sábado, 31 de enero de 2026

Homilía. Viernes III del tiempo ordinario. 30 de enero de 2026

Queridos hermanos,

A la luz de Mc 4, 26-34, el anuncio de Jesús sobre el Reino de Dios se comprende en profunda relación con el misterio de la providencia divina. El Reino no es fruto del cálculo humano ni del dominio técnico de la historia, sino la manifestación histórica de un designio que precede y supera toda iniciativa del hombre. Como la semilla arrojada a la tierra, el Reino nace de un acto primero de Dios: es don gratuito, expresión de su amor creador y salvador, que pide ser acogido con fe más que producido con esfuerzo.

La parábola de la semilla que crece por sí sola introduce en la lógica de la providencia. El sembrador cumple su tarea, pero el crecimiento acontece sin que él sepa cómo”. Esta imagen expresa que existe un plan racional en la mente de Dios que ordena todas las cosas hacia su fin último, y que se realiza en el tiempo sin anular la consistencia de las causas creadas. Dios provee no solo al conjunto del universo, sino también a cada realidad concreta, a cada historia personal y a cada acto libre. Nada escapa a su alcance, aunque su acción no siempre sea visible ni inmediata.

Aquí se distingue con claridad entre providencia y gobierno: el Reino anunciado por Jesús pertenece al designio eterno de Dios, mientras que su crecimiento silencioso en la historia corresponde a la ejecución de ese plan. Dios gobierna el mundo a través de causas segundas, respetando la naturaleza propia de cada ser. Por eso, así como las realidades físicas actúan de modo necesario, el ser humano es movido por Dios a actuar libremente. La libertad no es un obstáculo para el Reino, sino el camino querido por Dios para que su plan se realice en la historia.

Desde esta perspectiva, la semilla que crece de noche y de día manifiesta que el Reino avanza incluso cuando el hombre no controla los resultados. La providencia divina no actúa como una fuerza externa que impone, sino desde el interior de la voluntad humana, dándole la capacidad real de elegir el bien. Cuando el creyente siembra, espera y persevera, su acción es plenamente suya y, al mismo tiempo, plenamente sostenida por Dios como Causa Primera. La aparente fragilidad del Reino no es signo de impotencia, sino de una omnipotencia que sabe servirse de la libertad y de la contingencia.

El grano de mostaza refuerza esta verdad al mostrar que Dios transforma lo pequeño y lo insignificante en fuente de vida y acogida. Incluso el mal y el sufrimiento quedan misteriosamente integrados en un plan más amplio que conduce a la plenitud. Por eso, estas parábolas invitan a una espiritualidad de confianza y paciencia activa: el Reino ya ha sido sembrado y crecerá según el tiempo de Dios. En esta certeza se funda la esperanza cristiana, porque el Reino no depende del poder humano, sino de la fidelidad amorosa de Dios. Amén

P. Oscar Angel Naef