lunes, 19 de enero de 2026

Homilía. Lunes II del tiempo ordinario. 19 de enero de 2026

Queridos hermanos,

El pasaje de Marcos 2, 18-22 se sitúa en un momento de fuerte contraste entre la novedad que Jesús inaugura y las categorías religiosas heredadas del judaísmo. La pregunta sobre el ayuno no es meramente disciplinar, sino profundamente teológica: pone en juego la comprensión de la relación con Dios, del sentido de la penitencia y de la forma concreta de vivir la fidelidad a la alianza.

La imagen del vino nuevo en odres nuevos expresa con claridad que la vida que Cristo trae no es una simple intensificación moral de la antigua observancia, sino la irrupción de una realidad existencial nueva. No se trata de añadir prácticas o de reforzar el esfuerzo humano, sino de entrar en una forma de vida que nace del don. La antigua adhesión penitencial a la ley, aun siendo santa y justa, no posee en sí misma la capacidad de contener la plenitud de la vida que brota de la presencia del Hijo. Incluso el justo de la antigua alianza permanece limitado por una estructura espiritual que no puede, por sí sola, acoger la novedad escatológica del Reino.

En este sentido, la enseñanza de Jesús revela una antropología teológica profunda: el hombre no solo necesita un contenido nuevo, sino una transformación interior que lo haga capaz de recibirlo. El vino nuevo no rompe los odres viejos por su exceso, sino por la incompatibilidad entre una vida que se expande desde la gracia y una estructura que permanece cerrada en el régimen del esfuerzo y de la ley externa. La vida nueva implica, por tanto, una recreación del sujeto, una capacidad nueva que no se conquista, sino que se recibe.

Desde esta perspectiva, la penitencia adquiere un significado renovado. Ya no es primariamente el intento humano de alcanzar un orden de perfección mediante la observancia, sino la forma concreta de permanecer en el amor del Esposo cuando su presencia visible ha sido retirada. El ayuno y la penitencia se sitúan entonces en clave esponsal: expresan el deseo, la fidelidad y la espera, y se convierten en un modo de custodiar el vínculo del amor en la ausencia, incluso con un sentido reparador. No buscan producir la salvación, sino sostener la comunión con Aquel que ya ha cumplido su tiempo entre los hombres y que, sin embargo, sigue comunicando su vida como don.

Así, Marcos 2, 18-22 nos invita a comprender la vida espiritual no como una tensión voluntarista hacia Dios, sino como una existencia transformada por la gracia, capaz de acoger la novedad de Cristo y de vivir desde la lógica del amor recibido y custodiado.

Que nuestra Madre, Virgen del Carmen nos lleve de su mano con las palabra de Jesús que quedan hoy resonando en nuestro interior para permanecer en el amor del Esposo, acoger su don y dejarnos transformar por él, incluso en la penitencia que se vuelve lenguaje de amor, espera fiel y comunión silenciosa. Amén

Pbro. Oscar Angel Naef