(Marcos 12, 13-17)
Queridos hermanos,
En esta celebración en la que pedimos al Señor la pronta beatificación de la Venerable Madre Eufrasia, la Palabra de Dios nos ofrece una luz particularmente oportuna. El Evangelio nos presenta la conocida pregunta dirigida a Jesús acerca del tributo al César. Ante la moneda que le muestran, Jesús responde: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Estas palabras no son solamente una enseñanza sobre las relaciones entre la autoridad civil y la religión. En realidad, nos conducen a una pregunta mucho más profunda: ¿qué es verdaderamente de Dios?
Las últimas cartas que la Venerable Madre Eufrasia escribió en julio de 1916 contienen dos expresiones que pueden guiarnos en la reflexión de hoy. La primera dice: «Jesús es nuestro único consuelo». Esta afirmación orienta nuestra mirada hacia el horizonte definitivo de la existencia. Vivimos en medio de preocupaciones, dificultades, responsabilidades y contrariedades; sin embargo, nuestro destino final no se encuentra en las realidades pasajeras de este mundo. El único consuelo pleno y definitivo es Cristo.
Al contemplar la moneda del Evangelio, Jesús pregunta de quién es la imagen grabada en ella. La respuesta es evidente: lleva la imagen del César y, por eso, debe volver al César. Pero el ser humano lleva grabada una imagen infinitamente más profunda que la de cualquier moneda o cualquier poder terreno: ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
Si la moneda debe regresar a quien representa, con mucha más razón cada hombre y cada mujer deben entregarse a Aquel cuya imagen llevan impresa en lo más íntimo de su ser. No se trata solamente de ofrecer a Dios algunos actos religiosos o ciertos momentos de la semana. Se trata de reconocer que toda nuestra vida le pertenece. Somos suyos. Él es nuestro Creador, nuestro Padre, nuestro único consuelo y el verdadero lugar de reposo de nuestro corazón.
Por eso, el Evangelio nos invita hoy a revisar nuestras prioridades. ¿Qué lugar ocupa realmente Dios en nuestra vida? ¿Es el fundamento desde el cual organizamos nuestras responsabilidades, decisiones y proyectos? ¿O ha sido desplazado por las urgencias, las preocupaciones y los afanes cotidianos?
La respuesta parece llegar desde la segunda expresión de la Madre Eufrasia: «Jesús nos consuele y anime». En estas palabras encontramos un programa de vida cristiana. No se nos pide abandonar nuestros deberes ni desentendernos de nuestras responsabilidades temporales. Jesús mismo reconoce que hay obligaciones que debemos cumplir. Pero al mismo tiempo nos recuerda que ninguna realidad terrena puede ocupar el lugar que corresponde a Dios.
Cumplir los deberes de cada día, servir generosamente a los demás, trabajar con responsabilidad y construir una sociedad más justa son exigencias auténticamente cristianas. Sin embargo, todo ello debe realizarse sin olvidar nunca que llevamos en nosotros la imagen de Dios y que sólo en Él encontramos nuestra verdadera pertenencia, nuestra libertad y nuestra plenitud.
Al pedir hoy la pronta beatificación de la Venerable Madre Eufrasia, demos gracias por el testimonio de una mujer que aprendió a vivir con la mirada puesta en Cristo. Que su ejemplo nos ayude a comprender que, en medio de las tareas y preocupaciones de cada jornada, Jesús sigue siendo nuestro único consuelo, y que es Él quien nos consuela y nos anima para entregarnos cada vez más plenamente a Dios, a quien pertenecemos por entero. Amén.
Padre Oscar Angel Naef


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