Queridos hermanos:
El Evangelio que hoy contemplamos, en el capítulo 11 de san Juan, no es simplemente el relato de un milagro. Es, en realidad, una de las revelaciones más elevadas del misterio de Cristo. Aquí se nos muestra quién es Jesús: no solo alguien que hace prodigios, sino Aquel que es la Vida misma y el vencedor de la muerte.
Desde el inicio del relato, la enfermedad de Lázaro aparece con un sentido que supera lo inmediato: es “para la gloria de Dios”. Jesús no actúa con prisa. Incluso, a nuestros ojos, parece demorarse. Pero esta demora no es indiferencia. Es pedagogía divina. Como enseña San Ambrosio, Cristo permite que la muerte se haga evidente para despertar una fe más profunda. Dios no actúa según nuestros tiempos, sino según lo que más conviene a nuestra salvación.
Por eso, Jesús habla de la muerte como de un “sueño”. Para nosotros es un final; para Dios, no. Para Él, la muerte no tiene la última palabra.
En el encuentro con Marta encontramos el corazón del mensaje. Marta expresa la fe de su pueblo: cree en la resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús la lleva más lejos. Le dice: “Yo soy la resurrección y la vida”.
No dice simplemente “yo daré la resurrección”, sino “yo soy”. La vida eterna ya no es solo una promesa futura: es una realidad presente en la persona de Cristo. Creer, entonces, no es solo esperar algo, sino adherirse a Alguien.
Marta da ese paso. En medio del dolor, proclama: “Sí, Señor, yo creo”. Y así se convierte en modelo de fe para todos nosotros.
A la luz de la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, podemos comprender mejor este acto de fe. Creer no es solo aceptar una verdad con la mente. Es un acto que involucra toda la persona: el entendimiento, sí, pero también la voluntad y el amor. Es una entrega. Es, de algún modo, una unión viva con Dios. Como un vínculo profundo, semejante a una alianza, en la que el alma se confía plenamente a Aquel que es la Verdad y la Vida.
El Evangelio nos muestra también algo conmovedor: Jesús llora. Se estremece ante la tumba de su amigo. Estas lágrimas revelan su verdadera humanidad. Dios no es indiferente a nuestro dolor. En Cristo, Dios entra en nuestra tristeza, la asume y la transforma. Como señala también San Ambrosio, en ese llanto hay una indignación santa frente al poder del mal y de la muerte.
Y entonces llega el momento culminante. Jesús grita: “¡Lázaro, sal fuera!”. Su palabra tiene poder creador. No solo devuelve la vida biológica: anticipa la victoria definitiva sobre la muerte.
Pero el relato no termina ahí. Jesús dice: “Desátenlo y déjenlo andar”. Y aquí aparece algo muy importante para nosotros: la misión de la comunidad.
A la luz de Santo Tomás de Aquino, podemos entender que la verdadera vida no es solo vivir biológicamente, sino participar de la vida de Dios. Y cuando alguien ha sido “devuelto a la vida”, necesita todavía ser liberado de todo lo que lo ata.
Las vendas de Lázaro representan todo aquello que nos esclaviza: el pecado, los miedos, las heridas. Y Jesús confía a la comunidad la tarea de ayudar a quitar esas vendas.
Por un lado, estamos llamados a liberar: a ayudar al otro a superar aquello que le impide vivir plenamente. No con imposición, sino con paciencia, con verdad y con amor.
Y por otro lado, estamos llamados a acompañar: a caminar junto al hermano, sosteniéndolo en su crecimiento. Porque nadie se salva solo. La vida nueva necesita una comunidad que la cuide, la alimente y la haga crecer.
Finalmente, el detalle de los cuatro días nos recuerda que, para los hombres, la situación era ya definitiva. Pero es precisamente allí donde llega Cristo. Esto nos enseña que nadie está perdido para Dios. Que no hay oscuridad de la que Él no pueda sacarnos.
Hermanos, la resurrección de Lázaro no es el final. Es un signo que apunta a algo mayor: la Pascua de Jesús. Es una promesa viva de que la muerte no tiene la última palabra.
La respuesta que se nos pide es la fe. Creer, como Marta, que Jesús es la Vida.
Y entonces, escuchar su voz, salir de nuestras propias tumbas, y dejarnos desatar… para caminar en la vida nueva que Él nos regala.
Padre Oscar Angel Naef
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