Queridos hermanos:
El Evangelio que hoy meditamos, tomado de Mateo 10, 26-33, forma parte del discurso misionero de Jesús a sus discípulos. Después de enviarlos a anunciar el Reino de Dios, el Señor les habla con realismo. No les promete un camino fácil. Les advierte que encontrarán oposición, incomprensiones e incluso persecuciones.
Sin embargo, en medio de esas advertencias, resuena una expresión que se repite varias veces y que constituye el corazón de este pasaje: «No tengan miedo».
Estas palabras son mucho más que un simple consejo para mantener el ánimo. Son una invitación a vivir con libertad interior, con confianza en Dios y con la valentía propia de quien sabe que su vida está en manos del Padre.
A la luz de este Evangelio, podemos detenernos en tres grandes enseñanzas: la fuerza de la verdad, la libertad que nace del temor de Dios y la confianza en la Providencia divina.
En primer lugar, Jesús nos recuerda que la verdad siempre termina manifestándose. Dice: «Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse».
La verdad tiene una fuerza propia. Puede ser rechazada, perseguida o ignorada durante un tiempo, pero nunca puede ser destruida definitivamente.
La historia del cristianismo lo demuestra. El Evangelio fue anunciado muchas veces en medio de dificultades y persecuciones, pero siguió extendiéndose porque su fundamento no es el poder humano, sino la verdad de Dios.
Por eso Jesús añade: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a plena luz; y lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas».
El mensaje recibido no es un tesoro para guardar únicamente para nosotros mismos. Está destinado a ser compartido.
También nosotros vivimos en una sociedad donde muchas veces la fe es considerada algo exclusivamente privado. Existe el temor a ser juzgados, incomprendidos o ridiculizados. Sin embargo, el discípulo de Cristo está llamado a anunciar el Evangelio con serenidad y valentía, no para imponerse a los demás, sino para ofrecer una palabra de esperanza, de salvación y de vida.
Después, Jesús nos conduce al centro de su enseñanza cuando dice: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma».
Aquí aparece una diferencia fundamental entre dos tipos de temor.
Por un lado, está el miedo humano: el miedo a perder la seguridad, el prestigio, los bienes materiales o incluso la propia vida. Es un miedo comprensible, pero no puede convertirse en el dueño de nuestra existencia.
Por otro lado, está el llamado temor de Dios. Y es importante entender bien esta expresión. No se trata de tener miedo de Dios ni de verlo como un juez implacable. El temor de Dios es el respeto amoroso de quien reconoce su grandeza y no quiere apartarse de Él.
Es el temor de perder el bien más grande que existe: la comunión con Dios.
Y aquí encontramos una hermosa paradoja espiritual. Cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, todos los demás miedos comienzan a perder fuerza. Cuando el corazón está firmemente apoyado en Dios, las amenazas humanas ya no tienen el mismo poder sobre nosotros.
Los santos comprendieron profundamente esta verdad. Muchos enfrentaron persecuciones, sufrimientos y pruebas extraordinarias porque habían descubierto que nada podía separarlos del amor de Dios.
Jesús nos invita también a mirar más allá de la vida presente. Cuando afirma que los hombres pueden matar el cuerpo pero no el alma, nos recuerda la dignidad inmensa de cada persona humana.
Nuestra existencia no se reduce a la vida biológica. Hemos sido creados para la eternidad.
La muerte física es una realidad dolorosa, pero no tiene la última palabra. La fe cristiana proclama que la verdadera vida se encuentra en Dios y que ninguna fuerza humana puede destruir aquello que Él ha destinado para siempre.
Esta certeza cambia nuestra manera de afrontar el sufrimiento, las pérdidas y las dificultades. No elimina el dolor, pero le da un sentido nuevo. El creyente sabe que su destino último está en las manos de Dios y no en las circunstancias pasajeras de este mundo.
Y entonces llegamos a uno de los pasajes más hermosos y conmovedores de todo el Evangelio.
Jesús dice:
«¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo cae a tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.»
Aquí se nos revela el rostro de la Providencia divina.
Dios no es un ser lejano e indiferente. Es un Padre que conoce, acompaña y cuida a sus hijos. Su amor alcanza incluso los detalles más pequeños de nuestra vida.
Si Dios cuida de los gorriones, cuánto más cuidará de nosotros.
Y cuando Jesús afirma que hasta nuestros cabellos están contados, quiere enseñarnos que nada escapa a la mirada amorosa del Padre. Ninguna lágrima, ninguna preocupación, ninguna lucha, ninguna esperanza.
Esta certeza es una fuente inmensa de consuelo. Todos atravesamos momentos de incertidumbre, de dolor o de oscuridad. Pero el Evangelio nos recuerda que nunca estamos solos. Dios sigue acompañando nuestra historia y guiándola hacia un bien mayor.
La Providencia no significa ausencia de pruebas. Significa que incluso en medio de ellas Dios permanece presente y actuante.
Finalmente, Jesús concluye con una invitación decisiva:
«A todo el que me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre celestial.»
La fe no puede quedar reducida a algo puramente interior. Está llamada a manifestarse en la vida cotidiana.
Confesar a Cristo no consiste solamente en decir que creemos en Él. Significa vivir de tal manera que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones reflejen el Evangelio.
La forma más convincente de evangelización sigue siendo una vida coherente con la fe que profesamos.
Hermanos, este Evangelio nos deja un mensaje profundamente actual.
Jesús nos invita a vencer el miedo con la fuerza de la verdad.
Nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas.
Nos invita a confiar plenamente en la Providencia del Padre.
Y nos invita a dar testimonio de nuestra fe con valentía y coherencia.
Por eso, también hoy, el Señor nos repite aquellas palabras que han sostenido a generaciones enteras de creyentes:
No tengan miedo.
No tengan miedo de anunciar la verdad.
No tengan miedo de vivir según el Evangelio.
No tengan miedo de confiar en Dios.
Porque quien sabe que es amado por el Padre, acompañado por Cristo y sostenido por el Espíritu Santo descubre una libertad que ninguna fuerza de este mundo puede arrebatarle.
Amén.
