domingo, 18 de enero de 2026

Homilía. Domingo II del tiempo ordinario. 18 de enero de 2026

Queridos hermanos,

El Evangelio de Juan nos regala, desde sus primeras páginas, una de las proclamaciones más profundas y luminosas de toda la fe cristiana: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. No se trata de una simple frase piadosa ni de un título más atribuido a Jesús. En estas palabras se condensa el misterio entero de nuestra fe: quién es Cristo, qué ha venido a hacer por nosotros y cuál es el lugar que ocupamos como creyentes ante su presencia.

El pasaje de Juan 1,29-34 pertenece a una etapa madura de la reflexión cristiana. El evangelista no teme usar un lenguaje teológico elevado porque la comunidad ya ha hecho un largo camino de fe. Y, sin embargo, este desarrollo no se aleja de la historia, sino que la ilumina. Juan nos ayuda a comprender que el sentido profundo de la vida y de la misión de Jesús solo se revela plenamente a la luz de la Pascua y de la experiencia del Espíritu.

En este texto aparece con claridad el contraste entre Juan el Bautista y Jesús. Juan es como el amanecer: anuncia, prepara, señala. Jesús es el pleno día, la luz que ya no necesita ser anunciada, sino acogida. Juan bautiza con agua, llama a la conversión, permanece en el ámbito del signo. Jesús, en cambio, bautiza en el Espíritu Santo y conduce a una transformación interior radical. El Evangelio nos recuerda así que sin el Espíritu, incluso la religión más fervorosa puede quedarse en un gesto vacío.

Cuando Juan señala a Jesús y lo llama Cordero de Dios, introduce una imagen profundamente bíblica y sorprendentemente contracultural. No presenta a un Mesías poderoso según los criterios humanos, sino a uno cuya fuerza se manifiesta en la mansedumbre, en la entrega y en el amor llevado hasta el extremo. El cordero es símbolo de inocencia, de sacrificio, de don total. Jesús es el Cordero dispuesto a ser entregado, y precisamente por ese camino quita el pecado del mundo.

Este pecado no es solo una falta individual o moral. Es todo aquello que rompe la comunión con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Y Jesús no lo quita con un gesto ritual, sino con su propia vida, ofrecida por amor. Su sacrificio es universal, abierto a todos, sin distinción. Él es el verdadero Cordero pascual, aquel al que apuntaban los sacrificios de la Antigua Alianza y que encuentra su plenitud en la cruz y la resurrección.

El Evangelio subraya además un detalle decisivo: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y permanece en Él. Esto revela su identidad más profunda. Jesús no actúa solo como un enviado más, sino como el Hijo de Dios, en plena comunión con el Padre. Esta verdad será confesada y custodiada por la Iglesia a lo largo de los siglos, especialmente en los grandes concilios, que afirmaron con claridad que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Solo así puede ser el mediador perfecto, el Cordero capaz de salvar.

La obra del Cordero no termina en la cruz. Su entrega se hace eficaz en nosotros por la gracia. El Concilio de Trento nos recuerda que la justificación no es solo el perdón de los pecados, sino una verdadera transformación interior. El Espíritu Santo derrama en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos injerta en Cristo. Somos hechos nuevas criaturas, llamados a crecer continuamente en santidad, sin presunción, cooperando libremente con la gracia recibida.

Aquí aparece con fuerza la figura de Juan el Bautista como modelo del creyente. Juan ve, reconoce y da testimonio. No se apropia de la luz, sino que la señala. No busca su propia grandeza, sino que acepta disminuir para que Cristo crezca. Su fe nace de una experiencia real y se convierte en palabra valiente.

Este es también nuestro llamado. El cristiano no es solo alguien que conoce a Jesús, sino alguien que ha sido tocado por Él. La fe auténtica se vuelve testimonio, y el testimonio se vuelve servicio humilde. Como Juan, estamos llamados a señalar a Cristo con nuestra vida, a confesar que solo Él quita el pecado del mundo y a vivir desde esa verdad.

Cada vez que celebramos la Eucaristía y repetimos: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”, no solo recordamos un hecho del pasado. Proclamamos una presencia viva. El Cordero inmolado y resucitado se nos da como alimento, para que aprendamos a vivir según su lógica: la lógica del amor que se entrega, de la mansedumbre que vence al mal, de la luz que no se impone, sino que ilumina.

Que al contemplar al Cordero de Dios, nuestra fe se haga experiencia viva, nuestra experiencia se transforme en testimonio, y nuestro testimonio revele al mundo que en la humilde entrega de Cristo se manifiesta la grandeza infinita de Dios. Amén