Queridos hermanos:
Hoy el evangelio (Marcos 1, 40-45) nos presenta un leproso que es curado por Jesús luego de ponerse de rodillas para rogarle que le conceda la salud. Tomándonos de la actitud del leproso quisiera invitarlos a reflexionar sobre un gesto sencillo, pero profundamente elocuente: arrodillarse ante el Señor. Un gesto que, aunque cotidiano en nuestra tradición cristiana, encierra una riqueza espiritual y humana que vale la pena redescubrir.
Arrodillarse puede entenderse, en primer lugar, en un sentido cultual. Cuando nos arrodillamos en la adoración, reconocemos que Dios es el único soberano, que Él es el Señor de la historia y de nuestra vida. Este gesto expresa la virtud de la religión, que forma parte de la justicia: darle a Dios lo que le corresponde. No se trata de una humillación, sino de un acto de verdad. El ser humano reconoce quién es Dios y, al hacerlo, se sitúa correctamente ante Él y ante el mundo.
Pero este gesto no se queda solamente en el ámbito del culto. Arrodillarse tiene también un sentido existencial, profundamente liberador. Cuando el hombre reconoce la autoridad suprema de Dios, lejos de perder su libertad, la encuentra. Porque solo cuando dejamos de colocarnos a nosotros mismos en el centro, somos capaces de desplegar plenamente el don que somos.
Reconocer a Dios como Señor nos abre a la ley de la perfección, que no es otra cosa que la ley del amor. Un amor que no nace del esfuerzo humano, sino de una respuesta: amamos porque Él nos amó primero. Así, arrodillarse se convierte en una profesión de libertad y en un acto de confianza.
Y aquí es importante preguntarnos: ¿ante qué Dios nos arrodillamos? Nos postramos ante un Dios que se ha abajado primero hacia el hombre. Ante un Dios que, como el Buen Samaritano, se inclinó sobre nuestra humanidad herida para socorrerla y devolverle la vida. Ante un Dios que se arrodilló para lavar los pies sucios de sus discípulos, mostrando que su poder es el servicio y que su grandeza es el amor.
Este es el Dios que da sentido a todo: al inmenso universo y a la más pequeña criatura; a toda la historia humana y a la existencia más breve y frágil. Por eso, cuando nos arrodillamos ante Él, no lo hacemos por miedo, sino por esperanza.
Porque Aquel ante quien nos postramos no nos aplasta, no nos condena, no nos juzga para destruirnos. Al contrario, nos libera y nos transforma. Nos levanta, nos devuelve la dignidad y nos enseña a vivir de otra manera.
Que cada vez que doblemos nuestras rodillas, lo hagamos con esta certeza en el corazón: al arrodillarnos ante Dios, no perdemos nada; lo ganamos todo. Ganamos libertad, sentido y esperanza. Amén
P. Oscar Angel Naef