domingo, 16 de agosto de 2026

Homilía. XX Domingo del tiempo ordinario. 16 de agosto de 2026

Hermanos y hermanas:

Las lecturas de este XX Domingo del Tiempo Ordinario nos presentan un único movimiento de la historia de la salvación: el Dios que eligió a Israel es el mismo Dios que quiere reunir a todos los pueblos, y esta promesa alcanza su plenitud en Jesucristo.

El profeta Isaías anuncia algo verdaderamente nuevo: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Israel ha sido elegido por Dios, pero esa elección nunca tuvo como finalidad encerrarlo en sí mismo. Dios comienza su obra de salvación en un pueblo concreto para que, a través de él, su bendición pueda alcanzar a todas las naciones.

Por eso Isaías une esta apertura universal con una llamada muy concreta: «Observen el derecho, practiquen la justicia». Las puertas de la casa de Dios están abiertas a todos, pero entrar en ella significa también aprender a vivir según la verdad, la justicia y el amor.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ayuda a comprender que esta apertura a todos no significa que Dios haya rechazado a Israel. Al contrario: «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables».

Dios permanece fiel a sus promesas. El Dios que llamó a Abraham, que formó a Israel y estableció con él su alianza es el mismo Dios que, por medio de Jesucristo, ofrece su misericordia a todos los pueblos.

Por eso, la historia de la salvación no es una ruptura. Dios no abandona a un pueblo para comenzar de nuevo con otro. Lleva adelante su promesa y la abre progresivamente a todos.

Y entonces llegamos al Evangelio.

Jesús se encuentra en territorio pagano y se acerca una mujer cananea, una extranjera, alguien que estaba fuera de las fronteras religiosas y culturales de Israel. Ella grita: «¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!».

Jesús parece guardar silencio y los discípulos quieren que se vaya. Pero ella insiste. Se acerca, se postra y sigue confiando. Finalmente, Jesús reconoce su fe y le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!».

La mujer que estaba «fuera» termina convirtiéndose en ejemplo para quienes estaban «dentro».

Aquí se unen las tres lecturas.

Isaías anuncia la apertura universal: la casa de Dios será casa de oración para todos los pueblos.

Pablo recuerda la continuidad: Dios permanece fiel a Israel y sus promesas son irrevocables.

Mateo nos muestra la universalidad de la salvación realizada en Cristo: una mujer extranjera se acerca con fe y recibe la misericordia de Jesús.

Por eso, la Iglesia no nace negando la historia de Israel, sino recibiendo las promesas hechas a ese pueblo y descubriendo en Cristo que estaban destinadas a alcanzar a todas las naciones.

La universalidad de la salvación tiene raíces. Tiene una historia. Tiene una alianza. Y tiene su centro en Jesucristo.

Pero el Evangelio también nos hace una pregunta muy concreta: ¿qué fronteras seguimos levantando nosotros?

¿A quiénes consideramos diferentes? ¿A quiénes nos cuesta aceptar? ¿Quiénes quedan fuera de nuestras comunidades, de nuestras relaciones o incluso de nuestra oración?

La mujer cananea nos recuerda que Dios puede encontrarse con nosotros allí donde menos lo esperamos. Y nos enseña también a perseverar en la oración. Ella no se desanima ante el silencio de Jesús. Sigue confiando.

Pidamos hoy al Señor una fe como la suya: humilde, perseverante y confiada.

Una fe que no se desanime.

Una oración que no abandone.

Y un corazón abierto, capaz de reconocer que nadie es extranjero ante la misericordia de Dios.

Que nuestras comunidades sean verdaderamente esa «casa de oración para todos los pueblos»: fieles a la verdad, arraigadas en la fe recibida y, al mismo tiempo, abiertas a todos.

Porque el Dios que eligió a Israel es el Dios que llama a todas las naciones, y Jesucristo es el cumplimiento de esa promesa: en Él, la misericordia de Dios ha abierto sus puertas a todos.

Amén.