Queridos hermanos,
El pasaje de Marcos 3, 13-19 nos sitúa en un momento decisivo del ministerio de Jesús: la elección de los Doce. Jesús sube al monte, llama a los que Él quiere y los constituye apóstoles. Este gesto no es accidental ni meramente organizativo, sino un acto fundacional que da origen a la Iglesia como comunidad convocada por Cristo, sostenida en la comunión con Él y enviada a continuar su misión.
Este acontecimiento fundamenta la profesión de fe de la Iglesia cuando proclama: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. La apostolicidad no es una noción abstracta, sino que nace de la llamada personal de Jesús y del envío de los Doce para predicar, expulsar demonios y hacer presente el Reino de Dios.
La apostolicidad de la Iglesia se comprende como la continuidad viva de la misión de Cristo confiada a los Apóstoles. Esta continuidad no se limita a una transmisión formal de autoridad, sino que se verifica en la fidelidad a la fe recibida, en la comunión eclesial y en el testimonio auténtico del Evangelio. Por ello, la Iglesia está llamada a ser signo de contradicción en medio del mundo, permaneciendo fiel a Cristo aun en medio de tensiones, persecuciones y fragilidades humanas.
Esta conciencia se expresa en el Canon Romano, cuando se ora por “todos los Obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica”, subrayando que la sucesión apostólica exige fidelidad doctrinal y compromiso activo con la misión de la Iglesia.
Frente a interpretaciones reductivas que identifican la apostolicidad solo con una sucesión histórica, o con una idea de progreso indefinido, la fe de la Iglesia afirma que su verdadera renovación no consiste en romper con la Tradición, sino en permanecer fiel al acontecimiento apostólico originario. La Iglesia avanza permaneciendo en sus orígenes, renovándose mediante una adhesión siempre nueva al llamado de Cristo, bajo la guía del Espíritu Santo.
La Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, es el modelo perfecto de esta vida espiritual y apostólica. A ella encomendamos la unidad de la fe en la Iglesia, sostenida por el vínculo de la caridad. Amén.
P. Oscar Angel Naef