijos. Su amor alcanza incluso los detalles más pequeños de nuestra vida.

Si Dios cuida de los gorriones, cuánto más cuidará de nosotros.

Y cuando Jesús afirma que hasta nuestros cabellos están contados, quiere enseñarnos que nada escapa a la mirada amorosa del Padre. Ninguna lágrima, ninguna preocupación, ninguna lucha, ninguna esperanza.

Esta certeza es una fuente inmensa de consuelo. Todos atravesamos momentos de incertidumbre, de dolor o de oscuridad. Pero el Evangelio nos recuerda que nunca estamos solos. Dios sigue acompañando nuestra historia y guiándola hacia un bien mayor.

La Providencia no significa ausencia de pruebas. Significa que incluso en medio de ellas Dios permanece presente y actuante.

Finalmente, Jesús concluye con una invitación decisiva:

«A todo el que me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre celestial.»

La fe no puede quedar reducida a algo puramente interior. Está llamada a manifestarse en la vida cotidiana.

Confesar a Cristo no consiste solamente en decir que creemos en Él. Significa vivir de tal manera que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones reflejen el Evangelio.

La forma más convincente de evangelización sigue siendo una vida coherente con la fe que profesamos.

Hermanos, este Evangelio nos deja un mensaje profundamente actual.

Jesús nos invita a vencer el miedo con la fuerza de la verdad.

Nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas.

Nos invita a confiar plenamente en la Providencia del Padre.

Y nos invita a dar testimonio de nuestra fe con valentía y coherencia.

Por eso, también hoy, el Señor nos repite aquellas palabras que han sostenido a generaciones enteras de creyentes:

No tengan miedo.

No tengan miedo de anunciar la verdad.

No tengan miedo de vivir según el Evangelio.

No tengan miedo de confiar en Dios.

Porque quien sabe que es amado por el Padre, acompañado por Cristo y sostenido por el Espíritu Santo descubre una libertad que ninguna fuerza de este mundo puede arrebatarle.

Amén.

domingo, 7 de junio de 2026

Homilía. Solemnidad del Corpus Christi. 7 de junio de 2026 (Jn 6,51-58)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia se llena de alegría para celebrar la solemnidad del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Es una ocasión privilegiada para contemplar, agradecer y adorar el inmenso regalo que Cristo ha dejado a su Iglesia: su presencia real en la Eucaristía.

El Evangelio que hemos escuchado nos sitúa en la sinagoga de Cafarnaún, donde Jesús pronuncia unas palabras que constituyen una de las revelaciones más profundas y sorprendentes de todo el Evangelio: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Con estas palabras, Jesús nos conduce al corazón mismo del misterio que hoy celebramos. El pueblo de Israel había sido alimentado con el maná durante su travesía por el desierto. Aquel pan fue un signo de la providencia de Dios. Sin embargo, Jesús se presenta como un don infinitamente mayor. No ofrece simplemente un alimento venido de Dios; Él mismo se convierte en alimento para nosotros. En la Eucaristía, Cristo no nos da algo suyo: se nos da a sí mismo.

Cuando anuncia que dará su carne para la vida del mundo, Jesús está anticipando el sacrificio de la cruz. Allí entregará totalmente su vida por nuestra salvación. La Eucaristía es precisamente el memorial vivo de ese amor llevado hasta el extremo. Es el Sacramento de la Caridad, donde Cristo permanece para siempre como el gran don del Padre a la humanidad.

Sabemos que las expresiones «comer mi carne» y «beber mi sangre» desconcertaron a muchos de sus oyentes. Y todavía hoy pueden resultar difíciles de comprender si se interpretan solamente desde una perspectiva humana. Pero Jesús habla de una realidad mucho más profunda. En la Eucaristía recibimos al Señor vivo y resucitado, que nos comunica su propia vida. Recibimos a Cristo entero, que se entrega por amor y nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte.

Por eso, desde los primeros siglos, los cristianos han reconocido en la Eucaristía una verdadera medicina de inmortalidad y una prenda de la gloria futura. Cada vez que participamos de este sacramento, recibimos una anticipación de la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos.

Pero la Eucaristía no es solamente una presencia que adoramos ni un recuerdo que conservamos. Es una comunión que transforma nuestra existencia. Cuando nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, no sucede como con cualquier alimento que es asimilado por quien lo consume. En la comunión ocurre algo mucho más grande: es Cristo quien nos atrae hacia sí y nos transforma según su corazón.

Él nos incorpora a su vida, a sus sentimientos, a su modo de amar. Por eso, quien participa auténticamente de la Eucaristía está llamado a vivir como Cristo vivió: en la entrega, en el servicio, en la generosidad y en el amor que sabe darse sin reservas. Alimentados por el Pan de Vida, aprendemos también nosotros a convertirnos en pan partido para los demás, especialmente para los más pobres, los más débiles y los que más necesitan de nuestra cercanía.

Jesús vincula además este sacramento con una promesa maravillosa: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». En medio de nuestras fragilidades, sufrimientos e incertidumbres, la Eucaristía nos recuerda que nuestra vida tiene un destino de plenitud. No caminamos hacia la nada; caminamos hacia Dios. Y en cada comunión recibimos la fuerza y la esperanza necesarias para perseverar en ese camino.

Sin embargo, este misterio solo puede ser acogido desde la fe. Muchos se escandalizaron al escuchar a Jesús porque intentaron comprender sus palabras únicamente con criterios humanos. También nosotros podemos caer en la tentación de reducir la Eucaristía a una explicación racional o a un simple símbolo. Pero la Iglesia responde con el Amén” de la fe.

Ese Amén” que pronunciamos al recibir la comunión expresa nuestra adhesión confiada a Cristo presente en el sacramento. Es el Amén” de quien reconoce que Dios sigue actuando en medio de su pueblo. Es el Amén” de quien sabe que la Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia y el alimento que sostiene su peregrinación a lo largo de la historia.

Queridos hermanos, en esta fiesta del Corpus Christi contemplemos con gratitud a Cristo, Pan vivo bajado del cielo. Acerquémonos a la mesa eucarística con fe renovada y con el corazón abierto. Allí nos espera el Señor que entregó su vida por nosotros, que permanece a nuestro lado, que nos transforma con su amor y que nos conduce hacia la vida eterna.

Que nuestra participación en esta celebración nos impulse a vivir cada día más unidos a Cristo y a convertirnos, para el mundo, en signos vivos de su amor. Amén.

Padre Oscar Angel Naef

jueves, 4 de junio de 2026

Homilía. Misa pidiendo por la pronta beatificación de la Madre Eufrasia Iaconis. 
2 de junio de 2026

(Marcos 12, 13-17)

Queridos hermanos,

En esta celebración en la que pedimos al Señor la pronta beatificación de la Venerable Madre Eufrasia, la Palabra de Dios nos ofrece una luz particularmente oportuna. El Evangelio nos presenta la conocida pregunta dirigida a Jesús acerca del tributo al César. Ante la moneda que le muestran, Jesús responde: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Estas palabras no son solamente una enseñanza sobre las relaciones entre la autoridad civil y la religión. En realidad, nos conducen a una pregunta mucho más profunda: ¿qué es verdaderamente de Dios?

Las últimas cartas que la Venerable Madre Eufrasia escribió en julio de 1916 contienen dos expresiones que pueden guiarnos en la reflexión de hoy. La primera dice: «Jesús es nuestro único consuelo». Esta afirmación orienta nuestra mirada hacia el horizonte definitivo de la existencia. Vivimos en medio de preocupaciones, dificultades, responsabilidades y contrariedades; sin embargo, nuestro destino final no se encuentra en las realidades pasajeras de este mundo. El único consuelo pleno y definitivo es Cristo.

Al contemplar la moneda del Evangelio, Jesús pregunta de quién es la imagen grabada en ella. La respuesta es evidente: lleva la imagen del César y, por eso, debe volver al César. Pero el ser humano lleva grabada una imagen infinitamente más profunda que la de cualquier moneda o cualquier poder terreno: ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Si la moneda debe regresar a quien representa, con mucha más razón cada hombre y cada mujer deben entregarse a Aquel cuya imagen llevan impresa en lo más íntimo de su ser. No se trata solamente de ofrecer a Dios algunos actos religiosos o ciertos momentos de la semana. Se trata de reconocer que toda nuestra vida le pertenece. Somos suyos. Él es nuestro Creador, nuestro Padre, nuestro único consuelo y el verdadero lugar de reposo de nuestro corazón.

Por eso, el Evangelio nos invita hoy a revisar nuestras prioridades. ¿Qué lugar ocupa realmente Dios en nuestra vida? ¿Es el fundamento desde el cual organizamos nuestras responsabilidades, decisiones y proyectos? ¿O ha sido desplazado por las urgencias, las preocupaciones y los afanes cotidianos?

La respuesta parece llegar desde la segunda expresión de la Madre Eufrasia: «Jesús nos consuele y anime». En estas palabras encontramos un programa de vida cristiana. No se nos pide abandonar nuestros deberes ni desentendernos de nuestras responsabilidades temporales. Jesús mismo reconoce que hay obligaciones que debemos cumplir. Pero al mismo tiempo nos recuerda que ninguna realidad terrena puede ocupar el lugar que corresponde a Dios.

Cumplir los deberes de cada día, servir generosamente a los demás, trabajar con responsabilidad y construir una sociedad más justa son exigencias auténticamente cristianas. Sin embargo, todo ello debe realizarse sin olvidar nunca que llevamos en nosotros la imagen de Dios y que sólo en Él encontramos nuestra verdadera pertenencia, nuestra libertad y nuestra plenitud.

Al pedir hoy la pronta beatificación de la Venerable Madre Eufrasia, demos gracias por el testimonio de una mujer que aprendió a vivir con la mirada puesta en Cristo. Que su ejemplo nos ayude a comprender que, en medio de las tareas y preocupaciones de cada jornada, Jesús sigue siendo nuestro único consuelo, y que es Él quien nos consuela y nos anima para entregarnos cada vez más plenamente a Dios, a quien pertenecemos por entero. Amén.

Padre Oscar Angel Naef

domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía. Solemnidad de la Santísima Trinidad. 31 de mayo de 2026

Queridos hermanos:

En esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Evangelio nos conduce al corazón mismo de nuestra fe. Las palabras que hemos escuchado son quizá una de las síntesis más hermosas de todo el mensaje cristiano: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

Detengámonos un momento en esta afirmación. El protagonista del Evangelio no es el ser humano, ni siquiera Jesús en primer lugar, sino Dios Padre. Todo comienza en Él. Todo nace de su amor. Dios ama y, porque ama, entrega; ama y, porque ama, se acerca; ama y, porque ama, ofrece la salvación.

Estas palabras forman parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, aquel hombre que buscaba respuestas y que se acercó a Jesús durante la noche. Pero el evangelista nos lleva mucho más allá de aquella conversación. Nos revela el motivo más profundo de la encarnación: Dios se hizo hombre porque ama. La venida de Cristo al mundo no es fruto de una obligación ni de una necesidad, sino de un amor inmenso, fiel y misericordioso.

Los verbos que destacan en este Evangelio son claros: amar y dar. Dios ama tanto que da lo más precioso que posee: a su propio Hijo. Y ese don alcanza su expresión máxima en la cruz. Cuando contemplamos a Cristo crucificado descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios. No es un amor teórico ni sentimental; es un amor que se entrega hasta el extremo, que asume nuestro sufrimiento y que entra en nuestras heridas para devolvernos la vida.

Pero hay algo más que debemos escuchar con atención. Jesús nos dice que Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta afirmación cambia por completo muchas imágenes equivocadas que a veces tenemos de Dios. Nuestro Dios no busca condenar, sino rescatar; no quiere la muerte del pecador, sino que viva; no se acerca para juzgar, sino para ofrecer misericordia.

Por eso, la fe cristiana no puede estar basada en el miedo. Nicodemo llegó a Jesús en la oscuridad de la noche, pero el encuentro con el Señor lo fue conduciendo hacia la luz. También nosotros estamos llamados a dejar atrás nuestras sombras, nuestros temores y nuestras falsas imágenes de Dios, para descubrir el rostro de un Padre que nos ama sin medida.

Y quien acoge este amor recibe un don extraordinario: la vida eterna. Para san Juan, esta vida no comienza solamente después de la muerte; comienza aquí y ahora. Es la vida misma de Dios que entra en nuestro corazón. Es la gracia de sabernos hijos amados del Padre. Creer en Cristo no significa solamente esperar el cielo; significa vivir ya desde ahora como hijos de Dios.

Por eso celebramos hoy la Santísima Trinidad. No celebramos una teoría difícil ni una fórmula abstracta. Celebramos el misterio de un Dios que es comunión de amor. El Padre ama y entrega al Hijo; el Hijo se ofrece por nuestra salvación; y el Espíritu Santo nos comunica esa vida divina y nos introduce en la intimidad de Dios.

Hermanos, en un mundo marcado tantas veces por el miedo, la incertidumbre y la soledad, el Evangelio nos recuerda una verdad que nunca envejece: Dios ama al mundo, Dios quiere salvar al mundo y Dios nos llama a vivir para siempre en la plenitud de su amor.

Que esta certeza fortalezca nuestra fe y llene de esperanza nuestro corazón. Amén.

martes, 26 de mayo de 2026

Homilía. Memoria obligatoria de María Madre de la Iglesia. 25 de mayo de 2026

Hoy contemplamos con alegría y gratitud a María bajo un título profundamente hermoso y lleno de esperanza: María, Madre de la Iglesia. Este nombre expresa una verdad íntimamente unida al misterio de Cristo y al misterio de todos los creyentes.

El Concilio Vaticano II, especialmente en la constitución Lumen gentium, presenta a María como Madre de todos los miembros del Cuerpo de Cristo. No se trata solamente de un título honorífico, sino de una realidad espiritual viva que acompaña la historia de la Iglesia desde sus comienzos.

María es Madre de la Iglesia, ante todo, porque es la Madre de Jesucristo. Y si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, entonces quien es Madre de Cristo es también Madre de todos aquellos que forman parte de ese Cuerpo. En María contemplamos a la mujer que entregó totalmente su vida al plan de Dios para que el Salvador pudiera habitar entre nosotros.

Pero esta maternidad se manifiesta de manera especial al pie de la cruz. En el Evangelio de san Juan, Jesús dirige al discípulo amado estas palabras: He ahí a tu madre” (Jn 19,27). En ese momento solemne, Cristo no solo confía María a Juan, sino que entrega su Madre a toda la humanidad creyente. La tradición de la Iglesia ha comprendido este gesto como el nacimiento de una maternidad espiritual que alcanza a todos los cristianos.

María también acompaña el nacimiento visible de la Iglesia en Pentecostés. Allí aparece reunida con los apóstoles, perseverando en la oración y sosteniendo la fe de la comunidad naciente. Ella, que recibió primero al Espíritu Santo en la Anunciación, permanece ahora en medio de los discípulos mientras el Espíritu transforma sus corazones y los impulsa a anunciar el Evangelio.

Por eso María no solo pertenece a la historia de la Iglesia: ella permanece presente en su camino. Continúa acompañando espiritualmente a los creyentes, alentando la fe, consolando en las dificultades y guiando siempre hacia su Hijo.

Además, María es el modelo perfecto de la Iglesia. Ella escucha la Palabra de Dios y la acoge con fe. Antes de concebir a Cristo en su seno, lo recibió en su corazón mediante una obediencia total y confiada. La Iglesia aprende de María a escuchar, creer y responder generosamente al llamado de Dios.

María vive completamente unida a Cristo. Toda su existencia está orientada hacia Él. Nunca busca ocupar el lugar del Señor, sino conducir a todos hacia su presencia. Por eso la verdadera devoción mariana siempre lleva a Jesús y jamás se detiene únicamente en María. Ella misma nos repite las palabras pronunciadas en Caná: Hagan todo lo que Él les diga”.

También María enseña a la Iglesia a ser humilde, obediente y contemplativa. En un mundo lleno de ruido y orgullo, María nos muestra el valor del silencio interior, de la confianza en Dios y del servicio sencillo. Ella vive totalmente de Cristo, y la Iglesia descubre en ella su propia identidad y su verdadera misión.

Queridos hermanos, llamar a María Madre de la Iglesia” es reconocer que no caminamos solos. Tenemos una Madre espiritual que intercede por nosotros y nos acompaña en nuestro peregrinar hacia Cristo. Este título es una expresión de esperanza, de comunión y de ternura para todos los creyentes.

Pidamos hoy a María que cuide de la Iglesia, fortalezca nuestra fe y nos enseñe a vivir cada día más unidos a Jesús. Que ella nos ayude a ser discípulos fieles, capaces de escuchar la Palabra, vivir el Evangelio y anunciar con alegría el amor de Cristo al mundo. Amén.

Padre Oscar Angel Naef