lunes, 24 de agosto de 2026

Homilía. XXI Domingo durante el año. 23 de agosto de 2026. Mateo 16,13-20

Queridos hermanos:

El Evangelio de Mateo 16, 13-20 nos presenta uno de los momentos decisivos de la vida de Jesús con sus discípulos. Es un verdadero punto de inflexión: el momento en que se pasa del conocimiento humano de Jesús al conocimiento que nace de la fe, y donde comienza a perfilarse la fundación de la Iglesia.

Jesús empieza preguntando:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».

Los discípulos responden: unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas.

Son respuestas que muestran admiración, pero que permanecen en el ámbito de la opinión humana. La gente reconoce en Jesús a un hombre extraordinario, a un profeta, a alguien enviado por Dios. Pero todavía no alcanza a descubrir plenamente quién es.

Entonces Jesús hace una segunda pregunta, mucho más personal:

«Y ustedes, ¿quién decís que soy yo?».

Ya no pregunta qué dicen los demás. Pregunta qué hemos descubierto nosotros.

Y Pedro responde:

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Con estas palabras, Pedro atraviesa la frontera entre la opinión y la fe. Ya no ve a Jesús simplemente como un profeta más, sino como el Mesías, el Hijo de Dios.

Pero Jesús le revela algo fundamental:

«No te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La fe de Pedro no es simplemente fruto de sus razonamientos o de sus capacidades humanas. Es un don de Dios. El Padre ha iluminado su corazón para que pueda reconocer en Jesús al Hijo.

Aquí encontramos una enseñanza esencial: la fe es un don y una revelación. El ser humano busca, pregunta y trata de comprender; pero el conocimiento íntimo de Dios no puede ser conquistado solamente con la inteligencia. Es Dios quien se revela y quien, por su gracia, abre nuestro corazón a la verdad.

Por eso la pregunta de Jesús sigue siendo actual:

«¿Quién soy yo para ti?».

Podemos saber muchas cosas acerca de Jesús. Podemos estudiar su vida, leer el Evangelio y admirar sus palabras. Pero todo eso puede quedarse en un conocimiento exterior.

La fe comienza cuando dejamos de hablar solamente de Jesús y empezamos a encontrarnos con Él. Cuando podemos pasar de decir «Jesús es...» a decir personalmente: «Tú eres».

«Tú eres el Mesías.

Tú eres el Hijo del Dios vivo».

Después de esta confesión, Jesús cambia el nombre de Simón:

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Pedro recibe el nombre de Kefas, piedra o roca. Pero esta roca no representa la perfección humana de Pedro. Sabemos que Pedro es frágil y que incluso llegará a negar a Jesús.

La verdadera fuerza de la roca está en la fe que Pedro ha recibido y profesado. La Iglesia no se edifica sobre los méritos humanos de sus miembros, sino sobre Cristo y sobre la fe en Cristo.

Pedro se convierte así en el fundamento visible de la unidad querida por Jesús y recibe también las llaves del Reino:

«Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Es una autoridad recibida de Cristo para guiar y servir a la comunidad según la voluntad de Dios.

Y junto a esta misión aparece una promesa: «el poder de la muerte no la derrotará».

Los hombres podemos ser débiles, podemos equivocarnos, pero la promesa de Cristo permanece. La Iglesia está sostenida, en último término, no por la fuerza humana, sino por la fidelidad de Dios.

Y aquí aparece el sentido más profundo de todo el pasaje.

Cristo es el Camino. Es el Verbo de Dios hecho carne, el Hijo amado del Padre. Reconocer a Jesús es abrirle la puerta del corazón. Y cuando acogemos al Hijo, Él nos conduce al Padre y nos hace participar de la vida del Espíritu Santo.

Por eso, este Evangelio nos invita a pasar de un conocimiento externo de Jesús a un encuentro personal con Él.

No basta con saber qué dice la gente.

No basta con saber quién fue Jesús.

La pregunta es:

¿Quién es Jesús para mí?

Que podamos pedir la misma gracia que recibió Pedro: que el Padre ilumine nuestro corazón para reconocer a Jesús como el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Y que esa confesión no sea solamente una frase de nuestros labios, sino una verdad que transforme nuestra vida.

Porque cuando reconocemos verdaderamente a Cristo, pasamos de la opinión a la fe, de la búsqueda al encuentro, y del conocimiento humano a la revelación de Dios. «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Amén.