sábado, 19 de septiembre de 2026

Homilía. Domingo XXV durante el año. 20 de septiembre de 2026. Mateo 20, 1-16

Queridos hermanos,

El Evangelio de Mateo nos ofrece la parábola de los obreros de la viña (Mt 20, 1-16), una de las imágenes más significativas que Jesús utiliza para revelar el misterio del Reino de Dios. A través de una escena sencilla —un propietario que sale a distintas horas del día para contratar trabajadores—, Jesús nos introduce en una lógica que desborda nuestros criterios habituales y nos permite contemplar algo esencial acerca de Dios, del ser humano y de la salvación.

La parábola comienza con una iniciativa sorprendente: el dueño de la viña sale a buscar trabajadores. Sale por la mañana, vuelve a salir a media mañana, al mediodía, a media tarde y finalmente casi al terminar la jornada. Incluso a la hora undécima continúa buscando. Esta insistencia revela algo fundamental: Dios es quien sale al encuentro del hombre. La vida espiritual no comienza primariamente con nuestro esfuerzo por alcanzar a Dios, sino con la iniciativa amorosa de Dios que nos busca.

Antes de que nosotros pronunciemos nuestro «sí», Él ya ha pronunciado su llamada. Antes de que intentemos amarle, Él ya nos ha amado. Dios no se cansa de salir a la plaza de nuestra existencia.

Aquí aparece uno de los grandes temas de la parábola: el misterio de la vocación. No todos son llamados a la misma hora. Cada persona posee una historia irrepetible, un tiempo particular de maduración y un camino propio. Estar en la plaza esperando que alguien nos llame puede simbolizar la búsqueda de sentido que atraviesa toda existencia humana. Algunos descubren tempranamente su vocación; otros llegan a Dios después de muchos años, de búsquedas, heridas o caminos equivocados.

Pero para Dios nunca es demasiado tarde.

El obrero de la última hora no es un hombre de segunda categoría. También él ha sido visto, llamado y amado. Por eso, la pregunta decisiva no es solamente cuánto tiempo llevamos trabajando, sino si estamos dispuestos hoy a responder a la llamada de Dios. La gracia puede irrumpir en cualquier momento de nuestra historia.

El momento culminante de la parábola aparece al finalizar la jornada. Todos reciben el mismo denario: tanto quienes han trabajado desde el amanecer como quienes apenas han trabajado una hora. Desde la lógica humana, la reacción de los primeros trabajadores parece comprensible. Han soportado el peso y el calor de toda la jornada y consideran que merecen recibir más. Sin embargo, precisamente aquí Jesús revela la novedad del Reino.

El denario puede entenderse como signo de la vida eterna, de la comunión con Dios, un don que no puede reducirse a un salario ni conquistarse por méritos. Dios se entrega a sí mismo y, cuando Dios se da, se da plenamente. Por eso la gracia posee siempre algo de desproporcionado.

El problema de los primeros obreros no consiste en haber recibido poco, sino en que otro haya recibido también mucho. Su mirada está centrada en la comparación. La parábola pone así de manifiesto una de las grandes dificultades de nuestra vida espiritual: queremos medir el amor y los dones de Dios según nuestros propios criterios de mérito y de justicia.

La protesta de los primeros trabajadores revela también la envidia, esa tendencia a considerar que el bien concedido al otro disminuye el nuestro. Sin embargo, la lógica del Reino invita a pasar de la comparación a la comunión. El bien del otro no es una amenaza para nosotros. Cuando uno recibe la gracia, toda la comunidad puede alegrarse.

Por eso, la parábola nos llama a superar el individualismo. En Cristo estamos llamados a comprendernos como miembros de un mismo cuerpo. La gracia concedida a un hermano no nos quita nada; al contrario, nos permite experimentar que el amor de Dios es verdaderamente abundante.

La parábola permite comprender también de un modo nuevo qué significa «trabajar en la viña del Señor». No se trata solamente de hacer muchas cosas, asumir responsabilidades o producir resultados. El verdadero trabajo en la viña no se mide únicamente por la actividad exterior, sino por la disposición interior del corazón.

Una misma tarea puede realizarse por obligación, por vanidad o por deseo de reconocimiento; pero también puede realizarse por amor. Una tarea cotidiana, el cuidado de una persona, una responsabilidad sencilla, una enfermedad aceptada con fe, una dificultad ofrecida a Dios o una oración silenciosa pueden convertirse en trabajo en la viña cuando se viven en unión con Él.

El verdadero obrero de la viña no es simplemente quien «hace cosas para Dios», sino quien vive con Dios. La fecundidad de la existencia cristiana depende no sólo de cuánto hacemos, sino de cuánto permitimos que Dios obre en nosotros.

Aquí aparece otra dimensión profunda de la espiritualidad: dejarnos buscar y dejarnos amar por Dios. No tenemos que fabricar su amor ni conquistar su benevolencia. Dios ya ha salido a nuestro encuentro. Nuestra respuesta consiste en acoger ese amor y permitir que transforme nuestra vida.

La santidad comienza cuando dejamos de intentar comprar el amor de Dios y aprendemos a recibirlo como don.

Desde esta perspectiva, incluso las horas aparentemente más pequeñas de nuestra existencia pueden convertirse en un canto de adoración. Cada momento vivido en unión con Dios adquiere una dimensión nueva. El trabajo, el descanso, el servicio, el sufrimiento y las tareas ordinarias pueden participar de la vida divina cuando son ofrecidos desde el amor.

La palabra de Jesús que precede a esta parábola ilumina su sentido: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros» (Mt 19,30). El Reino invierte nuestras categorías porque la salvación no funciona según los criterios de este mundo. Dios mira el corazón allí donde nosotros miramos los resultados. Dios descubre una posibilidad de comienzo donde nosotros vemos una historia terminada.

Por eso, la parábola de los obreros de la viña nos invita finalmente a la gratitud. Es gracia haber sido llamados temprano; es gracia haber sido llamados tarde; es gracia poder trabajar y es gracia poder comenzar de nuevo.

Quizá todos podamos reconocernos en alguno de esos obreros. A veces somos los de la primera hora; otras veces, los de la última. Y en determinados momentos somos simplemente aquellos que permanecen en la plaza esperando una palabra que dé sentido a nuestra existencia.

Para todos existe la misma invitación: «Vayan también ustedes a mi viña».

No importa únicamente la hora en que escuchamos la llamada. Importa la respuesta que damos cuando la escuchamos. Dios puede transformar una hora entregada con amor en una eternidad de comunión.

El dueño de la viña sigue saliendo. Sigue buscando. Sigue llamando. Y la pregunta que el Evangelio pone hoy delante de nosotros no es cuánto hemos trabajado ni cuánto hemos recibido, sino si hemos descubierto la alegría de haber sido encontrados por Dios.

La verdadera recompensa no es algo añadido al final de la jornada: es haber sido llamado, haber entrado en la viña y haber vivido en comunión con el Señor. Entonces desaparece la comparación, se vence la envidia y queda la alegría humilde de quien puede decir:

«Señor, gracias porque saliste a buscarme. Gracias porque me llamaste en mi hora. Gracias porque me permitiste entrar en tu viña. Y gracias porque también llamaste a mis hermanos».

En el Reino de Dios, los últimos pueden ser primeros y los primeros, últimos, porque todos dependemos de una misma realidad: la gratuidad absoluta del amor de Dios.

Ese amor no se gana: se recibe, se acoge, se deja transformar en nosotros y, finalmente, se entrega. Amén.

Homilía en la Novena de la Virgen de la Merced. 18 de septiembre de 2026

Queridos hermanos:

En el camino de esta novena de Nuestra Señora de la Merced, hoy nos detenemos ante el Dulce Nombre de María.

Pronunciar el nombre de María es pronunciar el nombre de una Madre. Una Madre cuyo corazón está profundamente unido a Cristo. María acogió al Hijo de Dios, lo llevó en su seno, lo contempló, lo acompañó durante toda su vida y permaneció junto a Él incluso en la hora del sufrimiento.

Por eso, su nombre nos conduce siempre a Jesús.

En un mundo tantas veces marcado por la incertidumbre, el dolor y las tinieblas, pronunciar con fe el nombre de María puede ser para nosotros una fuente de consuelo, esperanza y fortaleza. No porque María nos aparte de las dificultades, sino porque nos enseña a atravesarlas sabiendo que no estamos solos.

Pero María nos enseña también algo que hoy necesitamos especialmente: el silencio interior.

El Evangelio nos dice que María guardaba los acontecimientos de Dios y los meditaba en su corazón. Ella sabía permanecer, contemplar y confiar, aun cuando no comprendía todo.

También nosotros necesitamos aprender de ella. Vivimos rodeados de voces, preocupaciones y pensamientos que muchas veces nos dispersan. María nos invita a detenernos, hacer silencio y volver el corazón hacia Dios.

Por eso podemos decir sencillamente:

María, ayúdame a guardar a Dios en mi corazón.
María, aquieta mis pensamientos.
María, enséñame a confiar.

Y este Dulce Nombre se une profundamente al título que celebramos en esta novena: Nuestra Señora de la Merced, Madre de misericordia y libertad.

La Merced nos recuerda la gracia, el perdón y la compasión de Dios hacia quienes sufren y están cautivos. Pero sabemos que existen muchas formas de cautiverio: el miedo, la soledad, la violencia, las adicciones, la desesperanza, el odio y tantas heridas que aprisionan el corazón.

Por eso hoy podemos preguntarnos delante de María: ¿de qué necesito ser liberado? ¿Qué cadena necesito poner en sus manos?

Y también podemos pedir por tantos hermanos que viven situaciones de cautiverio y sufrimiento: por quienes están privados de libertad, por las víctimas de la violencia, por quienes padecen adicciones, pobreza o soledad, por las familias heridas y por quienes han perdido la esperanza.

María de la Merced nos recuerda que la misericordia no consiste solamente en sentir compasión. La misericordia nos mueve a acercarnos, acompañar, servir y comprometernos para que otros puedan recuperar su dignidad y su libertad.

Que esta celebración nos ayude, entonces, a pronunciar con confianza el nombre de María.

Cuando tengamos miedo: María.
Cuando suframos: María.
Cuando no encontremos respuestas: María.
Cuando necesitemos esperanza: María.

Y que, al pronunciar su nombre, ella nos conduzca siempre a Cristo.

Nuestra Señora de la Merced, Madre de misericordia y libertad, enséñanos a guardar a Dios en el corazón, a vivir en su presencia y a ser instrumentos de misericordia para nuestros hermanos.

María, ruega por nosotros. Amén.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Homilía. XXIV domingo durante el año. 13 de septiembre de 2026. Mateo 18, 21-35

Queridos hermanos:

El Evangelio de Mateo nos presenta hoy una de las enseñanzas más exigentes de Jesús: el perdón sin límites. Pedro pregunta: «¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No establece una cantidad, sino que nos invita a perdonar siempre.

Esta enseñanza queda explicada en la parábola del siervo despiadado. Un hombre debe al rey una deuda enorme, imposible de pagar. El rey, movido por la compasión, no solamente le concede más tiempo: le perdona toda la deuda. Pero ese mismo siervo, al encontrarse con un compañero que le debe una cantidad mucho menor, se niega a perdonarlo y exige que pague hasta el último centavo.

La desproporción es evidente. Los diez mil talentos representan una deuda inmensa frente a los cien denarios. Jesús nos hace comprender que la misericordia que recibimos de Dios es infinitamente mayor que cualquier deuda que podamos reclamar a nuestros hermanos.

El primer paso para aprender a perdonar es reconocer nuestra propia necesidad de misericordia. También nosotros somos deudores ante Dios. Tenemos faltas, límites y fragilidades, y no podemos salvarnos por nuestras propias fuerzas. Pero reconocer nuestra miseria no debe llevarnos al desaliento, sino a descubrir a Dios como el que perdona y salva.

El problema del siervo fue que recibió misericordia, pero no permitió que esa misericordia transformara su corazón. Olvidó cuánto había recibido y, por eso, se volvió duro con su hermano.

También nosotros podemos caer en esa contradicción: pedir a Dios comprensión y perdón para nosotros, mientras conservamos resentimientos hacia los demás. Decimos a veces: «Lo olvido, pero no perdono». Sin embargo, el Evangelio nos llama a algo más profundo: no dejar que el rencor tenga la última palabra en nuestro corazón.

Perdonar no significa negar el daño, justificar la injusticia o fingir que nada ocurrió. Significa no devolver mal por mal. Significa romper el círculo de la ofensa y de la venganza. Como enseñaba Benedicto XVI, el mal solamente puede ser verdaderamente vencido mediante un perdón real, y el perdón que transforma profundamente el corazón es, en último término, un don de Dios.

Por eso, cuando Jesús nos pide perdonar «setenta veces siete», nos propone una medida divina, no humana. No perdonamos solamente con nuestras propias fuerzas: necesitamos dejarnos transformar por el amor y la misericordia de Dios.

El círculo se cierra cuando recordamos que nosotros mismos hemos sido perdonados. Quien se sabe deudor rescatado por amor puede comenzar a mirar al hermano con misericordia.

En definitiva, este Evangelio nos invita a vivir desde una certeza: hemos recibido gratuitamente una misericordia inmensa y estamos llamados a ofrecerla a los demás. Solo así el mal puede ser superado: no alimentando el rencor, sino dejando que el perdón de Dios transforme nuestro corazón y se haga vida en nosotros. Amén.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Homilía. XXIII domingo durante el año. 6 de septiembre de 2026. 
Mateo 18, 15-20

El Evangelio de Mateo 18, 15-20 nos coloca ante una realidad muy concreta de la vida cristiana: ¿qué hacemos cuando un hermano se equivoca, peca o hiere la comunión? Jesús nos propone un camino que une verdad, misericordia y responsabilidad comunitaria.

Dice: «Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas». Es significativo que Jesús diga «tu hermano». Antes de mirar su pecado, estamos llamados a recordar su dignidad. Sigue siendo nuestro hermano, alguien por quien Cristo ha entregado su vida. Por eso, la corrección cristiana no puede nacer del desprecio, de la indignación ni del deseo de demostrar que tenemos razón. Su finalidad es clara: «si te escucha, has ganado a tu hermano».

La corrección fraterna es, ante todo, un acto de amor. No busca vencer al otro, sino recuperarlo; no pretende descargar una ofensa recibida, sino ayudar a sanar una herida. Amar no significa aprobarlo todo ni permanecer indiferentes ante el mal. A veces, precisamente porque amamos, debemos encontrar la humildad y la valentía para decir una palabra difícil.

Pero la corrección exige purificar nuestras intenciones. Podemos decir una verdad correcta con un corazón equivocado. Por eso debemos preguntarnos: ¿quiero realmente el bien de mi hermano?, ¿o busco descargar mi enojo, humillarlo o sentirme superior? La verdadera corrección nace de la humildad, porque todos necesitamos ser corregidos y todos vivimos de la misericordia de Dios.

Esto nos ayuda a superar un falso idealismo. La comunidad cristiana no está formada por personas perfectas, sino por hombres y mujeres que han sido alcanzados por la gracia y todavía están en camino. Reconocer la debilidad ajena no significa justificar el pecado, pero tampoco convertirnos en jueces. Dios no mira al ser humano únicamente desde su pecado; ve también el bien que puede ser rescatado y la posibilidad de conversión. Por eso, al corregir, estamos llamados a mirar al hermano con algo de la mirada misericordiosa de Dios.

La corrección fraterna tiene también una dimensión eclesial. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, y en un cuerpo la herida de uno afecta, de algún modo, a todos. El pecado rompe la comunión; la reconciliación la reconstruye. Por eso, la indiferencia ante el mal del hermano tampoco es verdadera caridad. La comunidad cristiana necesita aprender a decirse la verdad con respeto, paciencia y amor.

Este principio alcanza también a quienes tienen responsabilidades pastorales. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos seguimos necesitando conversión. La autoridad no coloca a nadie fuera de la posibilidad de ser corregido. Una Iglesia viva no es aquella donde nadie puede señalar una desviación, sino aquella donde la verdad puede ser pronunciada con libertad, respeto y caridad.

En este contexto comprendemos las palabras de Jesús: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado». El poder de atar y desatar no es un privilegio arbitrario, sino una responsabilidad al servicio de la verdad, de la comunión y de la salvación. La autoridad de la Iglesia tiene una finalidad medicinal. Incluso cuando debe establecer límites frente al pecado grave y obstinado, su horizonte último es la conversión.

Podemos contemplar aquí especialmente el ministerio sacerdotal como un servicio de sanación del alma. El sacerdote no está llamado a condenar al pecador, sino a ayudarlo a reconocer su herida y encontrar el camino de la reconciliación. Por eso es tan importante también «desatar»: cuando el pecador se arrepiente, la Iglesia debe abrir nuevamente las puertas de la comunión. La misericordia no puede mantener prisionero a quien ha regresado a Dios.

Finalmente, Jesús nos conduce a la oración comunitaria: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre», y añade: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No es una frase aislada. Después de hablar de la corrección y la reconciliación, Jesús muestra que la comunidad reconciliada se convierte en lugar de oración y que la oración compartida profundiza la comunión. Podemos contemplarla como una verdadera sinfonía de corazones. Somos diferentes, tenemos historias y sensibilidades distintas, pero cuando nos reunimos en el nombre de Cristo aprendemos a buscar juntos no simplemente nuestros deseos, sino la voluntad de Dios.

No hace falta una multitud para que Cristo esté presente. Basta una pequeña comunidad que se reúna verdaderamente en su nombre. Puede ser una familia, un grupo de oración, una comunidad religiosa o incluso dos personas que, después de un conflicto, deciden reconciliarse y ponerse juntas delante de Dios. Allí Cristo promete hacerse presente.

Podemos contemplar esta realidad desde una dimensión todavía más profunda. El pecado introduce división y desorden en las relaciones; la reconciliación comienza a restaurar la armonía. Cristo es la Palabra viva por quien todo ha sido creado y hacia quien todo está orientado. Por eso, una comunidad que se reconcilia y ora en su nombre se convierte en un pequeño signo de la reconciliación de todas las cosas en Él. La oración comunitaria puede ser contemplada como una participación anticipada en esa gran armonía hacia la que Dios conduce la creación.

Este Evangelio nos muestra un verdadero camino espiritual, la corrección fraterna se convierte en una obra de misericordia, la autoridad en servicio y la oración en una verdadera sinfonía de corazones. Y entonces podemos experimentar la gran promesa de Jesús:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

jueves, 3 de septiembre de 2026

Homilía. 2 de septiembre de 2026. Misa pidiendo por la pronta glorificación de la Venerable Madre Eufrasia. Lucas 4, 38-44

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús acercándose a la suegra de Pedro, que se encuentra enferma y postrada. Jesús no permanece indiferente ante su sufrimiento: se acerca, se inclina, toma su mano y la levanta. Y, una vez curada, ella se pone al servicio de los demás.

En esta sencilla escena podemos contemplar toda la misión de Cristo: acercarse a la humanidad herida, sanar sus heridas, devolverle su dignidad y capacitarla para una vida nueva, vivida en el amor y el servicio.

También podemos reconocer en esta imagen la vida de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, que quiso ser instrumento de Jesús para acercarse a quienes sufrían y estaban más necesitados de cuidado, consuelo y dignidad.

Madre Eufrasia comprendió que seguir a Cristo significaba acercarse a la persona vulnerable. Allí donde había enfermedad, abandono, pobreza o sufrimiento, ella quiso hacer presente la mano misericordiosa de Jesús. No se trataba solamente de atender una necesidad material, sino de mirar a cada persona con los ojos de Cristo y ayudarla a descubrir que su vida tiene valor y dignidad.

Como Jesús con la suegra de Pedro, también Madre Eufrasia se hizo cercana para “levantar”. Levantar significa devolver esperanza, acompañar al que está solo, cuidar al enfermo, sostener al que ha perdido las fuerzas y ayudar a recuperar la confianza. En definitiva, significa colaborar con Cristo para que una humanidad herida pueda volver a ponerse de pie.

Y hay algo especialmente hermoso en el Evangelio: la mujer, después de ser sanada, se pone a servir. La sanación recibida se transforma en servicio. Esta es también la lógica de la vocación cristiana. Jesús no nos levanta para que permanezcamos centrados en nosotros mismos; nos levanta para que nuestra vida se convierta en don para los demás.

La vida de Madre Eufrasia nos recuerda precisamente esto: haber experimentado el amor de Cristo nos convierte en instrumentos de ese mismo amor. El encuentro con Jesús nos transforma y nos impulsa a salir al encuentro de los demás, especialmente de quienes necesitan que alguien les tienda una mano.

Pero el Evangelio nos ofrece también otra enseñanza. Después de su intensa actividad, Jesús se retira a un lugar solitario para orar. La misión nace de la intimidad con el Padre. Jesús sirve porque vive unido al Padre, y de esa unión recibe la fuerza para entregarse.

También Madre Eufrasia comprendió que toda obra apostólica debía nacer de la oración. No basta con hacer muchas cosas por los demás. Necesitamos permanecer unidos a Cristo para que nuestro servicio sea verdaderamente expresión de su amor y no simplemente fruto de nuestras propias fuerzas.

Hoy podemos hacernos nosotros la pregunta que se haría Madre Eufrasia: ¿quiénes son las personas vulnerables que Jesús quiere alcanzar a través de nosotros? Quizás están muy cerca: un enfermo, un anciano, una persona sola, o alguien que ha perdido la esperanza.

Pidamos al Señor que, siguiendo el ejemplo de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, podamos ser sus manos que se acercan, sostienen y levantan. Que allí donde encontremos una vida herida, podamos llevar consuelo; donde haya soledad, presencia;; y donde haya necesidad, servicio y esperanza.

Que podamos decir con nuestra vida: Señor, aquí estoy; haz de mí un instrumento de tu amor para levantar y servir a mis hermanos. Amén.