domingo, 26 de abril de 2026

Homilía. Domingo IV del tiempo de Pascua. 26 de abril de 2026

Queridos hermanos,

en este día en que la Iglesia celebra la Jornada del Buen Pastor, la liturgia nos permite contemplar una de las imágenes más bellas y profundas del Evangelio de Juan. En este pasaje (10, 1-10), Jesús no solo nos habla de Dios: nos revela su propia identidad y el modo en que Dios se relaciona con nosotros. Y lo hace con una afirmación decisiva: Él es la Puerta y Él es el Pastor.

Jesús dice: “Yo soy la puerta”. En la Biblia, la puerta es el lugar de acceso, el paso hacia un espacio de vida y de seguridad. Con esta imagen, Cristo nos enseña que no hay otro camino auténtico hacia el Padre fuera de Él. Entrar por Cristo es entrar en la vida verdadera, en la comunión con Dios que da sentido a toda existencia humana.

Frente a esta puerta aparecen los “ladrones y salteadores”, que representan todas aquellas voces que prometen felicidad sin verdad, libertad sin amor, plenitud sin entrega. Caminos que seducen, pero que al final dejan al hombre vacío. Cristo, en cambio, no engaña ni domina: su voz se reconoce porque nace del amor.

Pero Jesús no solo es la Puerta: también es el Buen Pastor. Y aquí se revela el corazón mismo de Dios. En Él se cumple la promesa anunciada en Libro de Ezequiel: Dios mismo viene a buscar a sus ovejas, a reunir a las dispersas, a sanar a las heridas. El verdadero pastor no se sirve del rebaño, sino que se entrega por él.

Y hay un detalle decisivo: Jesús “llama a sus ovejas por su nombre”. Esto significa que nuestra relación con Dios es profundamente personal. No somos un número ni una masa anónima. Cada uno es conocido, amado y llamado de manera única. La fe no es solo creer en algo, sino reconocer una voz que nos nombra y nos conduce.

Además, el Evangelio dice que el pastor “va delante de las ovejas”. Dios no nos abandona ni nos empuja desde atrás: abre camino, camina con nosotros, atraviesa nuestra historia humana. En Cristo, Dios se ha hecho cercano, compañero de ruta.

Y entonces resuena la gran promesa: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Esta vida en abundancia no es riqueza material ni éxito mundano. Es la comunión con Dios, la única que puede saciar la sed más profunda del corazón humano.

En este contexto, la Iglesia contempla también el don y la misión del sacerdocio. El sacerdote está llamado a ser pastor en nombre de Cristo, no como dueño del rebaño, sino como servidor del Buen Pastor. Su vida tiene sentido en la medida en que hace presente a Cristo: cuando predica, cuando celebra los sacramentos, cuando acompaña, cuando consuela, cuando guía. En él, la comunidad debe poder reconocer algo de la voz y del corazón de Jesús.

Por eso, el sacerdote no se pertenece a sí mismo: pertenece a Cristo y al pueblo que le ha sido confiado. Su grandeza no está en el poder, sino en la entrega; no en dominar, sino en servir; no en ocupar un lugar, sino en gastar la vida por los demás, como lo hace el mismo Cristo.

De aquí brota una consecuencia muy concreta para toda la Iglesia: la necesidad urgente de rezar por las vocaciones. Jesús mismo lo dice: “La mies es abundante, pero los obreros son pocos”. No podemos dejar de pedir al Señor que siga llamando, que siga tocando corazones generosos, que siga suscitando sacerdotes santos según su Corazón. Y también debemos acompañar a quienes sienten esta llamada, ayudándolos a discernir y a responder con valentía.

Como recuerda Agustín de Hipona, el verdadero pastor no se busca a sí mismo, sino que busca a las ovejas. Esta es la medida de toda vocación: vivir para los demás guiando hacia la vida eterna en el nombre de Cristo, pastor eterno.

Queridos hermanos, hoy se nos renueva una certeza: no estamos solos. Hay una voz que nos llama por nuestro nombre. Hay una puerta abierta que conduce a la vida. Y hay pastores, frágiles pero sostenidos por la gracia, que hacen presente al único Buen Pastor.

Pidamos hoy la gracia de escuchar esa voz en medio de tantas otras. Agradezcamos el don del sacerdocio en la Iglesia. Y roguemos con insistencia por nuevas vocaciones, para que nunca falten pastores según el corazón de Cristo.

Que María, Madre de la Iglesia, acompañe este camino y nos ayude a seguir siempre al Buen Pastor. Amén.

Padre Oscar Angel Naef