Queridos hermanos:
En este tiempo santo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos conduce al corazón mismo del Evangelio: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso… Den y se les dará” (cf. Lucas 6,36-38). No estamos ante un simple consejo moral; estamos ante una llamada a participar de la vida misma de Dios.
Y aquí resuena con fuerza la voz de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis. En una carta del 22 de mayo de 1916, escribía a la hermana Paolina Cozzi: “vivir de manera que puedas unirte diariamente a Dios nuestro Señor sin dejar nunca la Comunión”. ¡Qué profundidad y qué actualidad tienen estas palabras para nosotros hoy!
Madre Eufrasia no propone un ideal inalcanzable, sino un camino concreto: la unión diaria con Dios. Porque la misericordia que Jesús nos pide —no juzgar, no condenar, perdonar, dar sin medida— no nace simplemente de la buena voluntad humana. Humanamente, amar al que nos hiere, perdonar al que nos ofende, dar sin esperar nada a cambio, parece imposible. Pero lo que es imposible para el hombre se vuelve posible cuando el alma vive unida a Dios.
“Sean misericordiosos como el Padre…” Esta es la medida: el Padre. Y Eufrasia comprendió que solo permaneciendo en comunión constante con el Señor el corazón puede transformarse. Cuando el alma está llena de gracia, se convierte en reflejo de la Trinidad. Entonces el amor ya no es cálculo; es don. El perdón ya no es debilidad; es fuerza divina actuando en nosotros.
La Cuaresma nos recuerda que este camino pasa por la cruz. No juzgar implica callar cuando quisiéramos defendernos. Perdonar implica abrazar el dolor. Dar implica desprenderse de seguridades. Eufrasia Iaconis vivió esta lógica del amor crucificado: entendió que la verdadera generosidad se aprende uniendo el propio sufrimiento al corazón de Cristo crucificado. Allí nuestro corazón se purifica, se ensancha y aprende a amar sin medida.
Y cuando el Señor dice: “Den y se les dará”, no habla de una recompensa humana. Habla de una ley espiritual: el corazón que se abre totalmente a Dios queda inundado por Él. Eufrasia lo sabía por experiencia. Quien vive en comunión constante recibe una “buena medida, apretada, sacudida y desbordante”: la plenitud del amor divino. Y un corazón lleno de Dios no puede guardarse nada; necesariamente se convierte en fuente para los demás.
Hermanos, la Cuaresma no es solo esfuerzo ni disciplina exterior. Es transformación interior. Es permitir que la vida divina nos invada hasta hacernos capaces de dar y perdonar con la misma generosidad del Señor.
Hoy, más que nunca, dejémonos interpelar por el consejo de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis: vivamos de tal manera que podamos unirnos cada día a Dios sin dejar nunca la Comunión. Porque solo así nuestra misericordia será verdadera, nuestro dar será generoso y nuestra vida reflejará el amor infinito de la Trinidad.
Que esta Cuaresma nos encuentre unidos a Cristo, para que, llenos de Él, podamos amar como Él. Amén.
Padre Oscar Angel Naef
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