Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, al comenzar este santo tiempo de Cuaresma con la imposición de la ceniza, la Palabra de Dios nos sitúa ante lo esencial. El Evangelio según Mateo nos transmite una enseñanza clara de Jesús: “Cuídense de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”.
Con estas palabras, el Señor nos invita a revisar la intención profunda de nuestro corazón. No se trata simplemente de hacer cosas buenas, sino de preguntarnos: ¿para quién las hacemos? ¿Buscamos la mirada de los demás o la mirada amorosa del Padre?
La Cuaresma que hoy comenzamos no es un tiempo de apariencias, sino de verdad. La ceniza que recibimos en nuestra frente es signo de humildad y arrepentimiento. Nos recuerda nuestra fragilidad y nuestra necesidad de Dios. Como proclamaba el profeta Joel: “Rasguen los corazones y no las vestiduras”. Dios no quiere gestos externos vacíos; quiere un corazón convertido.
Jesús nos habla de tres prácticas concretas: la limosna, la oración y el ayuno. No las suprime, no las desprecia. Al contrario, las purifica.
Cuando des limosna —nos dice— que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. La caridad verdadera no busca aplausos. No es exhibición ni propaganda. Es misericordia silenciosa, es amor que nace de un corazón tocado por Dios. Cuando ayudamos al necesitado en lo secreto, el Padre ve ese gesto y lo convierte en bendición.
Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre. ¡Qué llamada tan hermosa a la interioridad! En medio del ruido, de la prisa y de tantas distracciones, el Señor nos invita a entrar en lo más profundo de nosotros mismos. Allí, donde nadie más llega, Dios nos espera. Allí se da el verdadero encuentro. Allí se renueva nuestra vida.
Y cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara. El ayuno no es tristeza ni espectáculo. Es libertad. Es aprender a decir “no” a lo superficial para decir “sí” a lo esencial. Hoy la Iglesia nos invita al ayuno y a la abstinencia como signo concreto de penitencia y renovación. Pero el verdadero ayuno es el que ensancha el corazón y lo dispone para la gracia.
“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Esa recompensa no es fama ni prestigio. Es paz interior. Es libertad. Es comunión con Dios. Es la alegría de la Pascua que ya comienza a vislumbrarse en el horizonte.
Que esta Cuaresma sea un verdadero camino interior. Que la ceniza que hoy recibimos no se quede en un gesto externo, sino que marque el inicio de un proceso profundo de conversión.
Y que, al llegar la Pascua, podamos celebrar con un corazón renovado el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Amén.
P. Oscar Angel Naef
