Queridos hermanos:
Hoy contemplamos la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según el Evangelio de San Juan. No estamos simplemente ante un relato de dolor, sino ante el misterio más grande del amor: el momento en que Jesucristo se entrega libremente por la salvación del mundo.
Desde el comienzo, en el huerto, Jesús no aparece como una víctima indefensa, sino como el Señor que conduce la historia. Él se adelanta, pregunta “¿a quién buscáis?” y, al responder “Yo soy”, manifiesta su identidad divina. En medio de la traición de Judas Iscariote y la violencia de los hombres, Jesús permanece sereno. Es el Buen Pastor que protege a los suyos y se entrega por ellos. Aquí comprendemos que su Pasión no es un simple asesinato producto de una sentencia injusta, sino un acto de amor consciente: Él da la vida.
Este es el misterio de la expiación: Cristo no solo sufre, sino que ama hasta el extremo. Su entrega nos invita también a nosotros a unir nuestras propias vidas, nuestras luchas y dolores, a su sacrificio, para que todo tenga sentido redentor.
Luego, en el diálogo con Poncio Pilato, se nos revela otro aspecto profundo. Jesús afirma: “Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Y Pilato pregunta: “¿Qué es la verdad?”. Es la pregunta de todo hombre. Pero la verdad no es una idea abstracta: está delante de él, es Cristo mismo. Quien busca la verdad, aunque no lo sepa, está buscando a Dios. Pero encontrarla exige valentía, exige tomar una decisión.
Y así llegamos a la cruz. El Evangelio nos dice que Jesús “cargando con la cruz, salió”. No huye, no se resiste: la abraza. La cruz, hermanos, no es simplemente un instrumento de sufrimiento; es el camino hacia la vida. También nosotros estamos llamados a cargar nuestras cruces, no buscando el dolor, sino buscando a Cristo en medio de él. Porque allí, en la noche más oscura, es donde Dios se hace más cercano.
Junto a la cruz está su madre, la Virgen María. Ella no grita, no se rebela: permanece. Es la mujer fuerte, fiel en el dolor, unida al sacrificio de su Hijo. Y en ese momento, Jesús nos la entrega como madre: “Ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”. En ese gesto nace una nueva familia, la familia de los creyentes, unida no por la sangre, sino por el amor y el sufrimiento compartido.
En la cruz, todo parece fracaso, pero en realidad es la hora de la gloria. Jesús reina desde el madero. Su corona de espinas es signo de una realeza que no es de este mundo, una realeza que se manifiesta en el amor que se entrega sin reservas.
Y cuando su costado es traspasado, brotan sangre y agua. No es un detalle más: es el signo de que de su entrega nace la Iglesia. De su corazón abierto nacen los sacramentos, nace la vida nueva para todos nosotros.
Hermanos, la Pasión según San Juan nos enseña que la cruz no es el final, sino el comienzo. Nos muestra que el amor es más fuerte que el pecado, que la verdad es más fuerte que la mentira, y que la vida es más fuerte que la muerte.
Hoy, al contemplar a Cristo crucificado, no nos quedemos como espectadores. Escuchemos su voz, dejémonos amar por Él y aprendamos a vivir como Él: en la verdad, en la entrega y en el amor. Amén.
Padre Oscar Angel Naef
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