miércoles, 11 de febrero de 2026

Homilía. Domingo V del tiempo ordinario. 8 de febrero de 2026

Hermanos:

El Evangelio que acabamos de escuchar, tomado de Mateo (5, 13-16), nos sitúa inmediatamente después de las bienaventuranzas y nos ayuda a comprender su consecuencia más profunda. Jesús nos dice: Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. No es una invitación opcional ni una tarea reservada a unos pocos. Es la revelación de lo que somos por haber acogido su llamada y su modo de vivir.

Cuando Jesús habla de la sal, nos recuerda algo muy sencillo y a la vez muy exigente. La sal no se nota a primera vista, pero es capaz de preservar, de dar sabor, de evitar la corrupción. Así también el cristiano está llamado a custodiar la vida y la historia del desgaste que produce el pecado y el sinsentido. Ser sal significa vivir de tal manera que la realidad recupere su sabor humano y espiritual, que la convivencia se sostenga en la fidelidad, en la justicia y en el amor. Pero Jesús nos advierte con claridad: si la sal pierde su fuerza, ya no sirve. Cuando el discípulo se deja arrastrar por criterios contrarios al Evangelio y abandona el espíritu de las bienaventuranzas, pierde su identidad y se vuelve irrelevante.

Luego Jesús nos habla de la luz. La luz, en la Biblia, es signo de la presencia de Dios, de la verdad que orienta, de la vida que vence a las tinieblas. Por eso dice que una ciudad puesta en lo alto no puede ocultarse. La fe no puede quedar encerrada en el ámbito privado ni reducida a una experiencia íntima. Cuando es auténtica, necesariamente se hace visible. No para buscar prestigio ni reconocimiento, sino para que, a través de las buenas obras, otros descubran la acción de Dios y glorifiquen al Padre.

Aquí está el corazón del mensaje: la misión no nace del esfuerzo humano, sino de la identidad recibida. Jesús no dice deberían ser”, sino son”. Somos sal y luz en la medida en que permanecemos en la lógica del Reino. Por eso, la fe que no se traduce en compromiso se apaga, y la acción que no brota de la gracia pierde su sentido. Solo la coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos permite que la sal conserve su sabor y que la luz ilumine de verdad.

Este Evangelio nos invita, finalmente, a una espiritualidad encarnada. Vivir las bienaventuranzas no es refugiarse en una perfección privada, sino asumir un compromiso real con la historia, con sus heridas y sus esperanzas. Ser sal de la tierra y luz del mundo es nuestra vocación común: hacer visible, en la vida cotidiana, la fidelidad y la misericordia de Dios, para que el mundo encuentre en Cristo su verdadero sentido.

Como sólo no podemos le pedimos a la Virgen del Huerto: enséñanos a permanecer con Cristo cuando la fe se vuelve exigente, a no perder el sabor del Evangelio en medio del cansancio o del miedo, y a dejar que la luz de tu Hijo brille en nosotros incluso en la noche.

Tú que guardaste la esperanza cuando todo parecía oscuro, ayúdanos a vivir las bienaventuranzas con coherencia, a ser sal que conserve la vida y luz que oriente a nuestros hermanos, no para nuestra gloria, sino para que el Padre sea conocido y amado.

Nuestra Señora del Huerto, acompaña a esta comunidad en su caminar, fortalece nuestro compromiso con el Reino y condúcenos siempre hacia Cristo, luz del mundo y Señor de la historia. Amén.

Pbro. Oscar Angel Naef