En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos conduce de la mano al monte santo, al relato de la Transfiguración en el Evangelio según Mateo (17, 1-9). Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva a un monte alto, que la tradición ha reconocido como el Monte Tabor. Allí, ante sus ojos asombrados, su rostro resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz.
No es un milagro más. No es un espectáculo. Es un regalo. Es un anticipo luminoso de la Resurrección, ofrecido a los discípulos antes del escándalo de la cruz. Jesús sabe que se acerca la Pasión, que el camino hacia Jerusalén será duro, que la fe de los suyos será probada. Por eso les concede vislumbrar la gloria futura, para que cuando llegue la oscuridad no olviden la luz.
También nosotros, en la Cuaresma, caminamos hacia Jerusalén. Caminamos hacia la Pascua. Y el Señor nos regala esta escena para fortalecer nuestra esperanza. La luz del Tabor no elimina la sombra del Viernes Santo, pero le da sentido. Nos enseña que el camino hacia la gloria pasa necesariamente por el sufrimiento unido a Cristo. La cruz no es fracaso: es tránsito.
Pedro, deslumbrado, exclama: “Señor, ¡qué bien estamos aquí!”. Es comprensible. Cuando experimentamos la cercanía de Dios, quisiéramos quedarnos allí, detener el tiempo, fijar el momento. Pero la voz del Padre irrumpe en la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. No dice: “Contémplenlo y quédense”. Dice: “Escúchenlo”. Es una llamada al seguimiento, a la obediencia, al camino.
Y entonces ocurre algo decisivo: “No vieron a nadie más que a Jesús solo”. Desaparecen Moisés y Elías. Se disipa la nube. Queda solo Cristo. Esta frase es el corazón del mensaje. En la Cuaresma estamos llamados a despojarnos de todo lo accesorio para quedarnos con Él. A buscar a “Jesús solo” en la vida cotidiana, en lo sencillo, en lo ordinario, incluso —y sobre todo— en el sufrimiento.
Porque después del monte, hay que bajar. La experiencia del Tabor no es evasión, es preparación. Los discípulos descienden hacia el valle donde les esperan el dolor humano, la enfermedad, la incomprensión y, finalmente, la Pasión. También nosotros, después de cada Eucaristía, después de cada momento de oración, volvemos a nuestras casas, a nuestro trabajo, a nuestras luchas. Pero volvemos distintos: llevamos dentro la luz de Cristo.
La Transfiguración nos enseña que el mismo Jesús que brilla en el monte es el que será desfigurado en la cruz. Es el mismo. Su gloria y su entrega no se contradicen. Por eso, cuando abrazamos nuestra propia cruz, cuando atravesamos momentos de oscuridad, sabemos que no estamos solos y que el sufrimiento no tiene la última palabra.
Hermanos, la Cuaresma no es un tiempo triste, es un tiempo de esperanza exigente. Es un camino decidido hacia la Pascua. La experiencia del Tabor nos asegura que la victoria final ya está sembrada en la historia. La luz ya ha vencido, aunque todavía caminemos entre sombras.
Pidamos al Señor la gracia de subir al monte con Él en la oración, de escuchar su voz con corazón dócil y, sobre todo, de bajar después con valentía, llevando su luz a quienes viven en el valle del dolor. Que en medio de nuestras pruebas podamos recordar siempre que, más allá de la nube, permanece “Jesús solo”: nuestra fuerza, nuestra esperanza y nuestra gloria futura.
Amén.
Padre Oscar Angel Naef
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