jueves, 3 de septiembre de 2026

Homilía. 2 de septiembre de 2026. Misa pidiendo por la pronta glorificación de la Venerable Madre Eufrasia. Lucas 4, 38-44

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús acercándose a la suegra de Pedro, que se encuentra enferma y postrada. Jesús no permanece indiferente ante su sufrimiento: se acerca, se inclina, toma su mano y la levanta. Y, una vez curada, ella se pone al servicio de los demás.

En esta sencilla escena podemos contemplar toda la misión de Cristo: acercarse a la humanidad herida, sanar sus heridas, devolverle su dignidad y capacitarla para una vida nueva, vivida en el amor y el servicio.

También podemos reconocer en esta imagen la vida de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, que quiso ser instrumento de Jesús para acercarse a quienes sufrían y estaban más necesitados de cuidado, consuelo y dignidad.

Madre Eufrasia comprendió que seguir a Cristo significaba acercarse a la persona vulnerable. Allí donde había enfermedad, abandono, pobreza o sufrimiento, ella quiso hacer presente la mano misericordiosa de Jesús. No se trataba solamente de atender una necesidad material, sino de mirar a cada persona con los ojos de Cristo y ayudarla a descubrir que su vida tiene valor y dignidad.

Como Jesús con la suegra de Pedro, también Madre Eufrasia se hizo cercana para “levantar”. Levantar significa devolver esperanza, acompañar al que está solo, cuidar al enfermo, sostener al que ha perdido las fuerzas y ayudar a recuperar la confianza. En definitiva, significa colaborar con Cristo para que una humanidad herida pueda volver a ponerse de pie.

Y hay algo especialmente hermoso en el Evangelio: la mujer, después de ser sanada, se pone a servir. La sanación recibida se transforma en servicio. Esta es también la lógica de la vocación cristiana. Jesús no nos levanta para que permanezcamos centrados en nosotros mismos; nos levanta para que nuestra vida se convierta en don para los demás.

La vida de Madre Eufrasia nos recuerda precisamente esto: haber experimentado el amor de Cristo nos convierte en instrumentos de ese mismo amor. El encuentro con Jesús nos transforma y nos impulsa a salir al encuentro de los demás, especialmente de quienes necesitan que alguien les tienda una mano.

Pero el Evangelio nos ofrece también otra enseñanza. Después de su intensa actividad, Jesús se retira a un lugar solitario para orar. La misión nace de la intimidad con el Padre. Jesús sirve porque vive unido al Padre, y de esa unión recibe la fuerza para entregarse.

También Madre Eufrasia comprendió que toda obra apostólica debía nacer de la oración. No basta con hacer muchas cosas por los demás. Necesitamos permanecer unidos a Cristo para que nuestro servicio sea verdaderamente expresión de su amor y no simplemente fruto de nuestras propias fuerzas.

Hoy podemos hacernos nosotros la pregunta que se haría Madre Eufrasia: ¿quiénes son las personas vulnerables que Jesús quiere alcanzar a través de nosotros? Quizás están muy cerca: un enfermo, un anciano, una persona sola, o alguien que ha perdido la esperanza.

Pidamos al Señor que, siguiendo el ejemplo de la Venerable Madre Eufrasia Iaconis, podamos ser sus manos que se acercan, sostienen y levantan. Que allí donde encontremos una vida herida, podamos llevar consuelo; donde haya soledad, presencia;; y donde haya necesidad, servicio y esperanza.

Que podamos decir con nuestra vida: Señor, aquí estoy; haz de mí un instrumento de tu amor para levantar y servir a mis hermanos. Amén.