“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”
Estas palabras de Jesús no son una acusación fría; son un lamento. Son el dolor del Hijo que busca corazones y encuentra gestos vacíos, que busca amor y recibe solo apariencia. Y ante este lamento, el Evangelio nos invita hoy a mirar a una Mujer: María. Porque si hay alguien que nunca honró a Dios solo con los labios, sino con todo su ser, es Ella.
María es la respuesta viva a la denuncia de Marcos 7. En Ella no hay separación entre lo exterior y lo interior, entre la palabra y el corazón. Todo en María es verdad, todo es unión, todo es oración. Su vida entera es un “sí” pronunciado no solo con la boca, sino con el alma.
Jesús denuncia el formalismo religioso porque sabe que el Padre no busca ritos vacíos, sino corazones que amen. Y María es precisamente ese corazón. Ella no necesitó muchas palabras para orar; su oración fue su disponibilidad total. En Nazaret, en el silencio de la vida oculta, María vivió una oración constante, profunda, fiel, que no se veía, pero que sostenía el designio de Dios sobre el mundo.
Por eso, María es maestra de oración. No nos enseña técnicas, sino una actitud interior: estar ante Dios con el corazón abierto, dócil, receptivo. Orar, como María, no es hablar mucho, sino dejar que Dios actúe. No es imponerle a Dios nuestros planes, sino acoger los suyos con fe, incluso cuando no los comprendemos.
En María vemos con claridad que la oración verdadera nace de la fe. Ella no ve, pero cree. No entiende del todo, pero se abandona. Desde la Anunciación hasta la Cruz, su vida es un camino de fe sostenida por la oración silenciosa. Y es esa fe la que hace de su oración un consuelo permanente para el Corazón de su Hijo.
Porque María no solo ora: repara. Cuando el mundo hiere a Jesús con la indiferencia, con el rechazo, con el pecado, María se mantiene en pie. Al pie de la Cruz, Ella no huye, no protesta, no se rebela. Permanece. Y ese permanecer es la forma más alta de oración. Su silencio es reparación, su fidelidad es consuelo, su amor es respuesta al amor herido de Cristo.
Allí, junto a la Cruz, María ora no con palabras, sino con el ofrecimiento total de su corazón de Madre. Mientras muchos honran a Dios con los labios y lo abandonan con la vida, María honra al Hijo con su presencia fiel. Ella enseña que la oración más profunda no siempre alivia el dolor, pero lo transforma en amor ofrecido.
También en la vida oculta de la Iglesia, María sigue siendo maestra. Nos enseña que la oración no es un refugio para huir del mundo, sino una fuerza para amar mejor en medio de él. Ella nos introduce en la oración mental, en ese estar con Dios sin máscaras, sin prisas, sin formalismos. Nos enseña a mirar a Jesús, a dejarnos mirar por Él, y a consolarlo con una fe sencilla y perseverante.
La oración mariana es siempre cristocéntrica. María no se detiene en sí misma; conduce al Hijo. Ella ora en Cristo, con Cristo y para Cristo. Y así nos enseña que toda oración verdadera pasa por Él, se apoya en Él y se ofrece al Padre por Él. Incluso cuando nuestra oración es pobre, distraída o cansada, María la recoge, la purifica y la presenta al Corazón de Jesús.
En un mundo que sigue honrando a Dios con palabras pero olvidándolo en las obras, María nos enseña la oración reparadora. Nos invita a ofrecer amor donde hay frialdad, fidelidad donde hay ruptura, fe donde hay soberbia. Nos enseña que orar es consolar a Jesús, es acompañarlo en su soledad, es decirle con la vida entera: “No estás solo”.
Por eso, acudir a María no nos aleja de la oración cristiana, sino que nos introduce en su forma más pura. Con Ella aprendemos a orar desde el corazón, a vivir en fe, a reparar con amor silencioso. Y así, sostenidos por su intercesión maternal, nuestra oración deja de ser un formalismo más y se convierte en un encuentro vivo, verdadero, que consuela al Corazón de Cristo y glorifica al Padre.
P. Oscar Angel Naef
(Predicado en la Capilla Inmaculada de las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires. Almagro. Ciudad Autónoma de Buenos Aires)