Introducción
El bautismo de Jesús en el Jordán constituye uno de los momentos más densos y reveladores del misterio cristiano. No se trata simplemente del inicio cronológico de su vida pública ni de un episodio aislado en la historia de la salvación, sino de un acontecimiento teológico decisivo que rompe el silencio de Nazaret y manifiesta, desde el comienzo, la identidad y la misión del Hijo. En este gesto inaugural se condensan la obediencia filial, la humildad radical y el amor solidario de Jesús, anticipando ya el misterio pascual de la cruz y la resurrección.
El relato del evangelio de san Mateo (3,13-17) nos permite adentrarnos en el sentido profundo de este acontecimiento, especialmente a través de la expresión clave: «conviene que cumplamos así toda justicia». Esta afirmación no solo ilumina la decisión de Jesús de recibir el bautismo de Juan, sino que revela el modo en que el Hijo asume plenamente la voluntad del Padre y se solidariza con la humanidad pecadora para llevarla a la salvación.
1. El bautismo de Jesús y la ruptura del silencio de Nazaret
Durante los años ocultos de Nazaret, Jesús vive en la discreción y el silencio. El bautismo marca una ruptura decisiva: Jesús sale de Galilea, se dirige al Jordán y se coloca en la fila de los pecadores. Este gesto no es accidental ni improvisado; señala el paso del tiempo de preparación al tiempo del cumplimiento, de la espera mesiánica a la irrupción del Reino.
El movimiento de Juan el Bautista convocaba a todo el pueblo a la conversión. Su bautismo, aunque carente aún de carácter sacramental, era un signo poderoso de penitencia, humildad y deseo de una vida nueva. Sumergirse en el agua significaba reconocer el propio pecado, morir simbólicamente a una existencia equivocada y abrirse a una transformación profunda. En este contexto, la presencia de Jesús resulta desconcertante: él, el Santo de Dios, se coloca entre los pecadores.
Mateo subraya el asombro y la resistencia de Juan, quien reconoce que debería ser él quien recibiera el bautismo de Jesús. Sin embargo, Jesús insiste: «conviene que cumplamos así toda justicia». Con ello, rompe el silencio no solo con palabras, sino con un acto que define toda su misión: obedecer al Padre hasta el extremo.
2. “Cumplir toda justicia”: obediencia filial y solidaridad
La expresión mateana dikaiosýnē —«justicia»— no debe entenderse en un sentido meramente moral o legal. En la teología de Mateo, la justicia es la plena conformidad con la voluntad de Dios, la fidelidad total a su designio salvador. Jesús no se hace bautizar porque necesite conversión, sino porque elige compartir la condición del pueblo y asumir el camino que conduce a la renovación de la humanidad.
Este gesto revela una doble dimensión. Por un lado, manifiesta la obediencia del Hijo: Jesús ha venido al mundo para hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Su vida entera será una respuesta amorosa al querer del Padre. Por otro lado, expresa una solidaridad radical con los hombres y mujeres marcados por el pecado. Jesús no salva desde fuera, sino desde dentro de la historia humana, cargando sobre sí el peso de la culpa de todos.
Aquí se vislumbra ya el misterio de la cruz. El que no conoció pecado se deja tratar como pecador (cf. 2 Co 5,21). El bautismo en el Jordán es, en este sentido, una anticipación simbólica de la Pascua: así como entra en el agua con los pecadores, un día entrará en la muerte para llevarlos a la vida.
3. La humildad y el amor del Siervo
El bautismo de Jesús se inscribe plenamente en la lógica del Siervo de Dios anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1). Jesús es el Hijo amado que se “rebaja”, que se anonada, como proclamará el himno cristológico de Filipenses: «se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo» (Flp 2,7).
La humildad de Jesús no es una actitud exterior, sino la expresión de su amor. Humillarse significa, para él, hacerse uno de nosotros, compartir nuestra fragilidad y abrir un camino de comunión plena entre Dios y la humanidad. El bautismo, lejos de ser un gesto penitencial para Jesús, se convierte en un acto de amor oblativo, en una elección consciente de vivir para los demás.
Por eso, este acontecimiento no puede reducirse a un rito antiguo ni a un simple antecedente del bautismo cristiano. Es una unción profética por el Espíritu, que capacita a Jesús para inaugurar una nueva etapa en la historia de la salvación: la era del Espíritu, en la que Dios transforma el corazón del hombre desde dentro.
4. La revelación del Padre y el don del Espíritu
El descenso del Espíritu en forma de paloma y la voz del Padre desde el cielo completan la escena y revelan su profundidad trinitaria, aunque sin imponer aún la alta formulación dogmática posterior. El Padre da testimonio de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Esta declaración confirma que la obediencia de Jesús es expresión perfecta del amor que une al Padre y al Hijo.
El Padre se complace en el Hijo porque reconoce en sus acciones el deseo absoluto de cumplir su voluntad. Esta complacencia no solo legitima la misión de Jesús, sino que anticipa la victoria de la resurrección: el camino de la humildad y de la cruz es el camino que conduce a la vida.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el bautismo de Jesús no es solo un recuerdo. Es una llamada. Nos invita a vivir con humildad, a caminar en obediencia confiada al Padre y a amar como Él ama. Solo así podremos escuchar también nosotros, en lo profundo del corazón, esas palabras que dan sentido a toda vida:
“Este es mi hijo amado, esta es mi hija amada, en quien me complazco”. Amén.