Estimados hermanos en el Señor:
El Evangelio que acabamos de escuchar, tomado de san Marcos (2,1-12), nos presenta una escena muy conocida: un hombre paralítico es llevado hasta Jesús para que lo cure. Podríamos pensar que el centro del relato es simplemente la recuperación de la movilidad, pero el Evangelio nos invita a mirar más hondo. Antes de sanar el cuerpo, Jesús pronuncia unas palabras que sorprenden y desconciertan: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Con este gesto, el Señor nos recuerda que la persona humana no se reduce a lo que se ve, ni a sus aspectos funcionales, ni a la manera en que se percibe a sí misma; lo más profundo de nuestra vida no siempre es lo más visible.
La parálisis del hombre del Evangelio no es solo física. Representa también nuestras propias parálisis interiores: aquello que nos inmoviliza, nos encierra y nos impide levantarnos por nosotros mismos. Muchas veces no es el cuerpo el que está paralizado, sino el corazón, herido por el pecado, el miedo, la culpa o el sufrimiento. Por eso Jesús va a la raíz: antes de devolver la fuerza a las piernas, restaura la relación con Dios. Allí comienza toda sanación verdadera.
Pero este milagro no ocurre en soledad. El Evangelio nos muestra a unos amigos que no se resignan a ver a uno de los suyos postrado. Lo cargan, lo llevan, suben al techo y rompen los obstáculos que se interponen en el camino. Esa fe no se queda en palabras ni en buenas intenciones: es una fe que se hace gesto, esfuerzo y riesgo.
El evangelista nos dice que Jesús, al ver la fe de ellos, perdona los pecados del paralítico. Ahí se produce el verdadero giro del relato. Jesús no responde primero a lo que todos esperan ver, sino a lo que más necesita el corazón humano: el perdón, la reconciliación, la vida nueva. Así como los amigos rompieron el techo de la casa, Jesús irrumpe en el interior del hombre, ese encierro donde se esconden la herida, el miedo y la distancia de Dios.
Es la fe de una comunidad que no abandona al que está caído ni justifica el pecado, y que cree que siempre vale la pena acercar a los demás a Jesús, que perdona, sana las heridas y nos ayuda a reconocer nuestros pecados para desterrarlos con un verdadero espíritu de arrepentimiento. El perdón no es una idea abstracta: es una fuerza viva que recrea, levanta y devuelve la dignidad de hijos. Donde está Jesús desaparece el relativismo que debilita la vida santa y aparece la ley de la gracia, que es vida eterna.
Finalmente, Jesús le dice al hombre: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». El perdón recibido no lo deja inmóvil ni pasivo; lo envía nuevamente a la vida, transformado. La gracia no anula la libertad, sino que la restaura. Y este mandato es también para nosotros. El Señor nos invita a vivir la fe en comunidad, a dejarnos ayudar cuando estamos paralizados y a ser, a la vez, esos amigos que cargan y sostienen a otros. Nadie se salva solo. Solo en vínculos que aman, acompañan y se animan a “romper techos”, la fe se vuelve una experiencia viva que nos devuelve a la relación con Dios y nos pone nuevamente en camino.
Que el Señor sea nuestra fuerza. Amén.