Queridos hermanos:
Hoy, en la conmemoración de la Virgen de Luján, nuestros ojos se vuelven hacia aquella pequeña imagen que, en 1630, quiso quedarse entre nosotros a orillas del río Luján, en la tierra bendita de nuestra patria. La carreta avanzaba con normalidad, pero al llegar a aquellas tierras quedó misteriosamente inmóvil. Ni quitando carga ni cambiando animales podían moverla. Solo cuando descendieron la caja que contenía la imagen de la Inmaculada, la carreta volvió a caminar. El pueblo entendió entonces la señal: María quería permanecer aquí, junto a sus hijos. Y desde aquel día, acompañada por la humilde fidelidad del “negrito” Manuel, comenzó una historia de gracia, consuelo y maternidad para todo el pueblo argentino.
Ese deseo de quedarse entre nosotros encuentra una profunda luz en el Evangelio de Juan. Al pie de la cruz, escuchamos las palabras de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 25-27). María no aparece caída, vencida ni desesperada. El Evangelio dice simplemente que estaba “de pie” junto a la cruz. Esa firmeza no es indiferencia; es la fortaleza de la fe. María permanece unida al sacrificio de su Hijo con un corazón atravesado por el dolor.
La tradición de la Iglesia contempló aquí el verdadero martirio del corazón de María. Simeón había anunciado que una espada atravesaría su alma, y en el Calvario esa profecía se cumple plenamente. La lanza que abrió el costado de Cristo atravesó espiritualmente también el corazón de su Madre. Ella sufrió en su alma lo que Jesús sufría en su carne. Fue una compasión verdadera, una unión tan profunda con la Pasión del Señor que la hizo participar íntimamente de la obra redentora.
Y en ese momento sucede algo inmenso: Jesús entrega a María una nueva maternidad. Para ella fue un “trueque amargo”: recibir a Juan en lugar de Jesús. Pero Juan no representa solamente a un discípulo; representa a toda la humanidad. En él estamos todos nosotros. Desde la cruz, Cristo nos entrega a su Madre, y María acepta ser Madre universal de todos los hombres. Por eso la Virgen quiso quedarse en Luján: porque una madre no abandona a sus hijos.
Entonces comprendemos mejor las palabras de san Pablo en la carta a los Efesios: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales” (Ef 1,3). Todo está en Cristo. Toda gracia, toda redención, toda esperanza nace de Él. Y, sin embargo, en el designio amoroso de Dios, María ocupa un lugar singular en la dispensación de esas bendiciones espirituales.
Efesios nos recuerda que fuimos elegidos antes de la creación del mundo para ser hijos adoptivos por pura gracia, no por nuestros méritos. La redención nos llegó por la sangre de Cristo derramada en la cruz. Allí, al pie del Calvario, María contempla el precio de nuestra salvación. Y allí mismo recibe la misión de acompañar a los redimidos como Madre y guía.
Por eso la Iglesia la invoca como Mediadora de gracias, no porque sustituya a Cristo —único Salvador—, sino porque nos conduce siempre hacia Él. Como Estrella del Mar, María orienta nuestra vida en medio de las tormentas. Así como aquella imagen quiso quedarse en las orillas del río Luján para consolar y proteger a un pueblo naciente, también hoy permanece junto a nosotros para conducirnos a las bendiciones espirituales que el Padre nos da en su Hijo.
Y san Pablo añade todavía algo más: hemos sido “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef 1,13). El Espíritu es la garantía de nuestra herencia eterna. María, llena del Espíritu desde el comienzo de su misión, nos enseña a vivir abiertos a esa presencia divina. Ella es la mujer totalmente disponible al querer de Dios, la criatura en quien la gracia dio fruto pleno.
Queridos hermanos, María nos enseña que el amor es comunión y entrega. Su vida entera fue un “sí” constante. Ella amó hasta permanecer de pie junto a la cruz. Nos enseña también que la verdadera amistad con Dios transforma la obediencia en confianza y el servicio en comunión. Y finalmente nos recuerda que toda elección divina produce fruto cuando es acogida con humildad.
La Virgen de Luján sigue diciéndonos hoy que no estamos solos. Ella quiso quedarse en nuestra tierra porque sigue queriendo quedarse en nuestro corazón. En cada dolor, en cada incertidumbre, en cada lucha de nuestra patria y de nuestras familias, María permanece de pie junto a nosotros, como estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo.
Pidámosle entonces que nos conduzca siempre a Cristo, fuente de toda gracia. Que nos enseñe a vivir como verdaderos hijos de Dios, sellados por el Espíritu Santo y sostenidos por la esperanza. Y que, bajo su mirada maternal, aprendamos a amar como Jesús nos amó: con fidelidad, con entrega y con perseverancia. Amén.
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