Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy, Evangelio según San Juan, nos introduce en uno de los momentos más íntimos y conmovedores de la vida de Jesús. Estamos en la Última Cena. El Señor sabe que se acerca la hora de la pasión, de la cruz y de la entrega total de su vida. Y precisamente allí, en ese clima de despedida, brotan palabras llenas de amor, de consuelo y de esperanza.
Este pasaje nos deja ver el corazón orante de Jesús. Él no piensa en sí mismo, sino en los suyos. Mira al Padre y ruega por sus discípulos. Y la gran promesa que nace de esa oración es el don del Espíritu Santo. Jesús dice: “Yo rogaré al Padre y les dará otro Paráclito”. Es decir, no nos dejará solos.
Pero antes de hacer esta promesa, el Señor nos dice algo fundamental: “Si me aman, guardaran mis mandamientos”. Hermanos, aquí Jesús une dos realidades que nunca pueden separarse: el amor y la obediencia. En nuestro tiempo se habla mucho de amor, pero muchas veces reducido a un sentimiento pasajero. Para Cristo, amar significa vivir según su palabra. El amor verdadero se demuestra en las obras, en la fidelidad, en una vida transformada por el Evangelio.
Y en San Juan, el mandamiento central es claro: amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Esa es la señal del discípulo auténtico. Un amor que no excluye, que no busca solamente a quienes nos aman, sino que es capaz incluso de perdonar y amar al enemigo. Esa es la novedad del Evangelio.
Ahora bien, Jesús conoce nuestra fragilidad. Sabe que el camino del discípulo no será fácil. Por eso promete al Paráclito, al Consolador, al Defensor. La palabra “Paráclito” significa precisamente alguien que acompaña, que sostiene, que defiende en medio de la prueba. El Espíritu Santo será la presencia viva de Dios en la Iglesia y en el corazón de cada creyente.
Jesús lo llama “Espíritu de la Verdad”. Porque el mundo muchas veces vive en la mentira, en el egoísmo, en las tinieblas del odio y de la indiferencia. Pero el Espíritu conduce hacia la verdad plena, hacia la verdad que es Cristo mismo. El Espíritu no viene a reemplazar a Jesús; viene a hacer presente a Jesús en nuestra vida.
Y entonces escuchamos una de las frases más hermosas y consoladoras del Evangelio: “No los dejaré huérfanos”. ¡Qué palabra tan profunda! Cristo asciende al Padre, pero no abandona a su Iglesia. Su presencia continúa entre nosotros de una manera nueva: en la Eucaristía, en la Palabra, en la comunidad reunida, y en lo más profundo del alma que lo ama.
Por eso Jesús puede decir: “Ustedes en mí y yo en ustedes”. Hermanos, esta es la grandeza de nuestra fe: Dios quiere habitar en nosotros. La vida cristiana no es solamente cumplir normas religiosas; es vivir en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
En medio de un mundo marcado por tantas incertidumbres, violencias y soledades, este Evangelio nos invita a renovar nuestra confianza. No estamos abandonados. Tenemos un Defensor. Tenemos el Espíritu Santo, que fortalece nuestra fe, ilumina nuestra conciencia y nos sostiene en el camino.
Pidamos hoy al Señor que nos conceda un corazón dócil a su Espíritu; que aprendamos a amar con obras y no solo con palabras; y que vivamos siempre con la certeza de que Cristo permanece con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
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