Queridos hermanos:
En esta noche santa no nos reunimos simplemente para recordar algo que ocurrió hace mucho tiempo. Hoy entramos en un misterio vivo, actual, que nos envuelve y nos transforma. El Jueves Santo es la puerta de entrada al corazón de nuestra fe: el Misterio Pascual. Todo comienza a revelarse como amor entregado, como don total.
El Evangelio que hemos escuchado nos sitúa en un momento profundamente conmovedor. Jesucristo, sabiendo que había llegado su “hora”, que iba a pasar de este mundo al Padre, realiza un gesto que resume todo su ser y toda su misión: se levanta de la mesa, se quita el manto, se ciñe una toalla y comienza a lavar los pies de sus discípulos.
Este gesto no es simplemente una enseñanza moral o un ejemplo de humildad. Es mucho más profundo. Es un signo profético, una anticipación de lo que sucederá en la Cruz. El evangelio de Juan no narra la institución de la Eucaristía como los otros evangelistas, pero en su lugar nos entrega este gesto que expresa lo mismo: la entrega total de Jesús.
Cada detalle tiene un significado. Cuando Jesús se quita el manto, está mostrando cómo se despoja de sí mismo. Cuando se ciñe la toalla, se está preparando para la lucha. En el mundo antiguo, “ceñirse” era disponerse para la acción, para enfrentar algo decisivo. Jesús no va hacia la muerte como una víctima pasiva, sino libremente, consciente y decidido. Se dispone a enfrentar el dolor, el pecado y el odio del mundo para transformarlo desde dentro.
Por eso, su “hora” no es una tragedia, sino el momento culminante del amor.
Y lo más impactante es que se inclina ante todos, incluso ante aquel que lo va a traicionar. Lava los pies de todos sin excluir a nadie. Así comprendemos que su entrega será universal, total, sin condiciones.
El diálogo con Pedro refleja también nuestra propia dificultad. Pedro no entiende y se resiste. No acepta que el Maestro se abaje de esa manera. Y, sin embargo, Jesús le responde con firmeza que, si no acepta este gesto, no podrá tener parte con Él. Es decir, si no aceptamos este amor que se abaja y se entrega hasta el extremo, no podemos comprenderlo verdaderamente.
Solo después, a la luz de la Cruz y de la Resurrección, se entenderá que este gesto era una clave. No se trataba solo de lavar los pies, sino de entregar la vida. No era solo un acto de servicio, sino la revelación del amor que salva.
En esa misma noche, en la Última Cena, Jesús se da a sí mismo en el pan y en el vino. Su Cuerpo y su Sangre se convierten en alimento y permanecen para siempre entre nosotros. Y nos deja un mandato: “hagan esto en memoria mía”. Así nacen la Eucaristía y el sacerdocio, dos realidades inseparables, dos formas del mismo amor que se entrega y permanece.
Pero todo esto no se entiende sin la Cruz. Lo que Jesús anticipa en la Cena lo consumará en el Calvario. Nadie le quita la vida: Él la ofrece libremente. Y en ese ofrecimiento, el sufrimiento se transforma en amor y la muerte en vida.
La noche no termina en la Cena. Continúa en el huerto de Getsemaní. Allí vemos a Jesús en su humanidad más profunda, angustiado y en lucha ante el dolor que viene. Y, sin embargo, ora con confianza: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Es la obediencia del amor, la fidelidad llevada hasta el extremo.
El Jueves Santo no es solo algo que contemplamos. Es una realidad que estamos llamados a vivir. El gesto del lavatorio de los pies se convierte en un camino concreto: amar sirviendo, perdonar siempre, entregarse en lo cotidiano, vivir un amor que no se queda en palabras, sino que se hace vida.
También somos invitados a permanecer con Él, a no huir en los momentos difíciles, a velar en nuestras propias noches y a atravesar el dolor con fe, sabiendo que Dios no abandona.
Porque al final, todo se resume en esto: el amor que se entrega es el amor que salva. Amén.
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