sábado, 31 de octubre de 2026

Homilía. Lunes de la semana XXX durante el año.Novena de San Martín de Porres. 26 de octubre de 2026. Evangelio: Lucas 13, 10-17

Queridos hermanos:

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Jesús curando en sábado a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada. Jesús la ve, la llama y la libera, devolviéndole la dignidad y la alegría de glorificar a Dios. Sin embargo, el jefe de la sinagoga se indigna porque considera que aquella curación no debía realizarse en sábado. Frente a esta actitud, Jesús nos revela que la voluntad de Dios se manifiesta en la misericordia, en la liberación de quienes sufren y en el amor que devuelve la vida.

Este encuentro revela que la verdadera paz nace de sabernos amados por Dios y de permitir que Cristo transforme nuestra manera de vivir. Quien experimenta su amor aprende a mirar a los demás con compasión, a perdonar las ofensas y a buscar el diálogo en lugar de la confrontación. Así, la paz se convierte en una forma de vivir que nos impulsa a construir relaciones más humanas y fraternas.

La mujer encorvada representa a tantos hombres y mujeres que hoy viven agobiados por el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la exclusión. Como Jesús, estamos llamados a acercarnos a ellos para devolverles la esperanza y la dignidad. Así, la paz deja de ser solamente un deseo y se convierte en una tarea concreta en nuestras familias, comunidades y sociedad.

El Evangelio también nos recuerda que la verdadera fidelidad a Dios no puede separarse de la misericordia. Jesús muestra que la ley encuentra su sentido cuando está al servicio de la vida. También nosotros podemos caer en el error de defender nuestras costumbres y prácticas religiosas mientras olvidamos las necesidades de nuestros hermanos. La auténtica relación con Dios nos hace más sensibles al dolor ajeno y nos compromete a construir una convivencia fundada en la justicia, el respeto y el amor.

Desde el encuentro con Cristo comprendemos, además, que nuestra unidad nace de reconocernos hijos de un mismo Padre. No estamos unidos solamente por compartir una fe o pertenecer a una comunidad, sino porque hemos recibido el amor de Dios y estamos llamados a compartirlo. Esta fraternidad debe superar nuestras divisiones y extenderse a toda la humanidad, sin distinciones.

Esta vocación a la fraternidad se hace realidad mediante la caridad, que expresa concretamente el amor recibido de Dios. No basta con rezar por la paz si alimentamos las divisiones, ni con proclamar la fraternidad si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento. Nuestra fe se hace creíble cuando acogemos, acompañamos, perdonamos y servimos, especialmente a quienes más necesitan de nuestra solidaridad. Así, la Iglesia se convierte en signo de esperanza y anuncia que es posible sanar las heridas y caminar juntos hacia una sociedad más justa y reconciliada.

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de encontrarnos cada día más profundamente con Él, para que su paz habite en nuestros corazones y oriente nuestras decisiones. Que nos enseñe a reconocernos como hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros, y que, mediante la caridad, sepamos levantar a quienes sufren, reconciliar a quienes están enfrentados y construir comunidades donde todos encuentren acogida, dignidad y esperanza.

Que el Señor nos convierta en instrumentos de su paz y nos ayude a caminar unidos hacia una vida más justa, fraterna y reconciliada. Amén.