sábado, 9 de mayo de 2026

Homilía en la memoria litúrgica de la Beata Ana Rosa Gattorno. 6 de mayo de 2026

Hermanos y hermanas:

Los textos sagrados que iluminan la celebración de hoy, en la conmemoración de la beata Ana Rosa Gattorno, encuentran su unidad en el Salmo 15. Allí se nos invita a reconocer que solo Dios es la verdadera riqueza capaz de saciar plenamente el corazón humano. No se trata de una idea lejana, sino de una experiencia concreta, vivida por quienes descubren en el Señor su bien más grande.

Desde esta perspectiva, el libro del Apocalipsis nos ofrece una palabra de esperanza: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Dios no viene simplemente a reparar lo viejo, sino a transformar radicalmente la realidad. En Cristo, el Cordero que vence el mal y el sufrimiento, la historia encuentra su sentido. Cuando Él dice: «Yo soy el Alfa y la Omega», nos asegura que nuestra vida no está librada al azar, sino orientada hacia una plenitud, hacia el encuentro definitivo con Él.

En este camino, se nos ofrece gratuitamente la «fuente del agua de la vida», imagen de la gracia de Dios. Es un don que no se compra ni se merece, sino que se recibe con humildad. Y aquí encontramos un reflejo muy claro en la vida de la beata Ana Rosa Gattorno. Ella experimentó el dolor de la pérdida, la enfermedad y la pobreza. Sin embargo, lejos de cerrarse en sí misma, dejó que esas pruebas la transformaran. Descubrió que solo Dios podía llenar su corazón, y desde allí se abrió a una entrega generosa hacia los demás.

El Apocalipsis también nos habla de ser vencedores”. No se trata de una victoria humana o de poder, sino de perseverar en la fe, en la esperanza y en el amor, incluso en medio de las dificultades. Ana Rosa vivió esta victoria silenciosa: confió en Dios, se abandonó a su voluntad y ofreció su vida por amor. En ella vemos que la promesa de Dios —ser sus hijos y heredar su Reino— comienza a cumplirse ya en esta vida, cuando vivimos en comunión con Él.

El Evangelio nos presenta a Pedro preguntando: «¿Qué recibiremos por haberlo dejado todo?». Y Jesús responde prometiendo una recompensa desbordante. Esta palabra nos ayuda a comprender que el desprendimiento no es una pérdida, sino una ganancia. No es una renuncia vacía, sino el camino hacia la verdadera vida.

La beata Ana Rosa encarnó profundamente este Evangelio. Después de tantas pérdidas, eligió libremente darse por completo a Dios y a los hermanos. Fundó una obra dedicada a los pobres, a los enfermos, a los abandonados. En cada uno de ellos reconocía a Cristo. Su deseo más profundo era que todos llegaran a conocer y amar a Dios. Por eso decía: «¿Cómo puedo hacer para que todo el mundo te ame?».

Su vida nos deja una enseñanza muy concreta: la verdadera riqueza no está en lo que poseemos, sino en el amor que recibimos de Dios y en el amor que somos capaces de dar. Cuando nos apoyamos en Él, incluso el dolor puede transformarse en fuente de vida y de esperanza.

Hoy, entonces, la Palabra de Dios y el testimonio de Ana Rosa Gattorno nos invitan a revisar nuestro corazón: ¿dónde buscamos nuestra seguridad?, ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida?, ¿somos capaces de confiar en su gracia y de vivir el desprendimiento?

Pidamos al Señor que nos conceda beber de esa fuente del agua de la vida, que renueve nuestro corazón y nos haga capaces de amar con generosidad. Y que, siguiendo el ejemplo de esta beata, podamos también nosotros ser instrumentos de su amor en medio del mundo. Amén.