Hoy la Iglesia se llena de alegría para celebrar la solemnidad del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Es una ocasión privilegiada para contemplar, agradecer y adorar el inmenso regalo que Cristo ha dejado a su Iglesia: su presencia real en la Eucaristía.
El Evangelio que hemos escuchado nos sitúa en la sinagoga de Cafarnaún, donde Jesús pronuncia unas palabras que constituyen una de las revelaciones más profundas y sorprendentes de todo el Evangelio: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».
Con estas palabras, Jesús nos conduce al corazón mismo del misterio que hoy celebramos. El pueblo de Israel había sido alimentado con el maná durante su travesía por el desierto. Aquel pan fue un signo de la providencia de Dios. Sin embargo, Jesús se presenta como un don infinitamente mayor. No ofrece simplemente un alimento venido de Dios; Él mismo se convierte en alimento para nosotros. En la Eucaristía, Cristo no nos da algo suyo: se nos da a sí mismo.
Cuando anuncia que dará su carne para la vida del mundo, Jesús está anticipando el sacrificio de la cruz. Allí entregará totalmente su vida por nuestra salvación. La Eucaristía es precisamente el memorial vivo de ese amor llevado hasta el extremo. Es el Sacramento de la Caridad, donde Cristo permanece para siempre como el gran don del Padre a la humanidad.
Sabemos que las expresiones «comer mi carne» y «beber mi sangre» desconcertaron a muchos de sus oyentes. Y todavía hoy pueden resultar difíciles de comprender si se interpretan solamente desde una perspectiva humana. Pero Jesús habla de una realidad mucho más profunda. En la Eucaristía recibimos al Señor vivo y resucitado, que nos comunica su propia vida. Recibimos a Cristo entero, que se entrega por amor y nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte.
Por eso, desde los primeros siglos, los cristianos han reconocido en la Eucaristía una verdadera medicina de inmortalidad y una prenda de la gloria futura. Cada vez que participamos de este sacramento, recibimos una anticipación de la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos.
Pero la Eucaristía no es solamente una presencia que adoramos ni un recuerdo que conservamos. Es una comunión que transforma nuestra existencia. Cuando nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, no sucede como con cualquier alimento que es asimilado por quien lo consume. En la comunión ocurre algo mucho más grande: es Cristo quien nos atrae hacia sí y nos transforma según su corazón.
Él nos incorpora a su vida, a sus sentimientos, a su modo de amar. Por eso, quien participa auténticamente de la Eucaristía está llamado a vivir como Cristo vivió: en la entrega, en el servicio, en la generosidad y en el amor que sabe darse sin reservas. Alimentados por el Pan de Vida, aprendemos también nosotros a convertirnos en pan partido para los demás, especialmente para los más pobres, los más débiles y los que más necesitan de nuestra cercanía.
Jesús vincula además este sacramento con una promesa maravillosa: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». En medio de nuestras fragilidades, sufrimientos e incertidumbres, la Eucaristía nos recuerda que nuestra vida tiene un destino de plenitud. No caminamos hacia la nada; caminamos hacia Dios. Y en cada comunión recibimos la fuerza y la esperanza necesarias para perseverar en ese camino.
Sin embargo, este misterio solo puede ser acogido desde la fe. Muchos se escandalizaron al escuchar a Jesús porque intentaron comprender sus palabras únicamente con criterios humanos. También nosotros podemos caer en la tentación de reducir la Eucaristía a una explicación racional o a un simple símbolo. Pero la Iglesia responde con el “Amén” de la fe.
Ese “Amén” que pronunciamos al recibir la comunión expresa nuestra adhesión confiada a Cristo presente en el sacramento. Es el “Amén” de quien reconoce que Dios sigue actuando en medio de su pueblo. Es el “Amén” de quien sabe que la Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia y el alimento que sostiene su peregrinación a lo largo de la historia.
Queridos hermanos, en esta fiesta del Corpus Christi contemplemos con gratitud a Cristo, Pan vivo bajado del cielo. Acerquémonos a la mesa eucarística con fe renovada y con el corazón abierto. Allí nos espera el Señor que entregó su vida por nosotros, que permanece a nuestro lado, que nos transforma con su amor y que nos conduce hacia la vida eterna.
Que nuestra participación en esta celebración nos impulse a vivir cada día más unidos a Cristo y a convertirnos, para el mundo, en signos vivos de su amor. Amén.
Padre Oscar Angel Naef
