Queridos hermanos,
La parábola del sembrador, en el evangelio de Marcos, ofrece una enseñanza fundamental sobre el modo en que la Palabra de Dios es conocida y acogida por el ser humano. A la luz de santo Tomás de Aquino, esta parábola puede entenderse como una pedagogía divina que articula revelación, fe y libertad.
Santo Tomás enseña que Dios ha revelado la verdad de manera que la salvación esté al alcance de todos. Distingue entre verdades accesibles sólo por revelación y otras que también pueden alcanzarse por la razón natural; sin embargo, afirma que toda verdad revelada exige siempre la virtud de la fe, infundida por Dios, para acceder a la realidad profunda que se comunica a través de palabras humanas. La fe permite pasar del signo exterior al misterio interior.
En este marco, la semilla es la Palabra viva de Dios, plena y eficaz en sí misma. El sembrador, que es Cristo, la esparce con generosidad, sin excluir a nadie, respetando la libertad humana. La diversidad de frutos no depende de la semilla, sino de la disposición del corazón, simbolizada en los distintos terrenos.
El camino representa el corazón endurecido, cerrado a la fe. El terreno pedregoso expresa una acogida superficial, sin raíces, que no resiste la prueba. Las espinas simbolizan las preocupaciones, ambiciones y seducciones del mundo que ahogan la Palabra. La tierra buena, en cambio, es el corazón que escucha, cree, persevera y permite que la Palabra transforme la vida. La parábola se convierte así en un llamado constante a la conversión interior, a arrancar las espinas y a cultivar una fe profunda y perseverante.
En el centro del pasaje, Jesús afirma: «A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios». Este misterio no es un saber reservado a una élite, sino la persona misma de Cristo, en quien el Reino se hace presente. Los discípulos, “los de adentro”, comprenden no por superioridad intelectual, sino por su apertura humilde y creyente. “Los de afuera” no son excluidos arbitrariamente, sino que permanecen en la incomprensión por el endurecimiento voluntario del corazón, como señala Isaías.
Las parábolas son luz para quien cree y enigma para quien se cierra. No castigan, sino que respetan la libertad humana y protegen la autenticidad de la conversión. Así, Marcos 4, 1-20 es una invitación exigente y esperanzadora: el Señor sigue sembrando; cada creyente es llamado a hacerse tierra buena, donde la Palabra, acogida con fe, de fruto abundante y haga participar del misterio del Reino revelado en Cristo. Con el deseo de ser tierra fértil decimos: Nuestra Señora de la Esperanza confiamos en ti. Amén
P. Oscar Angel Naef