Queridos hermanos:
Escuchamos en el evangelio de Marcos (3, 31-35) palabras de Jesús que podrían provocar desconcierto: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Pero en esas palabras, Jesús no desprecia a su familia según la carne. Lo que hace es algo mucho más profundo: redefine su familia. Nos revela que la verdadera pertenencia a Él no se basa en la sangre, sino en la fe y en la obediencia a la voluntad del Padre.
Quien escucha la Palabra y la recibe con un corazón disponible entra en una comunión nueva, en una comunidad de fe donde Dios es Padre y todos somos hermanos. Por eso Jesús puede decir que quienes hacen la voluntad de Dios son su madre, sus hermanos y sus hermanas. La fe nos introduce en una relación real y viva con Él.
Pero aquí es importante que comprendamos algo fundamental: nadie puede vivir esta fe por sus propias fuerzas. Después de que Dios se ha revelado, el ser humano no puede creer en las verdades sobrenaturales solo con su inteligencia o su voluntad natural. Es necesaria una gracia interior, una luz que ilumine la mente y una fuerza que sostenga el corazón. El acto de fe es, en sí mismo, un don de Dios.
Como enseña Santo Tomás de Aquino, el acto de fe es esencialmente sobrenatural, porque su objeto es sobrenatural (Dios en cuanto que se revela). Y un objeto sobrenatural solo puede ser alcanzado por un acto igualmente sobrenatural. Por eso, pertenecer a la familia de Jesús no es el resultado de un esfuerzo moral aislado, sino el fruto de la vida de la gracia. Es una participación analógica de la naturaleza divina. Ella nos transforma por dentro, nos hace capaces de amar a Dios, de buscar su voluntad y de vivir según su corazón.
Y aquí comprendemos algo decisivo: Dios no nos ama porque ya seamos buenos; su amor es el que nos hace buenos. El amor de Dios crea la bondad en nosotros. Por eso, cuando Jesús nos llama su familia, no lo hace porque seamos perfectos, sino porque su gracia nos transforma y nos introduce en una relación nueva con Él.
Vivir como miembros de la familia de Jesús significa dejar que esa gracia actúe en nosotros, que transforme nuestra manera de pensar, de amar y de actuar. Podemos preguntarnos entonces: ¿qué lugar ocupa la voluntad de Dios en nuestra vida?
Pidamos a Jesús por la intercesión de su Madre Santísima la gracia de escuchar cada día su Palabra con fe viva, de acogerla con humildad y de cumplirla con amor. Amén
P. Oscar Angel Naef