domingo, 29 de marzo de 2026

Homilía. Domingo de Ramos. Pasión según San Mateo (26-27)

Queridos hermanos,

Hoy la liturgia nos invita a contemplar la Pasión según San Mateo. No se trata solo de un relato histórico; es un misterio vivo que nos llama a unirnos a Cristo en su sufrimiento y a descubrir, en medio del dolor, el desbordante amor de Dios por nosotros.

Cuando pensamos en la Pasión, nuestra mente suele detenerse en el sufrimiento físico de Jesús. Pero su Pasión revela algo más profundo: su rostro, marcado por el dolor, resplandece con un amor absoluto. Al contemplarlo, podemos mirar más allá de las heridas y percibir la inmensidad de su entrega. Jesús no ocultó su sufrimiento; lo ofreció para que aprendiéramos lo que significa dar la vida por amor. En su angustia y dolor hallamos la expresión más intensa del amor que Dios nos tiene.

La cruz no es solo un símbolo de sufrimiento; es un acto de redención. Allí, Jesús asume nuestra humanidad y, con su sacrificio, nos abre el camino hacia la reconciliación con Dios. La cruz no es un final triste, sino la promesa de salvación hecha realidad, el lugar donde el amor de Dios vence al pecado y a la muerte.

La liturgia nos invita a vivir la Pasión como un evangelio, como una buena noticia. No es un relato de derrota, sino un mensaje de esperanza. Por eso debemos preguntarnos: ¿dónde estoy yo en esta historia? ¿Soy un espectador lejano o un discípulo que acompaña a Cristo en su sufrimiento y en su misión de amor? Cada uno de nosotros está llamado a hacer propio este relato, a vivirlo con todos los sentidos y a encontrar en él la guía hacia nuestra propia redención.

La muerte de Jesús no fue un accidente ni una derrota; fue una decisión libre y valiente del Mesías para cumplir el plan de salvación de Dios. Jesús eligió el camino del dolor, no como un destino impuesto, sino como la puerta hacia la gloria. La cruz se convierte así en el lugar donde el amor de Dios se manifiesta plenamente, donde la muerte no tiene la última palabra, sino la vida.

Que al contemplar este misterio, podamos unirnos más íntimamente a Cristo y, con nuestra fe y nuestro amor, convertirnos en instrumentos de salvación en el mundo.

Amén.

P. Oscar Angel Naef