jueves, 22 de enero de 2026

Homilía. Jueves II del tiempo ordinario. 22 de enero de 2026

Queridos hermanos,

Marcos 3, 7-12 nos presenta una escena de gran fuerza y, al mismo tiempo, de profunda ambigüedad. Jesús aparece rodeado por multitudes que llegan desde Galilea, Judea, Jerusalén e incluso de regiones paganas. Es un seguimiento masivo, casi triunfal. Todos buscan tocarlo, porque de Él brota una fuerza que sana. No es propaganda ni espectáculo: es la vida de Dios que irrumpe allí donde hay dolor, enfermedad y exclusión.

Sin embargo, junto a este entusiasmo aparece un dato inquietante. Los espíritus impuros reconocen a Jesús y lo proclaman Hijo de Dios”. Dicen la verdad, pero no desde la fe, sino desde el sometimiento. Por eso Jesús los hace callar. No quiere que su identidad sea revelada por el mal ni que su misión quede reducida a una demostración de poder. Marcos nos recuerda así que el verdadero mesianismo no se entiende desde el éxito ni desde el aplauso, sino desde el camino de la obediencia al Padre y del don total de sí, que culminará en la cruz.

Este rasgo ilumina también la misión de la Iglesia. Como familia de Jesús, no está llamada a buscar un triunfo fácil ni una visibilidad espectacular, sino a dar un testimonio auténtico de la vida de Dios. Ese testimonio, como el de Cristo, puede implicar rechazo y persecución. Pero es precisamente ahí donde se revela la verdad del Evangelio: cuando se anuncia no desde el poder, sino desde el amor que se entrega.

En este contexto, la Eucaristía ocupa un lugar central. Así como la multitud buscaba tocar a Jesús para ser sanada, hoy el creyente lo toca realmente en el sacramento. Allí Cristo sigue comunicando su vida, sanando y fortaleciendo a su Iglesia para perseverar en la misión, incluso cuando el camino es difícil.

Este pasaje también nos ayuda a comprender la verdadera libertad. No se trata de elegir entre opciones sin rumbo, sino de una libertad unida a la verdad sobre el bien. Jesús es libre porque no se deja dominar por la presión de la multitud ni por reconocimientos interesados; su vida está totalmente orientada al Padre.

Por eso, la vida moral cristiana no es solo esfuerzo humano. Es un camino hacia la unión con Dios, posible únicamente gracias a su gracia. La fuerza que sana en el Evangelio es signo de esos dones que nos preceden y nos sostienen. Marcos 3, 7-12 nos invita, entonces, a seguir a Cristo sin triunfalismos, a vivir una libertad enraizada en la verdad, a alimentarnos de la Eucaristía y a perseverar fielmente en la misión, confiando siempre en la gracia de Dios.

¡El Señor sea nuestra fuerza! Amén

P. Oscar Angel Naef