Queridos hermanos,
El pasaje de Marcos (3, 1-6) se sitúa en una serie de controversias sabáticas en las que Jesús se enfrenta a una interpretación rígida y legalista de la Ley. No se trata simplemente de una discusión normativa, ni siquiera solo de un milagro. El evangelista nos presenta este episodio como un acontecimiento revelador, en el que se manifiesta el verdadero rostro de Dios y el sentido más profundo de la Ley.
La escena tiene lugar en la sinagoga, espacio de enseñanza y de culto. Pero ese lugar, que debería ser ámbito de encuentro con Dios, se transforma en escenario de confrontación entre dos actitudes radicalmente opuestas: por un lado, la misericordia divina que busca sanar y restaurar; por otro, la dureza del corazón humano, cerrada al bien cuando este no encaja en esquemas previamente establecidos.
El momento decisivo del relato llega con la pregunta de Jesús: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?». Es una pregunta que no deja espacio para evasivas. Jesús remite aquí al núcleo mismo de la ley natural, a ese principio primero y fundamental que todos reconocen: hacer el bien y evitar el mal. Con esta pregunta, Jesús pone en evidencia que una interpretación de la Ley que impide salvar o restaurar la vida no solo es insuficiente, sino que contradice su fundamento último, que es la ley eterna, expresión de la sabiduría amorosa de Dios.
Ante aquella interpelación, los fariseos guardan silencio. Pero no es un silencio prudente ni reflexivo. Es el silencio de una conciencia endurecida, incapaz de reconocer la primacía del bien. La dureza de corazón se convierte así en el verdadero pecado denunciado por Jesús, porque bloquea la acción vivificadora de Dios y cierra el acceso a su gracia.
El desenlace del pasaje es dramático. Fariseos y herodianos, grupos enfrentados entre sí, se unen para tramar la muerte de Jesús. Esta inversión moral pone de manifiesto hasta qué punto una observancia religiosa desvinculada de la caridad puede conducir al mal más grave. El milagro, por tanto, no solo anticipa el conflicto que desembocará en la pasión, sino que revela la incompatibilidad radical entre el Reino inaugurado por Cristo y una religión legalista cerrada al don de la misericordia.
En definitiva, Marcos 3, 1-6 nos enseña que la Ley encuentra su verdad en la caridad y su plenitud en Cristo. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a llevarla a su cumplimiento, devolviéndole su orientación originaria: el bien del hombre y su ordenación a Dios.
La curación realizada en sábado se convierte así en un signo escatológico: en Cristo, Dios sigue obrando, sigue sanando, restaurando y salvando, incluso cuando el corazón humano se resiste a abrirse a su amor.
Pidamos al Señor un corazón nuevo para la ley de la nueva Alianza vivida en el amor. Amén
P. Oscar Angel Naef