miércoles, 4 de noviembre de 2026

«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»: Puntos de reflexión para jóvenes universitarios preparando la recepción del Papa León XIV en Argentina

La próxima recepción del Santo Padre León XIV en Argentina constituye una oportunidad privilegiada para que los jóvenes universitarios profundicen en el significado de la misión del Sucesor de Pedro y descubran qué significa pertenecer a una Iglesia que tiene su fundamento en Cristo, vive de la verdad del Evangelio y está llamada a la comunión.

No se trata simplemente de recibir a una personalidad importante, sino de reconocer en el Papa un signo visible de la presencia y continuidad de la misión que Cristo confió a Pedro y a sus sucesores.

A partir del Evangelio y del Catecismo de la Iglesia Católica, proponemos los siguientes puntos de reflexión.

1. El fundamento de la misión petrina: Cristo edifica su Iglesia

«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

La misión de Pedro no nace de una iniciativa humana, de una elección meramente institucional ni de una ambición de poder. Nace de una decisión de Jesucristo.

Es Cristo quien edifica la Iglesia, quien la sostiene y quien le garantiza su permanencia. Pedro recibe una misión particular dentro de esa obra divina.

El Catecismo enseña que Jesús confió a Pedro una autoridad específica: ser la roca sobre la cual se edificaría la Iglesia y recibir las llaves del Reino (CEC 552).

Para reflexionar con los jóvenes:

  • La Iglesia no es propiedad del Papa, de los obispos, de los sacerdotes ni de los fieles. Es de Jesucristo.
  • El Papa no reemplaza a Cristo: lo representa en el ejercicio de una misión pastoral recibida.
  • La autoridad en la Iglesia tiene su origen en Cristo y encuentra en Él su sentido y su finalidad.

2. El Papa como servidor de una Verdad recibida

Uno de los aspectos fundamentales de la misión del Sucesor de Pedro es comprender que su autoridad no es absoluta ni independiente de la Revelación.

El Papa no es dueño de la verdad revelada. Es su servidor, custodio y transmisor.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 86, expresa un principio fundamental:

«El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio».

Esta afirmación tiene consecuencias muy importantes para comprender el ministerio petrino.

Tres dimensiones para profundizar:

a. No es un soberano absoluto

El Papa no puede inventar una nueva fe, modificar arbitrariamente el Evangelio ni enseñar según sus preferencias personales. Su autoridad debe ejercerse en fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición apostólica.

Sus opiniones personales no se convierten automáticamente en enseñanza del Magisterio.

b. Es custodio del Depósito de la fe

El Papa tiene la responsabilidad de conservar, custodiar y transmitir fielmente aquello que la Iglesia ha recibido de Cristo y de los Apóstoles.

El Catecismo, en los números 84-87, desarrolla la relación entre el Depósito de la fe, la Tradición, la Escritura y el Magisterio.

En una sociedad marcada por el relativismo, los cambios culturales y las modas ideológicas, esta misión adquiere una importancia particular: la Iglesia está llamada a anunciar la verdad recibida, no a sustituirla por aquello que resulte más cómodo o popular.

c. El primero en obedecer a Cristo

La autoridad espiritual exige, ante todo, obediencia a Dios.

El Papa está llamado a ser el primero en escuchar la Palabra, dejarse iluminar por ella y vivir en fidelidad a Jesucristo.

La grandeza de su ministerio no consiste en imponer su voluntad, sino en ponerse al servicio de la voluntad de Dios.

Para reflexionar con los jóvenes:

  • La verdad cristiana no depende de las preferencias de cada generación.
  • La fidelidad al Evangelio exige formación, discernimiento y valentía.
  • La verdadera autoridad no se construye desde la imposición, sino desde la fidelidad a Cristo.

3. El Papa, principio visible de unidad y comunión

Jesús confió a Pedro una misión que no se limita a custodiar la verdad, sino que también tiene como finalidad preservar la unidad de su Iglesia.

Antes de su pasión, Jesús le dijo:

«Yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32).

La misión petrina tiene, por tanto, una profunda dimensión pastoral: confirmar a los hermanos en la fe, sostener la comunión y evitar que la Iglesia se fragmente.

El Catecismo enseña:

  • CEC 881: Jesús hizo de Pedro la piedra de su Iglesia y le confió las llaves.
  • CEC 882: El Romano Pontífice es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de los fieles.
  • CEC 883: El Colegio Episcopal no tiene autoridad si no se entiende unido a su cabeza, el Romano Pontífice.

Esta misión de unidad puede comprenderse desde tres dimensiones.

a. Confirmar a sus hermanos en la fe

El Papa está llamado a fortalecer a los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos en la fidelidad a Cristo.

No se trata de uniformar todas las expresiones culturales o pastorales, sino de preservar la unidad en lo esencial de la fe.

b. Articular el Primado y el Colegio Episcopal

La Iglesia no es una estructura individualista ni una organización donde cada uno actúa independientemente.

El ministerio del Sucesor de Pedro y el Colegio Episcopal están llamados a trabajar en comunión.

El Primado del Papa y la colegialidad episcopal no son realidades contrapuestas: se complementan al servicio de la misión de la Iglesia.

El CEC 883-884 ayuda a comprender esta relación.

c. Custodiar la centralidad de la Eucaristía

La Eucaristía es el corazón de la vida de la Iglesia.

En ella, los creyentes participan del único sacrificio de Cristo, reciben su Cuerpo y su Sangre y son incorporados más profundamente a su Cuerpo, que es la Iglesia.

El Catecismo afirma en el CEC 1324:

«La Eucaristía es "fuente y cima de toda la vida cristiana"».

Y el CEC 1396 recuerda que la Eucaristía realiza y fortalece la unidad del Cuerpo místico de Cristo.

La comunión con el Papa no es una adhesión meramente afectiva a una persona: es parte de la comunión eclesial que encuentra su centro en Cristo y se alimenta de la Eucaristía.

Para reflexionar con los jóvenes:

  • No podemos construir una Iglesia desde la división, la descalificación o el enfrentamiento permanente.
  • La diversidad de carismas, culturas y sensibilidades debe vivirse dentro de la comunión.
  • La Eucaristía nos recuerda que todos pertenecemos a un mismo Cuerpo y que Cristo es nuestra unidad.

4. Recibir al Papa significa renovar nuestra pertenencia a la Iglesia

La recepción del Papa León XIV puede convertirse en una ocasión para renovar nuestra conciencia de pertenecer a la Iglesia universal.

Los jóvenes universitarios están llamados a vivir una fe madura, que no sea ingenua ni superficial, sino profundamente arraigada en Cristo y en la enseñanza de la Iglesia.

Esto implica comprender que:

  • La Iglesia no se reduce a sus dificultades, errores humanos o conflictos históricos.
  • La comunión eclesial no significa pensar todos exactamente igual, sino compartir una misma fe y caminar unidos en Cristo.
  • La fidelidad al Papa no es una adhesión ciega a cualquier opinión personal, sino el reconocimiento de su ministerio al servicio de la unidad y de la fe apostólica.
  • La crítica, el discernimiento y las preguntas son compatibles con una auténtica pertenencia eclesial, siempre que se vivan desde la verdad, la caridad y el deseo de construir.

El CEC 857 recuerda que la Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los Apóstoles, conserva y transmite su enseñanza y continúa siendo guiada por sus sucesores.

5. Una responsabilidad particular de los jóvenes universitarios

La universidad es un espacio privilegiado para el encuentro entre la fe, la razón, la cultura y la búsqueda de la verdad.

Por eso, recibir al Sucesor de Pedro también supone asumir un compromiso personal y comunitario.

Proponemos cinco compromisos:

1. Conocer nuestra fe: estudiar el Catecismo, profundizar en la Sagrada Escritura y formarnos en el pensamiento de la Iglesia.

2. Amar la verdad: no reducir la fe a sentimientos o preferencias personales, sino buscar la verdad con inteligencia, humildad y apertura a Dios.

3. Vivir la comunión: evitar las divisiones estériles y trabajar por la unidad en nuestras comunidades universitarias y eclesiales.

4. Participar de la Eucaristía: reconocer que nuestra identidad cristiana se alimenta del encuentro con Cristo.

5. Ser testigos en la sociedad: llevar el Evangelio al mundo universitario, al ámbito profesional, a la cultura y a la vida pública.

martes, 3 de noviembre de 2026

Misa pidiendo por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis. Conmemoración de todos los fieles difuntos. 2 de noviembre de 2026. Evangelio: Juan 6, 37-40

Queridos hermanos,

La Conmemoración de todos los fieles difuntos nos sitúa ante uno de los grandes misterios de nuestra existencia: la muerte. No como una realidad que simplemente interrumpe la vida, ni como un destino que clausura definitivamente nuestra historia, sino como el último paso de nuestra peregrinación hacia Dios.

El Evangelio de Juan nos ofrece hoy una palabra que ilumina profundamente este misterio. Jesús afirma: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré» (Jn 6, 37). En esta afirmación encontramos una de las certezas más consoladoras de nuestra fe: el hombre que acude a Cristo es recibido sin condiciones, acogido en su fragilidad, en su historia, en sus búsquedas y también en sus heridas. Nadie que se acerque a Él queda fuera de su amor.

Y es precisamente desde esta acogida incondicional donde podemos comprender el sentido cristiano de la muerte. Porque, de algún modo, saber vivir significa también saber morir. No se trata de aprender a resignarnos ante el final, sino de aprender a vivir cada día en una entrega confiada, hasta hacer de toda nuestra existencia una ofrenda al Padre.

La fe cristiana no es una esperanza abstracta de supervivencia del alma después de la muerte. Es mucho más: es la certeza de que la persona entera, con su identidad, su historia, sus vínculos, sus amores y todo aquello que ha construido desde la gracia, está llamada a permanecer en Dios. Nuestra vida no cae en el olvido. Cada existencia es preciosa para Él y ninguna historia de amor vivida en Cristo se pierde.

Por eso Jesús no dice solamente que quienes creen en Él tendrán vida eterna, sino que añade una promesa concreta: «Yo lo resucitaré en el último día». La esperanza cristiana tiene un horizonte definitivo: la resurrección de los cuerpos, la redención de toda la persona y la comunión plena con Dios. No esperamos simplemente continuar existiendo: esperamos ser resucitados por Cristo.

1. La muerte como compañera de camino, velo y paso hacia Dios

A lo largo de la tradición espiritual cristiana, la comprensión de la muerte ha adquirido distintas imágenes que, lejos de contradecirse, nos permiten contemplar diferentes dimensiones de un mismo misterio.

En una primera mirada, la muerte fue contemplada como compañera de camino, como una realidad que acompaña la existencia humana y cuyo tiempo pertenece al designio de Dios. Esta perspectiva, que reconoce nuestra condición de peregrinos, no pretende glorificar la muerte, sino ayudarnos a asumir nuestra condición de criaturas. El hombre no es dueño absoluto de su tiempo: camina hacia una plenitud que no puede darse a sí mismo.

Esta conciencia puede convertirse en una experiencia profundamente positiva, porque nos recuerda que nuestra vida tiene una dirección y un destino. Somos peregrinos llamados a vivir en comunión con Dios. La muerte, entonces, nos recuerda que no hemos sido creados para permanecer indefinidamente en este mundo, sino para alcanzar la plenitud de nuestra vocación.

Más adelante, especialmente en la espiritualidad carmelitana, la muerte fue contemplada como un velo que se corre. Esta imagen expresa una intuición mística muy profunda: aquello que durante la vida se experimenta en la fe, en la oscuridad, en la búsqueda y en el deseo, alcanza con la muerte su plenitud en la comunión con Dios. El velo no destruye la relación, sino que permite contemplar cara a cara a Aquel a quien hemos amado y buscado.

La muerte no es, desde esta perspectiva, el comienzo de una relación nueva con Dios, sino la consumación de una relación que ha ido creciendo a lo largo de toda la existencia.

En esta misma línea podemos recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien contempló la muerte como el último paso humano-divino que nos toca dar en esta vida: un paso que, vivido en Cristo, no significa separarnos de Dios, sino continuar unidos a Él en la eternidad. Es el paso de la fe a la visión, de la esperanza a la posesión, del amor vivido en el tiempo al amor plenamente realizado.

Así, la muerte cristiana no puede comprenderse separada del misterio pascual. Morir es entrar con el Hijo en su entrega al Padre. Es confiar nuestra existencia a Aquel que ha atravesado la muerte y la ha vencido. Es participar, desde nuestra condición humana, de esa relación filial de entrega, confianza y amor que Jesús vive eternamente con el Padre.

Cada experiencia de muerte que atravesamos a lo largo de nuestra vida puede convertirse, entonces, en una oportunidad para entrar más profundamente en esta dinámica pascual: morir a aquello que nos retiene, desprendernos de nuestras seguridades, aceptar los límites, entregar lo que amamos y confiar en que Dios puede hacer brotar vida allí donde nosotros solo vemos pérdida.

2. Madre Eufrasia Iaconis: una biografía marcada por la Pascua

Esta perspectiva teológica y espiritual encuentra una expresión particularmente elocuente en la vida de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

Su itinerario no estuvo exento de experiencias de muerte. Por el contrario, su historia estuvo marcada por sucesivas rupturas, desprendimientos, pérdidas y comienzos. Sin embargo, en cada una de ellas podemos descubrir una mujer que aprendió a vivir desde la comunión con Jesús, haciendo de cada dificultad una oportunidad para renovar su entrega.

Su primera gran experiencia de muerte fue dejar su tierra. Abandonar Italia para venir a la Argentina significó desprenderse de sus raíces, de sus afectos, de lo conocido y familiar. Llegar a Buenos Aires implicó comenzar nuevamente, en una cultura distinta, con otro idioma y en medio de circunstancias que exigían una profunda disponibilidad interior.

Dejar la propia tierra es, de algún modo, aceptar morir a una parte de uno mismo para que pueda nacer algo nuevo. Madre Eufrasia hizo de ese desprendimiento una respuesta de amor. No llegó simplemente para establecer una obra, sino para entregar su vida a una misión que comprendía como voluntad de Dios.

También tuvo que experimentar la muerte de aquello que había constituido su pertenencia congregacional. El cierre de la congregación a la que pertenecía por disposición de la Santa Sede significó una ruptura dolorosa. Podría haber sido el final de su camino, la desaparición de una obra y de un proyecto al que había entregado su existencia.

Sin embargo, en medio de aquella experiencia de despojo, se abrió paso una nueva inspiración. Allí donde humanamente parecía no haber continuidad, Dios hizo nacer una posibilidad: fundar una nueva congregación.

La fundación no fue un camino triunfal ni estuvo exenta de incertidumbres. Fue un itinerario sembrado de dificultades, de decisiones complejas y de situaciones que exigieron perseverancia. Pero precisamente allí se manifestó la fecundidad de una vida entregada: cuando todo parecía morir, la confianza en Dios permitía volver a comenzar.

También su regreso a Italia para abrir un noviciado fue una nueva experiencia de desprendimiento. Desde allí continuó alentando la obra en Argentina, sosteniendo a sus hijas espirituales y manteniendo vivo el impulso misionero. La distancia física no significó ausencia, porque la comunión verdadera no se mide por la cercanía geográfica, sino por la permanencia en el amor.

Más tarde regresó para formalizar la fundación, procurando dar estabilidad y reconocimiento a la obra naciente. Tampoco entonces desaparecieron las dificultades. Su existencia estuvo atravesada por obstáculos que parecían multiplicarse, pero su respuesta fue seguir adelante, sosteniendo aquello que había recibido como misión.

En todas estas experiencias podemos reconocer una constante: Madre Eufrasia fue aprendiendo a morir a sus propios proyectos, a sus seguridades y a sus expectativas, para permanecer disponible a la voluntad de Dios.

No se trata de idealizar el sufrimiento ni de afirmar que toda pérdida sea buena en sí misma. Se trata de reconocer que una vida unida a Cristo puede atravesar las pérdidas sin quedar definida por ellas. La gracia transforma el despojo en disponibilidad, la incertidumbre en confianza y la dificultad en una nueva posibilidad de entrega.

3. El Pirovano: el último despojo y la consumación de una vida entregada

Quizás una de las experiencias más significativas de este itinerario pascual fue la enfermedad que condujo a Madre Eufrasia hacia el final de su vida.

Después de tantos años de entrega, de viajes, de fundaciones, de luchas y de preocupaciones por sus hijas espirituales, llegó el tiempo de la fragilidad física. Aquella mujer que había sostenido tantas obras y acompañado tantas vidas tuvo que experimentar ahora su propia vulnerabilidad.

Su enfermedad, el sufrimiento y la internación en el Hospital Pirovano constituyeron el último escenario de su peregrinación terrena.

Hay aquí un signo de particular profundidad espiritual: el hospital donde fue internada era precisamente un lugar en el que ella había fundado una comunidad.

El espacio de su misión se convirtió también en el espacio de su sufrimiento. El lugar donde había procurado llevar el consuelo de Dios a otros se transformó en el lugar donde ella misma debió vivir la experiencia de necesitar cuidado, atención y compañía.

Podemos contemplar este momento como el último despojo de una mujer que había hecho de su existencia una entrega. Aquella que había dejado su tierra, su idioma, su primera pertenencia congregacional y tantas seguridades, ahora debía entregar también su propia salud y sus fuerzas.

Pero la muerte, para quien vive en Cristo, no es una derrota definitiva. Es el momento en que la entrega alcanza su expresión última. Es el paso en el que toda la existencia queda confiada al Padre, siguiendo el camino del Hijo.

Madre Eufrasia había vivido muchas muertes y muchos renacimientos. Su última enfermedad no fue una experiencia ajena a su espiritualidad, sino la culminación de un camino en el que había aprendido a permanecer en Jesús.

Podemos contemplarla como una mujer santa que, habiendo buscado la voluntad de Dios en cada etapa de su existencia, llegó finalmente al umbral de la eternidad. Allí donde ya no era posible seguir trabajando, fundando o viajando, quedaba lo esencial: permanecer en el amor de Cristo.

Su vida nos invita a imaginarla participando ya de la comunión de los santos, en la esperanza de aquella plenitud que la Iglesia proclama para todos los fieles difuntos: la resurrección de los cuerpos y la participación definitiva en el banquete del Reino.

4. «Que no pierda nada de lo que Él me dio»: la memoria de Dios y la glorificación de los santos

Hay una expresión del Evangelio de hoy que adquiere una resonancia especial cuando pensamos en Madre Eufrasia. Jesús afirma que la voluntad del Padre es que no pierda nada de lo que le ha dado, sino que lo resucite en el último día (cf. Jn 6, 39).

Esta palabra nos permite contemplar la vida de los santos desde una perspectiva profundamente esperanzadora. Dios no pierde nada de aquello que se ha entregado a Él por amor. No se pierden los esfuerzos silenciosos, las renuncias escondidas, las lágrimas derramadas, las obras realizadas en medio de la incertidumbre ni las semillas sembradas sin llegar a contemplar sus frutos.

La vida de Madre Eufrasia es una historia que Dios no ha olvidado. Su obra, su entrega y su fidelidad continúan hablando a la Iglesia. Su testimonio permanece vivo en sus hijas espirituales y en todos aquellos que descubren, a través de su camino, la fuerza de una existencia configurada con Cristo.

Por eso, en esta celebración de los fieles difuntos, al mismo tiempo que elevamos nuestra oración por todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe, pedimos especialmente por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

No lo hacemos solamente para que su figura sea reconocida, sino para que su testimonio pueda iluminar con mayor fuerza la vida de la Iglesia y alentar a quienes hoy continúan su misión.

La glorificación de los santos no es simplemente el reconocimiento de una vida extraordinaria. Es también la proclamación de que la gracia de Dios puede transformar una existencia humana y hacerla signo de su presencia en el mundo.

En este sentido, pedir por la pronta glorificación de Madre Eufrasia significa pedir que la Iglesia pueda reconocer públicamente la fecundidad de una vida que se dejó conducir por el Señor, una mujer que supo atravesar las muertes de la existencia sin abandonar la confianza en Aquel que es la Vida.

5. Una invitación para nuestra propia peregrinación

La celebración de hoy no nos invita únicamente a mirar hacia quienes han partido. Nos invita también a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra propia existencia.

Porque todos conocemos experiencias de muerte: dejar algo que amamos, abandonar una tierra, aceptar una separación, atravesar una enfermedad, experimentar el fracaso de un proyecto, perder seguridades o descubrir que nuestras fuerzas ya no son las mismas.

A veces queremos evitar toda experiencia de despojo. Sin embargo, el Evangelio nos enseña que la vida verdadera no consiste en aferrarnos a todo, sino en aprender a entregar todo en las manos del Padre.

La vida de Madre Eufrasia nos recuerda que no hay que temer los comienzos difíciles, que una obra de Dios puede renacer incluso después de una pérdida y que la fidelidad no consiste en tener siempre el camino despejado, sino en permanecer unidos a Jesús cuando el camino se vuelve oscuro.

En este día, el Señor vuelve a decirnos: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré».

Esta es nuestra seguridad. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Alguien. Nuestra existencia tiene un destino de comunión. Y cada día, cada entrega y cada acto de amor, vivido en Cristo, nos prepara para ese encuentro definitivo.

La muerte será el último paso de nuestra peregrinación, pero no tendrá la última palabra. La última palabra pertenece a Cristo, que ha vencido la muerte y nos promete resucitarnos en el último día. Amén.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Homilía. Solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre de 2026. Reflexión a partir de 1 Juan 3, 1-3

Queridos hermanos,

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar el misterio de la santidad de Dios y su proyecto de amor para toda la humanidad. La Primera Carta de San Juan (3, 1-3) nos ofrece la clave para comprender esta celebración: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!». En estas palabras encontramos el fundamento de nuestra vocación a la santidad.

1. Solo Dios es Santo

La santidad pertenece, ante todo, a Dios. Él es el Santo, la fuente de toda vida y de todo amor. Su santidad no es simplemente una perfección moral, sino la plenitud de su ser, su amor absoluto y su fidelidad sin límites. Nosotros no somos santos por nuestras propias fuerzas ni por nuestros méritos, sino porque Dios, en su infinita bondad, nos comunica su vida y nos hace partícipes de su santidad.

Por eso, la santidad comienza siempre en Dios y es, ante todo, un don de su gracia. Antes de cualquier esfuerzo humano está la iniciativa amorosa del Padre, que nos busca, nos llama y nos invita a vivir en comunión con Él.

2. Por el Bautismo somos llamados a participar de la santidad

San Juan nos recuerda que el amor del Padre ha llegado a nosotros hasta hacernos hijos suyos: «Ahora somos hijos de Dios». Esta es nuestra dignidad más profunda y el gran don que hemos recibido por el Bautismo. Incorporados a Cristo, hemos nacido a una vida nueva y hemos sido hechos hijos de Dios por la gracia.

Por tanto, la santidad no es una vocación reservada a unos pocos ni un ideal imposible para personas extraordinarias. Es la llamada universal que nace de nuestro Bautismo. Ser santos significa dejar crecer en nosotros esa vida divina, permitir que el amor de Dios transforme nuestra manera de pensar, sentir, decidir y relacionarnos. Es vivir como hijos, reflejando en nuestra vida los sentimientos y las actitudes de Jesucristo.

Los santos que hoy celebramos son testimonio de que esta vocación puede realizarse en cualquier época, cultura y condición de vida. Ellos acogieron la gracia de Dios y permitieron que diera fruto en su existencia cotidiana.

3. Santidad, comunión y esperanza

San Juan añade una afirmación llena de esperanza: «Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Nuestra filiación divina ya es una realidad, pero todavía esperamos su plenitud. Caminamos en medio de las dificultades y limitaciones de la vida, sostenidos por la promesa de participar definitivamente de la vida de Dios.

Esta esperanza nos recuerda que no caminamos solos. Formamos parte de la comunión de los santos: una única Iglesia, unida en Cristo, que comprende a quienes peregrinamos en la tierra y a quienes ya contemplan la gloria de Dios. Los santos son nuestros hermanos, que nos acompañan con su ejemplo e intercesión y nos animan a permanecer fieles al Evangelio.

Pero esta esperanza no nos aleja de la realidad presente. Al contrario, san Juan concluye: «Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica, porque él es puro». Esperar encontrarnos con Dios significa comenzar a vivir desde ahora según su amor: perdonando, sirviendo, compartiendo, practicando la justicia y permaneciendo fieles en las pruebas. La santidad se construye también en los gestos sencillos y cotidianos de cada día.

4. Celebrar Todos los Santos

Celebrar la solemnidad de Todos los Santos es reconocer y agradecer la obra de Dios en sus hijos. Es contemplar en ellos la meta a la que todos estamos llamados y renovar nuestra esperanza de alcanzar la plenitud de la vida divina.

Hoy no solamente recordamos a quienes llegaron a la gloria del cielo; también celebramos nuestra propia vocación. Esta fiesta nos invita a preguntarnos: ¿vivimos como verdaderos hijos de Dios? ¿Dejamos que la gracia del Bautismo transforme nuestra vida? ¿Nuestra esperanza en la eternidad se manifiesta en el amor y el servicio a los demás?

La santidad no es una carga ni un camino reservado a unos pocos. Es el camino de la verdadera felicidad, porque consiste en vivir unidos a Dios, que nos ama y nos ha creado para participar de su vida.

Que la multitud de santos que hoy celebramos nos anime a caminar con alegría y fidelidad, confiando en que Dios llevará a plenitud la obra que ha comenzado en nosotros.

Recordemos siempre las palabras de san Juan: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!».

Esta es nuestra identidad, el don recibido en el Bautismo, nuestra esperanza y el fundamento de nuestra llamada a la santidad.

Amén.