domingo, 11 de julio de 2021

Homilía. Misa por la pronta Beatificación de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis. 2 de junio de 2021

En el Evangelio (Marcos 12,18-27) que acabamos de leer nos encontramos con una luminosa expresión del Señor que servirá para nuestra meditación. Dice Jesús: “El no es un Dios de muertos sino de vivientes”

Esta expresión nos lleva indefectiblemente a considerar que no es lo mismo la relación que establecemos con Dios si nuestro horizonte es la vida que si es la muerte.

El común de los mortales vivencia la conclusión o término de la vida terrena como una tragedia que se llama muerte. Y en ese sentido podemos decir que hay quienes viven con un horizonte de muerte.

Dejemos de lado a quienes consideran la vida como un sinsentido que acaba con la muerte ya que para ellos no hay Dios. Pero consideremos sí, a aquellos para quienes construyen un horizonte de muerte que les hace llevar una vida de cálculo y especulación montando pequeñas o grandes seguridades humanas que desplanzan al Dios de los vivientes.

Estos último, ¿qué experiencia tienen del amor de Dios? Esa energía puesta en montar rutinas que hacen de la vida religiosa un código ritual, ¿les permite percibir el amor de Dios que se ofrece sin cesar a nuestra pequeñez y pobreza? ¿No hay un traslado del horizonte de muerte que ahoga el Amor que da la vida?

Algo de este peligro debe de haber captado la Madre Eufrasia ya que al imaginar la vida espiritual de sus comunidades plasma en la Constituciones de 1905 dos indicaciones: (131) no anexar nuevos elementos rituales a la espiritualidad; y, (132) dice que es contrario al espíritu del Instituto las salidas a santuarios, peregrinaciones, etc; indicando celebrar en sus propias capillas.

Consideremos entonces la vida sobrenatural que es presencia del Dios de los vivientes en nuestra vida interior. Es presencia de un Amor que en cada momento llama a la puerta de nuestro corazón y, sin forzar una respuesta, mendiga nuestro amor, busca permanecer en la pobreza de lo que somos. De ahí que para abrirse al dialogo interior con el Dios de los vivientes es necesario un horizonte de vida que asuma lo que somos y acepte lo que se nos da como lo que necesitamos para vivir en la presencia del Amor divino. Es necesario asumir la experiencia de nuestra propia miseria como el lugar de encuentro con la misericordia que Dios nos ofrece para recrear lo que somos, en especial nuestra capacidad de amar y de ser amados.

También esto ve muy claro la Madre Eufrasia al insistir en diversas ocasiones a sus religiosas sobre la necesidad de la oración que entra en diálogo con la presencia del Amor del Dios de los vivientes. Destaco en este punto el pedido que hace en las Constituciones de 1905 para que en la oración mental se busque poner en su centro la vida y pasión del Señor (118), fuente del Amor que golpea a nuestra puerta. Luego vuelve a insistir en otro punto (135) es indispensable para la formación y conservación del espíritu religioso, el espíritu de oración.

La vida interior forjada en el horizonte de la vida debe animar la fidelidad externa, porque la observancia de reglas no constituye la santidad, sino que es sólo un medio para llegar a ella. Debemos procurar que nuestro amor al Dios de los vivientes sea el móvil de nuestras acciones y el custodio de nuestra fidelidad frente a nuestra fragilidad como lo fue en la vida de la Venerable Madre Eufrasia. Amén

Pero. Oscar Angel Naef