sábado, 24 de enero de 2026

Homilía. Sábado II del tiempo ordinario. Memoria de la Virgen María, Reina de la Paz. 24 de enero de 2026

Hermanos,

Marcos 3, 20-21 nos presenta una escena breve pero profundamente reveladora, en la que se pone de manifiesto la incapacidad del mundo para comprender y ofrecer la verdadera paz. Jesús entra en casa” y es rodeado por una multitud tan grande que ni siquiera puede comer. Este detalle no es secundario: expresa una entrega total a la misión del Reino, una disponibilidad radical que desborda los límites de lo considerado prudente o razonable. Frente a ello, su propia familia reacciona diciendo que está fuera de sí”. No se trata solo de una preocupación afectiva, sino de una lectura cultural y social: Jesús está alterando el equilibrio, poniendo en riesgo el honor familiar y cuestionando el orden establecido. Llamarlo loco” es un intento de contenerlo, de devolverlo a un estado de normalidad que garantice la paz entendida como ausencia de conflicto.

Aquí se revela una lógica profundamente humana, pero insuficiente: la paz confundida con el mantenimiento del status quo. Tanto la familia como, más adelante, los escribas, intentan interpretar la novedad de Jesús desde categorías conocidas y controlables. Para unos, es un desvarío; para otros, una acción diabólica. En ambos casos, se trata de neutralizar lo que desestabiliza. Sin embargo, el anuncio del Reino que Jesús sostiene no elimina el conflicto superficialmente, sino que va a la raíz: restaura la relación con Dios y vence al mal que está en el origen de toda división. Esa es la paz que el mundo no puede dar.

Desde esta perspectiva, la aparente locura” de Jesús anticipa la lógica de la cruz: una entrega que parece insensata, pero que es, en realidad, fidelidad absoluta al Padre y expresión extrema del amor divino. La paz del Reino no nace de evitar tensiones, sino de atravesarlas con amor, verdad y confianza en Dios.

En este horizonte se ilumina la figura de María. Ella, que también fue incomprendida y atravesada por la espada del dolor, nunca buscó una paz basada en la seguridad o en la ausencia de riesgos. Su fe inquebrantable y su disponibilidad total a la voluntad de Dios la convirtieron en el espacio donde el Príncipe de la Paz pudo hacerse carne. María acogió la lógica del Reino cuando aún parecía incomprensible y sostuvo esa confianza incluso al pie de la cruz.

Por eso afirmamos que María es Reina de la Paz: no porque haya evitado el conflicto, sino porque permaneció fiel en medio de él; no porque garantice una calma superficial, sino porque nos guía hacia la paz verdadera, la que nace de una relación plena con Dios. En ella encontramos un refugio de amor y esperanza, y un camino seguro para aprender que la paz auténtica no es la negación del dolor, sino el fruto de una fe que se abandona completamente en las manos de Dios. Amén

P. Oscar Angel Naef