miércoles, 11 de febrero de 2026

Homilía. Miércoles V del tiempo ordinario. 11 de febrero de 2026. Celebración de Nuestra Señora de Lourdes

Queridos hermanos:

Hoy celebramos a Nuestra Señora de Lourdes, y al hacerlo dirigimos nuestra mirada hacia aquella pequeña gruta de Massabielle donde, en 1858, la Virgen María se manifestó a una joven pobre y sencilla: Bernadette Soubirous. No eligió un palacio, no eligió a una persona influyente, no eligió a una sabia teóloga. Eligió la humildad. Eligió la pobreza. Eligió lo pequeño. Porque así actúa Dios.

El 11 de febrero, Bernadette fue a recoger leña. En medio de lo ordinario, en medio de la vida cotidiana, ocurrió lo extraordinario. Vio a una Señora vestida de blanco”, con un cinturón azul y rosas amarillas en los pies. Y el primer gesto que realizó fue hacer la señal de la cruz y rezar el rosario.

Esto ya nos dice algo muy profundo: la presencia de María siempre nos conduce a la oración, siempre nos conduce a Cristo.

Días después, aquella Señora habló y dijo a Bernadette:
“No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro.”

Qué palabras tan realistas y tan llenas de esperanza. La Virgen no promete una vida sin sufrimiento. No promete una existencia cómoda. Promete el cielo. Promete la felicidad eterna. Lourdes nos recuerda que nuestra vida tiene un horizonte más grande que el dolor presente.

Y luego viene el corazón del mensaje:
“¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Reza por los pecadores!”

En un mundo que evita hablar de conversión, María nos llama suavemente a volver a Dios. Nos invita a examinar el corazón, a pedir perdón, a orar por quienes se han alejado. No es un mensaje de condena, sino de misericordia. Es una madre que quiere salvar a sus hijos.

Uno de los momentos más desconcertantes fue cuando la Virgen pidió a Bernadette que bebiera del suelo y que escarbara en la tierra. De ese gesto humilde brotó una fuente. Esa agua sigue fluyendo hasta hoy.

El agua de Lourdes es signo. Nos recuerda el agua del Bautismo. Nos recuerda el agua que brotó del costado abierto de Cristo en la Cruz. Nos recuerda que Dios puede hacer brotar vida donde parecía haber solo barro.

Por eso Lourdes se ha convertido en el santuario de los enfermos. Hoy, de manera especial, oramos por ellos. La Iglesia celebra también la Jornada Mundial del Enfermo en esta fecha. No es casualidad. En Lourdes comprendemos que el sufrimiento no es un castigo de Dios. Es un misterio que solo se ilumina a la luz de la Cruz.

María estuvo al pie de la Cruz. Ella conoce el dolor. Ella sabe lo que significa ver sufrir a un hijo. Por eso en Lourdes se manifiesta como madre cercana, como consuelo, como Salud de los enfermos”.

Muchos peregrinos llegan buscando un milagro físico. Y algunos lo reciben. Pero el milagro más frecuente es otro: la paz del corazón, la reconciliación con Dios, la fuerza para aceptar la enfermedad, la capacidad de perdonar, la serenidad ante la muerte.

Eso también es milagro.

La Virgen pidió que se construyera una capilla y que se fuera en procesión. Es decir, quiso una comunidad. Lourdes no es una experiencia individual. Es Iglesia. Es pueblo reunido. Es oración compartida. Es sacramento. Es caridad concreta en médicos, voluntarios y sacerdotes que acompañan a los enfermos.

Y finalmente, cuando María reveló su nombre —“Yo soy la Inmaculada Concepción”— nos recordó quién es ella: la llena de gracia, la totalmente disponible a Dios. En María contemplamos lo que Dios quiere hacer en cada uno de nosotros: limpiarnos, sanarnos, llenarnos de su gracia.

Queridos hermanos,

En un mundo que teme la fragilidad y que muchas veces descarta al que sufre, Lourdes proclama que cada persona enferma tiene una dignidad inmensa. Que el sufrimiento, unido a Cristo, puede ser fecundo. Que nadie está solo en su dolor.

Hoy pongamos en el corazón de María nuestras enfermedades físicas, nuestras heridas interiores, nuestras angustias y preocupaciones. Pidámosle que nos enseñe a orar, que nos enseñe a confiar, que nos enseñe a aceptar la voluntad de Dios con esperanza.

Que su sonrisa —esa sonrisa que Bernadette contempló tantas veces— nos acompañe también a nosotros.

Y que, al salir de esta celebración, llevemos al mundo esa misma ternura, siendo consuelo para los que sufren y testigos de una esperanza que no defrauda.

Nuestra Señora de Lourdes,
Salud de los enfermos,
ruega por nosotros.

Amén.

P. Oscar Angel Naef