Queridos hermanos:
El Evangelio que hemos escuchado, Juan 20, 1-9, no es simplemente el relato de un hecho pasado, sino la narración de un camino interior, un camino que también nosotros estamos llamados a recorrer. Es el paso de la oscuridad a la luz, de la duda a la fe, de la muerte a la vida.
Todo comienza en un clima de profunda oscuridad. María Magdalena va al sepulcro “cuando todavía estaba oscuro”. No es solo una referencia al amanecer: es la imagen del corazón humano cuando ha perdido a Dios, cuando se encuentra desorientado, herido, sin respuestas. Sin embargo, hay algo decisivo: María busca. Incluso en la noche, incluso sin entender, se pone en camino. Y eso ya es un signo de esperanza. Porque quien busca, aun en la oscuridad, está ya acercándose a la luz.
El hallazgo del sepulcro vacío introduce desconcierto. No hay todavía una proclamación clara de la Resurrección, sino un signo: la tumba está vacía. Y este signo, por sí solo, no obliga a creer. Puede ser interpretado de distintas maneras. Por eso, los discípulos corren al sepulcro.
Pedro entra primero. Observa, examina, constata los detalles: los lienzos, el sudario cuidadosamente colocado. Su mirada es concreta, atenta, pero aún no alcanza el sentido pleno de lo que ha sucedido.
Luego entra el otro discípulo, el discípulo amado. Y el Evangelio nos dice algo sorprendente: “vio y creyó”. No vio a Jesús resucitado. No tuvo una aparición. Vio lo mismo que Pedro. Pero supo leer esos signos de otra manera. Comprendió que aquello no era un desorden, no era un robo, no era una derrota. Era el inicio de algo totalmente nuevo.
Aquí descubrimos una enseñanza fundamental para nuestra vida: la fe no siempre nace de grandes milagros visibles, sino de una mirada capaz de reconocer a Dios en los signos sencillos, discretos, incluso desconcertantes. Y esa mirada nace del amor. El discípulo amado cree antes porque ama más. El amor no reemplaza a la razón, pero la lleva más lejos, la hace más profunda, más penetrante.
El Evangelio nos dice también que todo ocurre el “primer día de la semana”. Es un detalle cargado de sentido. Es el comienzo de una nueva creación. Así como en el principio Dios hizo surgir la luz en medio de las tinieblas, ahora, en la Resurrección, inaugura un mundo nuevo, donde la muerte ya no tiene la última palabra.
Pero es importante comprender algo: la Resurrección no es un simple regreso a la vida de antes. Jesús no vuelve como Lázaro, para morir nuevamente. Él ha entrado en una vida totalmente nueva, gloriosa, definitiva. Y los discípulos comienzan a intuir esto no viendo su cuerpo, sino interpretando el signo del sepulcro vacío.
Además, la Resurrección no puede separarse de la Cruz. No es un final que borra el sufrimiento, sino su revelación plena. Lo que parecía fracaso en el Calvario se manifiesta ahora como victoria. Por eso, solo quien ha atravesado, aunque sea en parte, el misterio del dolor con Cristo, puede comenzar a comprender la luz de la Pascua.
También nosotros, muchas veces, vivimos momentos de oscuridad, de confusión, de aparente ausencia de Dios. Como María Magdalena, podemos sentir que todo ha terminado. Pero este Evangelio nos enseña que esa oscuridad no es el final. Es parte del camino. Es el lugar donde Dios comienza a obrar algo nuevo en nosotros.
Finalmente, vemos a los discípulos corriendo juntos. No es un detalle menor. La fe no es un camino solitario. Es la Iglesia la que corre, la que busca, la que cree. La Resurrección da vida a una comunidad, a un pueblo que camina unido hacia el encuentro con el Señor.
Queridos hermanos, el sepulcro vacío sigue estando delante de nosotros como un signo. No nos obliga, pero nos invita. Nos llama a dar un paso: a pasar de ver a creer, de quedarnos en los datos a abrirnos al misterio, de la tristeza a la esperanza.
Pidamos hoy la gracia de tener esa mirada del discípulo amado: una mirada iluminada por el amor, capaz de reconocer que, incluso cuando parece que todo está vacío, Dios ya ha comenzado una obra nueva. Amén.
Padre Oscar Angel Naef
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