domingo, 19 de abril de 2026

Homilía. Domingo III del tiempo Pascual. 19 de abril de 2025

Queridos hermanos:

El pasaje de los discípulos de Emaús, narrado en el Evangelio de Lucas (Lc 24,13-35), nos introduce en un camino profundamente humano y, al mismo tiempo, divino: el paso de la desolación a la fe, de la tristeza al encuentro vivo con Cristo.

Aquellos discípulos abandonan Jerusalén con el corazón abatido. Han visto morir a Jesús y, con Él, parecen haber muerto también sus esperanzas. Caminan, conversan, recuerdan… pero no comprenden. Y así, aunque Jesús mismo se acerca y camina con ellos, no son capaces de reconocerlo. Esto nos interpela: también nosotros, muchas veces, vivimos situaciones en las que Cristo está presente, pero nuestra fe débil nos impide descubrirlo.

Sin embargo, el Señor no los abandona. Se hace compañero de camino y, con paciencia, comienza a explicarles las Escrituras. Les muestra que todo lo sucedido —la pasión, el sufrimiento, la cruz— no fue un fracaso, sino parte del plan de Dios. Entonces ocurre algo misterioso: sus corazones comienzan a arder. No se trata de una simple emoción, sino del fuego del Espíritu Santo que ilumina, que transforma, que da sentido. Es el fuego del amor divino que permite comprender que el dolor, unido a Cristo, no es inútil, sino camino hacia la gloria.

Y cuando el día declina, los discípulos le dicen: Quédate con nosotros”. ¡Qué hermosa oración! Es la súplica de quien empieza a intuir que sin Cristo todo se oscurece. También nosotros estamos llamados a decirle: quédate, Señor, en nuestra vida, en nuestro corazón. Hagamos de nuestra alma una morada para Él, un espacio de intimidad donde pueda habitar.

Entonces llega el momento culminante. Sentados a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte… y se lo da. Y en ese gesto, sus ojos se abren: lo reconocen. Es en la fracción del pan donde descubren al Resucitado. Allí comprendemos que la Eucaristía no es un simple símbolo, sino presencia real: Cristo vivo que se entrega como alimento de nuestras almas, con todo su ser, para transformarnos desde dentro.

Pero ese pan partido es inseparable de la cruz. Es el mismo Cristo que ha sufrido y que ahora vive. En la Eucaristía encontramos al Crucificado-Resucitado, al que ha derramado su sangre por amor y que ahora nos fortalece en nuestras propias luchas. Por eso, cuando participamos de este misterio, aprendemos también a reconocerlo en medio de nuestras dificultades, en nuestras cruces cotidianas.

Y finalmente, sucede algo decisivo: los discípulos se levantan y regresan a Jerusalén. Ya no están tristes, ya no tienen miedo. Han encontrado al Señor. Y quien lo encuentra, no puede quedarse en silencio. Se convierten en testigos, en anunciadores de la resurrección.

Hermanos, este es también nuestro camino. Estamos llamados a dejarnos iluminar por la Palabra, a experimentar el corazón ardiente, a reconocer a Cristo en la Eucaristía y a acogerlo en lo más íntimo de nuestra vida. Solo así nuestra tristeza se transformará en alegría, y nuestro camino en misión.

Que también nosotros podamos decir, con verdad: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?” Y que, al reconocerlo en el partir el pan, tengamos la valentía de anunciarlo con nuestra vida. Amén.

Padre Oscar Angel Naef