viernes, 23 de enero de 2026

Las problemáticas de los estudiantes que inician la vida universitaria desde la pedagogía personalista

El ingreso a la universidad constituye una etapa decisiva en la trayectoria educativa de los estudiantes. Se trata de un momento marcado por cambios profundos en las exigencias académicas, en las formas de estudio y, sobre todo, en la manera en que el estudiante se concibe a sí mismo como sujeto responsable de su propio aprendizaje. Las dificultades de adaptación, el bajo rendimiento y, en muchos casos, el abandono temprano muestran que esta transición no siempre se produce de manera fluida.

Desde la pedagogía personalista, iniciada por Víctor García Hoz, la educación no puede reducirse a la transmisión de contenidos. Educar, como señala el autor, es ayudar a cada persona a llegar a ser lo que debe ser, respetando su singularidad y promoviendo su autonomía. Este enfoque resulta especialmente pertinente para analizar el inicio de la vida universitaria, ya que el estudiante se enfrenta a nuevas demandas que exigen hábitos de estudio, autorregulación y madurez personal.

La transición a la universidad puede entenderse como un proceso de continuidad y de ruptura. Continuidad, porque los estudiantes llegan con aprendizajes, habilidades y actitudes construidas a lo largo de su trayectoria escolar. Ruptura, porque se encuentran con un contexto que exige mayor autonomía, pensamiento abstracto y responsabilidad en la gestión del tiempo y del trabajo intelectual.

Desde la pedagogía personalista, negar los logros previos del estudiante implicaría desconocer su historia personal y educativa. García Hoz sostiene que toda acción educativa debe partir de lo que la persona ya es y ya sabe, para conducirla hacia niveles superiores de perfeccionamiento. Por eso, la transición al nivel superior no debería plantearse como una ruptura total, sino como un proceso de ajuste progresivo, apoyado en los recursos psicocognitivos previos del estudiante.

Uno de los grandes desafíos de la docencia universitaria es la diversidad del alumnado. La masificación del acceso a la educación superior ha incrementado la heterogeneidad de trayectorias, estilos de aprendizaje y niveles de preparación. Sin embargo, con frecuencia el conocimiento que los docentes tienen de sus estudiantes se construye de manera intuitiva, sin convertirse en objeto de reflexión pedagógica sistemática.

La pedagogía personalista coloca en el centro el conocimiento de la persona concreta que aprende. Atender a la singularidad, la autonomía y la apertura del estudiante implica evitar enfoques uniformadores y promover prácticas de acompañamiento formativo. Como señalan autores contemporáneos como Pérez Guerrero y Ahedo Ruiz, la universidad no puede limitarse a una función instructiva, sino que debe asumir una responsabilidad educativa integral.

En este marco, una de las problemáticas más frecuentes en el inicio de la vida universitaria es la ausencia de una metodología de estudio adecuada. Muchos estudiantes no cuentan con hábitos intelectuales acordes a las exigencias del nivel superior: estudian de manera concentrada antes de los exámenes, presentan dificultades de comprensión lectora, problemas de organización del tiempo y bloqueos emocionales vinculados a la ansiedad y la inseguridad.

Desde la pedagogía personalista, el desarrollo de metodologías de estudio constituye un eje central del acompañamiento pedagógico. Enseñar a planificar el tiempo, a leer de manera comprensiva, a elaborar esquemas y resúmenes y a memorizar de forma significativa favorece la autonomía progresiva del estudiante. Estas metodologías no deben presentarse como recetas rígidas, sino como orientaciones flexibles que cada estudiante adapta a su modo personal de aprender, respetando así el principio de singularidad.

La lectura y la memoria ocupan un lugar central en el trabajo intelectual universitario. Comprender textos académicos exige una lectura reflexiva y profunda, orientada al sentido. Asimismo, la memoria debe entenderse como un proceso activo que integra comprensión, organización y repetición consciente, permitiendo una apropiación personal del conocimiento.

Para concluir, abordar las problemáticas del inicio de la vida universitaria desde la pedagogía personalista implica desplazar la mirada desde el déficit hacia una concepción del estudiante como persona en proceso de desarrollo. El éxito académico en el primer año no depende únicamente del esfuerzo individual, sino también del compromiso pedagógico de la institución y de los docentes.

Reconocer los recursos previos del estudiante, enseñar metodologías de estudio y acompañar la transición entre niveles educativos constituye una estrategia coherente con los principios de la educación personalizada, orientada no solo a la adquisición de conocimientos, sino al crecimiento personal y al perfeccionamiento humano.

P. Oscar Angel Naef