El Evangelio de Mateo nos presenta hoy una de las enseñanzas más exigentes de Jesús: el perdón sin límites. Pedro pregunta: «¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No establece una cantidad, sino que nos invita a perdonar siempre.
Esta enseñanza queda explicada en la parábola del siervo despiadado. Un hombre debe al rey una deuda enorme, imposible de pagar. El rey, movido por la compasión, no solamente le concede más tiempo: le perdona toda la deuda. Pero ese mismo siervo, al encontrarse con un compañero que le debe una cantidad mucho menor, se niega a perdonarlo y exige que pague hasta el último centavo.
La desproporción es evidente. Los diez mil talentos representan una deuda inmensa frente a los cien denarios. Jesús nos hace comprender que la misericordia que recibimos de Dios es infinitamente mayor que cualquier deuda que podamos reclamar a nuestros hermanos.
El primer paso para aprender a perdonar es reconocer nuestra propia necesidad de misericordia. También nosotros somos deudores ante Dios. Tenemos faltas, límites y fragilidades, y no podemos salvarnos por nuestras propias fuerzas. Pero reconocer nuestra miseria no debe llevarnos al desaliento, sino a descubrir a Dios como el que perdona y salva.
El problema del siervo fue que recibió misericordia, pero no permitió que esa misericordia transformara su corazón. Olvidó cuánto había recibido y, por eso, se volvió duro con su hermano.
También nosotros podemos caer en esa contradicción: pedir a Dios comprensión y perdón para nosotros, mientras conservamos resentimientos hacia los demás. Decimos a veces: «Lo olvido, pero no perdono». Sin embargo, el Evangelio nos llama a algo más profundo: no dejar que el rencor tenga la última palabra en nuestro corazón.
Perdonar no significa negar el daño, justificar la injusticia o fingir que nada ocurrió. Significa no devolver mal por mal. Significa romper el círculo de la ofensa y de la venganza. Como enseñaba Benedicto XVI, el mal solamente puede ser verdaderamente vencido mediante un perdón real, y el perdón que transforma profundamente el corazón es, en último término, un don de Dios.
Por eso, cuando Jesús nos pide perdonar «setenta veces siete», nos propone una medida divina, no humana. No perdonamos solamente con nuestras propias fuerzas: necesitamos dejarnos transformar por el amor y la misericordia de Dios.
El círculo se cierra cuando recordamos que nosotros mismos hemos sido perdonados. Quien se sabe deudor rescatado por amor puede comenzar a mirar al hermano con misericordia.
En definitiva, este Evangelio nos invita a vivir desde una certeza: hemos recibido gratuitamente una misericordia inmensa y estamos llamados a ofrecerla a los demás. Solo así el mal puede ser superado: no alimentando el rencor, sino dejando que el perdón de Dios transforme nuestro corazón y se haga vida en nosotros. Amén.
