Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia nos conduce al desierto con Jesús a través del relato de las tentaciones en el Evangelio de Mateo (4,1-11). Lo que podría plantearse como un episodio lejano no lo es, allí está la palabra viva que ilumina nuestro presente.
La Cuaresma —cuarenta días hacia la Pascua— es un camino de conversión. Intensificamos la oración, el ayuno y la limosna no como prácticas externas, sino como medios para participar realmente en la muerte y resurrección de Cristo. En un mundo donde Dios se vuelve secundario, este tiempo nos devuelve a lo esencial: sin Él, sin Jesús, no comprendemos ni al hombre ni su historia.
El Espíritu lleva a Jesús al desierto, lugar de prueba y de verdad. Allí Israel fue infiel; allí Adán cayó. Jesús, nuevo Adán y nuevo Israel, permanece fiel en nombre de todos. Las tentaciones que enfrenta tienen un mismo núcleo: construir un mundo sin Dios. Veamos cada una de ellas.
Primera tentación: “Di que estas piedras se conviertan en panes”. Es la absolutización de lo material. Creer que el hombre se salva solo resolviendo el hambre y los problemas económicos. Jesús responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El pan es necesario, pero no suficiente. Sin la Palabra, el corazón queda vacío. El ayuno nos educa en esta verdad: no somos esclavos de nuestras necesidades; estamos hechos para Dios.
Segunda tentación: lanzarse del templo para que Dios intervenga milagrosamente. Es instrumentalizar a Dios, exigir pruebas, convertir la fe en espectáculo. Jesús responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. La oración auténtica no manipula; confía. Nos enseña a depender filialmente del Padre y a descubrir en Él nuestra verdadera identidad.
Tercera tentación: recibir todos los reinos del mundo a cambio de adoración. Es la seducción del poder: instaurar el bien mediante dominio y éxito. Jesús rechaza esa vía: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”. El poder sin amor termina en opresión. Frente a la lógica del dominio, Cristo propone la lógica del don. La limosna, entendida como misericordia, nos libera del egoísmo y nos introduce en la fraternidad.
En cada tentación resuena: “Si eres Hijo de Dios…”. El ataque va a su filiación divina. Se lo invita a usar su poder de manera autónoma, separada del Padre. Pero Jesús muestra que la verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere, sino amar lo que el Padre quiere. Su libertad está enraizada en la obediencia amorosa.
También nosotros somos tentados a vivir como si Dios fuera accesorio. Se nos promete seguridad material, éxito, eficacia. Pero perder el sentido de Dios es perder también el sentido del pecado, de la Redención y de nuestros propios desafíos o también de los conflictos.
Este Evangelio, sin embargo, es ante todo esperanza. Jesús vence con la fuerza humilde de la Palabra. No elimina nuestras pruebas, pero abre un camino. Su victoria nos invita a reconocer nuestra fragilidad y a confiar.
Al iniciar estos cuarenta días, entremos con Cristo en el desierto. Practiquemos la oración, el ayuno y la limosna. Redescubramos que el hombre no vive solo de pan, ni de poder, ni de espectáculo: vive de Dios. Y solo en Él encuentra la vida nueva que la Pascua promete. Amén
P Oscar Angel Naef
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