Queridos hermanos,
El Evangelio de Mateo presenta la parábola de los viñadores homicidas en el contexto de las controversias de Jesús con determinados dirigentes religiosos de Jerusalén, poco antes de su Pasión. La viña recuerda la imagen bíblica del pueblo de Dios y la parábola alcanza su culminación en el Salmo 118: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular».
Los viñadores representan, en primer lugar, a aquellos dirigentes que, habiendo recibido una responsabilidad sobre el pueblo, rechazaron a Jesús y terminaron colaborando en su condena. Pero la parábola contiene también una advertencia permanente para todos nosotros: el hombre puede recibir los dones de Dios y, sin embargo, pretender convertirse en dueño absoluto de aquello que ha recibido.
El pecado de los viñadores es precisamente ese: quieren apropiarse de la viña. Rechazan al propietario porque no quieren reconocer que la viña no les pertenece. También el hombre moderno puede caer en esta tentación cuando entiende su autonomía como independencia absoluta de Dios: «mi vida es mía, la verdad la determino yo, el bien y el mal dependen de mi decisión».
Aquí aparece el peligro de reducir la religión a la conciencia individual. La crítica católica al modernismo señaló precisamente el riesgo de convertir la fe en una experiencia subjetiva, separada de la verdad objetiva revelada por Dios. La conciencia es un don precioso, pero no crea la verdad ni puede convertirse en un absoluto. El cristiano no está llamado a fabricar una religión a su medida, aceptando de Cristo únicamente aquello que coincide con sus preferencias. La fe exige conversión: no somos nosotros quienes acomodamos a Cristo a nuestra vida, sino Cristo quien debe orientar nuestra vida.
Por eso Jesús es la piedra angular. En la arquitectura, la piedra angular daba estabilidad, orientación y unidad a la construcción. Del mismo modo, Cristo es el fundamento de la existencia cristiana. Los hombres pueden rechazarlo porque no encaja en sus proyectos, pero Dios lo constituye en fundamento mediante la Resurrección. Una vida, una comunidad o una cultura que pretenda edificarse al margen de Cristo termina careciendo de su referencia última.
Esta verdad ilumina también la cuestión de la libertad. La libertad no consiste en carecer de toda verdad o límite, sino en poder adherirse al bien. La ciencia y la técnica amplían enormemente nuestras posibilidades, pero saber cómo hacer algo no significa que sea bueno hacerlo. Cuando la utilidad o la capacidad técnica se convierten en criterios absolutos, el hombre corre el riesgo de disponer de todo como si fuera propietario absoluto de la creación.
La parábola, sin embargo, no es solamente una denuncia: es también una llamada a la conversión y a la esperanza. Dios manifiesta una paciencia extraordinaria: envía primero a sus servidores y finalmente a su propio Hijo. Espera frutos de la viña que ha confiado a nuestras manos.
Por eso la pregunta decisiva es: ¿quién ocupa el centro de nuestra vida? Podemos convertir nuestra conciencia en medida última de todas las cosas o reconocer que hemos recibido la vida como un don. Podemos desechar la piedra angular o construir sobre Cristo.
Que nuestra conciencia no sea un tribunal que juzgue a Dios, sino el lugar donde acogemos su verdad; que nuestra libertad no sea arbitrariedad, sino camino hacia el bien; y que la viña confiada a nosotros produzca frutos de fe, justicia, caridad y santidad. Porque «la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular». Amén.
