martes, 3 de noviembre de 2026

Misa pidiendo por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis. Conmemoración de todos los fieles difuntos. 2 de noviembre de 2026. Evangelio: Juan 6, 37-40

Queridos hermanos,

La Conmemoración de todos los fieles difuntos nos sitúa ante uno de los grandes misterios de nuestra existencia: la muerte. No como una realidad que simplemente interrumpe la vida, ni como un destino que clausura definitivamente nuestra historia, sino como el último paso de nuestra peregrinación hacia Dios.

El Evangelio de Juan nos ofrece hoy una palabra que ilumina profundamente este misterio. Jesús afirma: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré» (Jn 6, 37). En esta afirmación encontramos una de las certezas más consoladoras de nuestra fe: el hombre que acude a Cristo es recibido sin condiciones, acogido en su fragilidad, en su historia, en sus búsquedas y también en sus heridas. Nadie que se acerque a Él queda fuera de su amor.

Y es precisamente desde esta acogida incondicional donde podemos comprender el sentido cristiano de la muerte. Porque, de algún modo, saber vivir significa también saber morir. No se trata de aprender a resignarnos ante el final, sino de aprender a vivir cada día en una entrega confiada, hasta hacer de toda nuestra existencia una ofrenda al Padre.

La fe cristiana no es una esperanza abstracta de supervivencia del alma después de la muerte. Es mucho más: es la certeza de que la persona entera, con su identidad, su historia, sus vínculos, sus amores y todo aquello que ha construido desde la gracia, está llamada a permanecer en Dios. Nuestra vida no cae en el olvido. Cada existencia es preciosa para Él y ninguna historia de amor vivida en Cristo se pierde.

Por eso Jesús no dice solamente que quienes creen en Él tendrán vida eterna, sino que añade una promesa concreta: «Yo lo resucitaré en el último día». La esperanza cristiana tiene un horizonte definitivo: la resurrección de los cuerpos, la redención de toda la persona y la comunión plena con Dios. No esperamos simplemente continuar existiendo: esperamos ser resucitados por Cristo.

1. La muerte como compañera de camino, velo y paso hacia Dios

A lo largo de la tradición espiritual cristiana, la comprensión de la muerte ha adquirido distintas imágenes que, lejos de contradecirse, nos permiten contemplar diferentes dimensiones de un mismo misterio.

En una primera mirada, la muerte fue contemplada como compañera de camino, como una realidad que acompaña la existencia humana y cuyo tiempo pertenece al designio de Dios. Esta perspectiva, que reconoce nuestra condición de peregrinos, no pretende glorificar la muerte, sino ayudarnos a asumir nuestra condición de criaturas. El hombre no es dueño absoluto de su tiempo: camina hacia una plenitud que no puede darse a sí mismo.

Esta conciencia puede convertirse en una experiencia profundamente positiva, porque nos recuerda que nuestra vida tiene una dirección y un destino. Somos peregrinos llamados a vivir en comunión con Dios. La muerte, entonces, nos recuerda que no hemos sido creados para permanecer indefinidamente en este mundo, sino para alcanzar la plenitud de nuestra vocación.

Más adelante, especialmente en la espiritualidad carmelitana, la muerte fue contemplada como un velo que se corre. Esta imagen expresa una intuición mística muy profunda: aquello que durante la vida se experimenta en la fe, en la oscuridad, en la búsqueda y en el deseo, alcanza con la muerte su plenitud en la comunión con Dios. El velo no destruye la relación, sino que permite contemplar cara a cara a Aquel a quien hemos amado y buscado.

La muerte no es, desde esta perspectiva, el comienzo de una relación nueva con Dios, sino la consumación de una relación que ha ido creciendo a lo largo de toda la existencia.

En esta misma línea podemos recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien contempló la muerte como el último paso humano-divino que nos toca dar en esta vida: un paso que, vivido en Cristo, no significa separarnos de Dios, sino continuar unidos a Él en la eternidad. Es el paso de la fe a la visión, de la esperanza a la posesión, del amor vivido en el tiempo al amor plenamente realizado.

Así, la muerte cristiana no puede comprenderse separada del misterio pascual. Morir es entrar con el Hijo en su entrega al Padre. Es confiar nuestra existencia a Aquel que ha atravesado la muerte y la ha vencido. Es participar, desde nuestra condición humana, de esa relación filial de entrega, confianza y amor que Jesús vive eternamente con el Padre.

Cada experiencia de muerte que atravesamos a lo largo de nuestra vida puede convertirse, entonces, en una oportunidad para entrar más profundamente en esta dinámica pascual: morir a aquello que nos retiene, desprendernos de nuestras seguridades, aceptar los límites, entregar lo que amamos y confiar en que Dios puede hacer brotar vida allí donde nosotros solo vemos pérdida.

2. Madre Eufrasia Iaconis: una biografía marcada por la Pascua

Esta perspectiva teológica y espiritual encuentra una expresión particularmente elocuente en la vida de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

Su itinerario no estuvo exento de experiencias de muerte. Por el contrario, su historia estuvo marcada por sucesivas rupturas, desprendimientos, pérdidas y comienzos. Sin embargo, en cada una de ellas podemos descubrir una mujer que aprendió a vivir desde la comunión con Jesús, haciendo de cada dificultad una oportunidad para renovar su entrega.

Su primera gran experiencia de muerte fue dejar su tierra. Abandonar Italia para venir a la Argentina significó desprenderse de sus raíces, de sus afectos, de lo conocido y familiar. Llegar a Buenos Aires implicó comenzar nuevamente, en una cultura distinta, con otro idioma y en medio de circunstancias que exigían una profunda disponibilidad interior.

Dejar la propia tierra es, de algún modo, aceptar morir a una parte de uno mismo para que pueda nacer algo nuevo. Madre Eufrasia hizo de ese desprendimiento una respuesta de amor. No llegó simplemente para establecer una obra, sino para entregar su vida a una misión que comprendía como voluntad de Dios.

También tuvo que experimentar la muerte de aquello que había constituido su pertenencia congregacional. El cierre de la congregación a la que pertenecía por disposición de la Santa Sede significó una ruptura dolorosa. Podría haber sido el final de su camino, la desaparición de una obra y de un proyecto al que había entregado su existencia.

Sin embargo, en medio de aquella experiencia de despojo, se abrió paso una nueva inspiración. Allí donde humanamente parecía no haber continuidad, Dios hizo nacer una posibilidad: fundar una nueva congregación.

La fundación no fue un camino triunfal ni estuvo exenta de incertidumbres. Fue un itinerario sembrado de dificultades, de decisiones complejas y de situaciones que exigieron perseverancia. Pero precisamente allí se manifestó la fecundidad de una vida entregada: cuando todo parecía morir, la confianza en Dios permitía volver a comenzar.

También su regreso a Italia para abrir un noviciado fue una nueva experiencia de desprendimiento. Desde allí continuó alentando la obra en Argentina, sosteniendo a sus hijas espirituales y manteniendo vivo el impulso misionero. La distancia física no significó ausencia, porque la comunión verdadera no se mide por la cercanía geográfica, sino por la permanencia en el amor.

Más tarde regresó para formalizar la fundación, procurando dar estabilidad y reconocimiento a la obra naciente. Tampoco entonces desaparecieron las dificultades. Su existencia estuvo atravesada por obstáculos que parecían multiplicarse, pero su respuesta fue seguir adelante, sosteniendo aquello que había recibido como misión.

En todas estas experiencias podemos reconocer una constante: Madre Eufrasia fue aprendiendo a morir a sus propios proyectos, a sus seguridades y a sus expectativas, para permanecer disponible a la voluntad de Dios.

No se trata de idealizar el sufrimiento ni de afirmar que toda pérdida sea buena en sí misma. Se trata de reconocer que una vida unida a Cristo puede atravesar las pérdidas sin quedar definida por ellas. La gracia transforma el despojo en disponibilidad, la incertidumbre en confianza y la dificultad en una nueva posibilidad de entrega.

3. El Pirovano: el último despojo y la consumación de una vida entregada

Quizás una de las experiencias más significativas de este itinerario pascual fue la enfermedad que condujo a Madre Eufrasia hacia el final de su vida.

Después de tantos años de entrega, de viajes, de fundaciones, de luchas y de preocupaciones por sus hijas espirituales, llegó el tiempo de la fragilidad física. Aquella mujer que había sostenido tantas obras y acompañado tantas vidas tuvo que experimentar ahora su propia vulnerabilidad.

Su enfermedad, el sufrimiento y la internación en el Hospital Pirovano constituyeron el último escenario de su peregrinación terrena.

Hay aquí un signo de particular profundidad espiritual: el hospital donde fue internada era precisamente un lugar en el que ella había fundado una comunidad.

El espacio de su misión se convirtió también en el espacio de su sufrimiento. El lugar donde había procurado llevar el consuelo de Dios a otros se transformó en el lugar donde ella misma debió vivir la experiencia de necesitar cuidado, atención y compañía.

Podemos contemplar este momento como el último despojo de una mujer que había hecho de su existencia una entrega. Aquella que había dejado su tierra, su idioma, su primera pertenencia congregacional y tantas seguridades, ahora debía entregar también su propia salud y sus fuerzas.

Pero la muerte, para quien vive en Cristo, no es una derrota definitiva. Es el momento en que la entrega alcanza su expresión última. Es el paso en el que toda la existencia queda confiada al Padre, siguiendo el camino del Hijo.

Madre Eufrasia había vivido muchas muertes y muchos renacimientos. Su última enfermedad no fue una experiencia ajena a su espiritualidad, sino la culminación de un camino en el que había aprendido a permanecer en Jesús.

Podemos contemplarla como una mujer santa que, habiendo buscado la voluntad de Dios en cada etapa de su existencia, llegó finalmente al umbral de la eternidad. Allí donde ya no era posible seguir trabajando, fundando o viajando, quedaba lo esencial: permanecer en el amor de Cristo.

Su vida nos invita a imaginarla participando ya de la comunión de los santos, en la esperanza de aquella plenitud que la Iglesia proclama para todos los fieles difuntos: la resurrección de los cuerpos y la participación definitiva en el banquete del Reino.

4. «Que no pierda nada de lo que Él me dio»: la memoria de Dios y la glorificación de los santos

Hay una expresión del Evangelio de hoy que adquiere una resonancia especial cuando pensamos en Madre Eufrasia. Jesús afirma que la voluntad del Padre es que no pierda nada de lo que le ha dado, sino que lo resucite en el último día (cf. Jn 6, 39).

Esta palabra nos permite contemplar la vida de los santos desde una perspectiva profundamente esperanzadora. Dios no pierde nada de aquello que se ha entregado a Él por amor. No se pierden los esfuerzos silenciosos, las renuncias escondidas, las lágrimas derramadas, las obras realizadas en medio de la incertidumbre ni las semillas sembradas sin llegar a contemplar sus frutos.

La vida de Madre Eufrasia es una historia que Dios no ha olvidado. Su obra, su entrega y su fidelidad continúan hablando a la Iglesia. Su testimonio permanece vivo en sus hijas espirituales y en todos aquellos que descubren, a través de su camino, la fuerza de una existencia configurada con Cristo.

Por eso, en esta celebración de los fieles difuntos, al mismo tiempo que elevamos nuestra oración por todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe, pedimos especialmente por la pronta glorificación de la venerable Madre Eufrasia Iaconis.

No lo hacemos solamente para que su figura sea reconocida, sino para que su testimonio pueda iluminar con mayor fuerza la vida de la Iglesia y alentar a quienes hoy continúan su misión.

La glorificación de los santos no es simplemente el reconocimiento de una vida extraordinaria. Es también la proclamación de que la gracia de Dios puede transformar una existencia humana y hacerla signo de su presencia en el mundo.

En este sentido, pedir por la pronta glorificación de Madre Eufrasia significa pedir que la Iglesia pueda reconocer públicamente la fecundidad de una vida que se dejó conducir por el Señor, una mujer que supo atravesar las muertes de la existencia sin abandonar la confianza en Aquel que es la Vida.

5. Una invitación para nuestra propia peregrinación

La celebración de hoy no nos invita únicamente a mirar hacia quienes han partido. Nos invita también a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra propia existencia.

Porque todos conocemos experiencias de muerte: dejar algo que amamos, abandonar una tierra, aceptar una separación, atravesar una enfermedad, experimentar el fracaso de un proyecto, perder seguridades o descubrir que nuestras fuerzas ya no son las mismas.

A veces queremos evitar toda experiencia de despojo. Sin embargo, el Evangelio nos enseña que la vida verdadera no consiste en aferrarnos a todo, sino en aprender a entregar todo en las manos del Padre.

La vida de Madre Eufrasia nos recuerda que no hay que temer los comienzos difíciles, que una obra de Dios puede renacer incluso después de una pérdida y que la fidelidad no consiste en tener siempre el camino despejado, sino en permanecer unidos a Jesús cuando el camino se vuelve oscuro.

En este día, el Señor vuelve a decirnos: «Al que venga a mí yo no lo rechazaré».

Esta es nuestra seguridad. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Alguien. Nuestra existencia tiene un destino de comunión. Y cada día, cada entrega y cada acto de amor, vivido en Cristo, nos prepara para ese encuentro definitivo.

La muerte será el último paso de nuestra peregrinación, pero no tendrá la última palabra. La última palabra pertenece a Cristo, que ha vencido la muerte y nos promete resucitarnos en el último día. Amén.